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4 8 06 FIRMAS RELATO Tica a las diez POR FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ Autor de, entre otras obras, Carne de trueque Escritores espías o El rey del Maestrazgo obtuvo el premio Grandes Viajeros en 2001 con Tras los pasos de Drácula y, en dos ocasiones, el Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón uando ella apareció por el despacho me alegró la mañana. Era verano y aunque sólo pasaban unos minutos del mediodía, el asfalto de las calles ya echaba fuego. Poco antes de ofrecerle asiento la miré: alta, morena, esbelta, se movía con el porte y la seguridad de movimientos que otorga a los ricos la compañía inseparable del dinero como algo habitual, que siempre está ahí disponible y nunca se gasta, igual que el aire que se respira. Su cuerpo tenía el punto justo de una madurez bien lograda, y en su rostro de distinguida suavidad destacaban dos ojos grandes, levemente verdosos, y una boca sinuosa, que nunca se cerraba del todo y dejaba ver la fina línea blanca de unos dientes perfectamente ajustados. Miraba directamente a los ojos y en su expresión había un leve toque de sequedad contenida que ocultaba sensaciones internas para mí indescifrables. No sé si esto describe a una belleza, pero ella desde luego lo era. C No hubo muchos preámbulos. Dijo llamarse Carlota Soller y enseguida entró en materia. Estaba segura de que su marido, un alto cargo de la Administración, la engañaba y tenía una amante. Disponía de pruebas intuitivas irrefutables. Esos detalles que a una esposa alertada nunca se le escapan. Liviano rastro de perfume en corbatas y camisas, cabellos extraviados en cuellos y solapas, tardanzas nocturnas mal explicadas, desinterés amoroso conyugal y cosas así. Una vez pudo captar, desde una de las extensiones telefónicas de la casa, la conversación susurrante de la feliz pareja. Estuvieron un rato diciéndose guarrerías. Fue humillante. Quedaron en verse pasado mañana en el motel Dos Cantos a las diez de la noche, el que está a la salida de Getafe por la autovía reveló, desviando la mirada a algún punto perdido del suelo. Le hice la pregunta de rigor. ¿Qué quiere que haga? -Siga a mi marido y obtenga pruebas de que se acuesta con esa ramera. ¿Qué hará con las pruebas? ¿A usted que le parece? Quiero el divorcio, desde luego, pero esos dos no se irán de rositas. Abrió el bolso y me dejó dos fotografías. Una del marido. Un tipo barbudo de rostro rechoncho, con gafas de cristales ligeramente ahumados. La de la mujer era una cara hermosa, joven y sonriente, pelo corto y pelirrojo y labios abultados. Detrás de la foto del marido había un nombre, Miguel; en la de la chica ponía Tica. ¿Tica? ¿Qué nombre es ese? -Ni idea. Así es como la llama él. -Nunca he conocido a ninguna Tica. arlota se encogió de hombros, dejando claro que la lista de mis conocidas le importaba un bledo. -Necesito que me consiga fotos, grabaciones, algo. Me han dicho que es usted un buen profesional. -No se preocupe. Déjelo de mi cuenta. La última palabra le hizo acordarse de lo fundamental. -Perdone. Aún no hemos hablado de dinero. Le dije una cifra bastante alta, más gastos, que le pareció bien, y me soltó unos cuantos billetes grandes como adelanto. Cuando se marchó, después de dejarme un número de teléfono, pensé que la mañana merecía un pequeño homenaje y bajé a la cervecería de la esquina a echar un trago. Conocía el Dos Cantos. Tres años antes le había resuelto la vida al dueño. Don Tomás tenía una hija de catorce que se había fugado con un yonqui. Conseguí que la policía los detuviera en el aeropuerto y el agradecido padre me enviaba whisky del bueno por Navidad. El caso de Carlota era pan comido. El día de marras hice lo que tenía que hacer. Llegué al Dos Cantos hacia las ocho y pedí en recepción las dos tarjetas magnéticas que don Tomás me había dejado. Una era de la habitación de los tórtolos, donde puse un micrófono- espía inalámbrico, no mayor que una caja de cerillas, debajo de la mesilla de noche. La otra era del cuarto contiguo, pared por pared, C Se movía con el porte y la seguridad de movimientos que otorga a los ricos la compañía inseparable del dinero como algo habitual, que siempre está ahí disponible y nunca se gasta