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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO en el que instalé mis artilugios de control: un receptor digital conectado a una pequeña grabadora activada por voz. No me pidieron ningún documento. Hacia las nueve me situé en el aparcamiento del motel: una explanada de tierra parcialmente cubierta de cañizo. Desde el lugar se veían unas cuantas fábricas, una docena de árboles raquíticos y algo más allá unos bloques de viviendas situados en medio de la nada. El motel tenía tres plantas y dos entradas. Una por la puerta principal y otra por una cafetería anexa. Para matar la espera puse la radio. Un programa que estuvo a punto de dejarme traspuesto. Primero llegó ella en un mini azul. Blusa blanca impoluta, pantalones rojos y zapatos de aguja. Parecía mucho más guapa al natural que en la foto, y maldije mi suerte por no ser yo el afortunado que la esperaba. Diez minutos después asomó el caballero en un todoterreno. Parecía un tipo bastante vulgar y se metió en la cafetería. Quizás quería entonarse un poco antes de empezar la fiesta. Eran las diez menos diez. Veinte minutos después, decidí que era hora de subir. Me instalé en la habitación y puse en marcha el receptor y la grabadora. A eso siguió un festejo sonoro de gemidos y susurros que removió mis humores íntimos, como cualquier hijo de vecino puede entender. Esos son los momentos que a un investigador privado honrado le hacen sentirse más infame, pero nadie ha dicho que ganarse la vida sea una competición honorable. La tal Tica demostraba ser una leona y el otro parecía estar a la altura de la exigencia, pero las frases y las voces se escuchaban con claridad. La bella esposa engañada tendría su prueba y yo mi dinero, que era de lo que se trataba. Luego, cada uno por su lado. con el caso. Naturalmente, correré con los gastos que haya hecho. -Naturalmente. Escuche Y colgó. No me dio tiempo a decirle nada más. Entonces se oyó cerrarse la puerta de la habitación de al lado y tardé unos segundos en comprenderlo todo. Cuando salí al pasillo pude distinguir dos siluetas bajando en el ascensor. La puerta de la habitación- picadero estaba cerrada y tuve que abrirla con la tarjeta que había cogido en recepción. Empecé a sudar porque me imaginé lo que iba a encontrar. El galán había desaparecido y Tica estaba desnuda sobre la moqueta a los pies de la cama. A la decaída luz del crepúsculo que se filtraba por el ventanal de la estancia vislumbré el destrozo. Dos agujeros grandes, en la frente y detrás de una oreja, le habían perforado la cabeza, y la sangre salpicaba el suelo y las sábanas. tra gran mancha roja oscura le cubría todo el pecho como si se tratase de una segunda piel. Cerré la puerta con cuidado y llamé a mi clienta, pero su teléfono no sonaba. Lo intenté también inútilmente con don Tomás, así es que lo único que se me ocurrió fue recoger los bártulos de escucha y bajar a recepción para informar del crimen. Una hora después llegó la policía, y más tarde el juez de instrucción. Examinaron el cadáver, sacaron huellas y registraron la habitación. A la pobre Tica se la llevaron en un furgón al anatómico forense. Luego me interrogaron. El tipo de la recepción declaró que no había visto al tal Miguel subir a la habitación del crimen, ni tampoco bajar en el ascensor. Carlota estaba desaparecida, y la dirección que me había dado no existía. Don Tomás- -conseguí averiguar- -volaba en esos momentos hacia La Habana para una cura de sol y mulatas en Varadero. En cuanto a Miguel, parecía ser una entelequia. Sólo yo le había visto. Tres días más tarde, mientras el juez decidía qué hacer conmigo, los policías que me interrogaban continuaban riéndose entre ellos cuando les volvía a contar cómo ocurrió todo. Ninguno me creía, ¿por qué iban a hacerlo? Sabían que tarde o temprano yo terminaría confesando. Y don Tomás, Carlota y Miguel sin aparecer. O Vista nocturna del Coliseo romano AP La ciudad dorada Desde que Eneas, mediante engaños con el rey de Alba Longa, lograra renovar la estirpe troyana en las colinas del Lacio o, esto sobre todo, la Loba Capitolina amamantara a los vástagos Rómulo y Remo, la ciudad ha poseído el don proteico del cambio de forma. Está la Roma de Virgilio, de Horacio y la de Tito Livio; también la de Michel de Montaigne, cuya mayor alegría fue que le hicieran ciudadano de esa ciudad; la del Aretino, la de Delicado; la de nuestro Quevedo, que inmortaliza a Roma en la versión del soneto que Du Bellay dedicara a la capital y que, luego, atisbó con justicia Pound; desde luego la de Chateaubriand; la de Goethe, que vivió con intensidad goetheana su Carnaval; la de Nietzsche, que se horripiló en la Plaza Barberini; la de Joyce, que paseó por sus calles aterrado también, pero por otros motivos, está la de Fellini y Rosellini y la de Moravia, con sus chicas de vientre ligeramente arqueado, y está la de Ana Magnani y hasta la de Alberti, peligro para caminantes, y nuestras vivencias de la ciudad, claro, y con todo derecho. Pero quisiera destacar aquí, y quizá por ser, aún hoy día, la guía de viajes mejor escrita de todos los tiempos, Paseos por Roma de Stendhal, por lo que tiene de invención de un tiempo, de descripción de la atmósfera irrepetible de una época y que pocos antes y después de él han conseguido crear. Roma, urbi et orbi, universal y babilónica, meretriz del mundo y ciudad santa, tumba del hombre y simiente generatriz... el tópico nos sale siempre al encuentro. Pero Stendhal es un hombre que va mucho más lejos: se va de turismo con un grupo de hombres y mujeres de mundo y visitan los lugares que hay que visitar en la ciudad, que son casi infinitos. Y luego, como quien no quiere la cosa, nos ilustra sobre todas las épocas de la misma, desde luego de la suya propia, reiventa a Leonardo, que había quedado un tanto arrumbado hasta ese momento, y se exalta ante Miguel Ángel. Esta guía es shakesperiana, porque es toda una lección de cultura, pero que cede siempre ante la vida, lo único que en verdad importa. Roma sale, así, renovada. Y nosotros también. D e repente cesaron los jadeos y escuche un grito sofocado seguido de algo así como un cuerpo cayendo de la cama y tres chasquidos semejantes al descorche amortiguado de un cava, pero yo supe que eran disparos con silenciador. Luego se hizo el silencio e inmediatamente sonó mi móvil. Tuve un mal presentimiento, pero lo cogí. -Soy Carlota. -Han surgido complicaciones. -Lo supongo. Le llamo para decirle que no es necesario que siga