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6- 7 40 LOS VERANOS DE Schlingensief De abucheo en abucheo en Bayreuth La versión sacrílega del Parsifal de Christoph Schlingensief no convenció al público del Festival de Bayreuth. El año que viene será retirada y en 2008 habrá un nuevo montaje de este título POR OVIDIO GARCÍA PRADA on la representación de Parsifal del hiperactivo provocador Christoph Schlingensief, concluyó el ciclo de estrenos del 95 Festival de Bayreuth. Ha transformado profundamente los dos primeros actos y modificado notablemente el tercero, de manera que podría hablar- C se de una obra nueva en su aleatoria realización concreta. Cada año ha introducido, amalgamándolas, una perspectiva: en 2004, los rituales africano- vudús; en 2005, la variante ártico- islandesa (el llamado animatógrafo y ahora irrumpió con fuerza el mundo arábigo- islámico en el segundo acto y parte del tercero. Adam Fischer sustituyó a Pierre Boulez y dirigió menos lentamente ¡35 minutos más! subrayando con rutinaria solidez esplendorosas sonoridades y matices enfáticos a la usanza tradicional de Bayreuth. El veterano R. Holl (Gurnemanz) A. Eberz (potente Parsifal pulible) A. Marco- Buhrmester (notable Amfortas doliente) J. Wegner (acrobático Klingsor) J. Korhonen (bien timbrado Titurel) y E. Herlitzius (nueva Kundry con vibrato) cumplieron las expectativas. Coro y muchachas- flor ataviados con atuendos fantasiosos, magníficos. Encomiable es la persistente dedicación de Schlingensief por mejorar su proyecto como work- in- progress en el taller de Bayreuth Dentro de sus coordenadas es ahora menos caótico, tiene más coherencia intrínseca y el hiperquinético espectáculo vanguardista alcanza un orden y serenidad casi clásicos. De no estar errada la concepción básica, cosecharía éxitos, como sucedió con el montaje de Chéreau- Boulez de 1976, en lugar de concitar progresivamente más animadversión y rechazo. Schlingensief no trabaja como mediador (escenógrafo) de la obra, sino que, como autor, monta un espectáculo audiovisual propio con música de Wagner, integrada como música ambiental o de fondo. En su montaje hay yuxtapuestos dos ritmos temporales independientes: el vídeoescénico y el musical. Supedita el segundo al primero. Convierte la música en imagen. Por esa razón, quiso inicialmente colocar a los cantantes en el foso de la orquesta para tener absolutamente mano libre en el escenario. Las imágenes permanecerán reza una inscripción del primer acto. El continuo bombardeo visual con estímulos de su florilegio iconográfico es apabullante, absorbe la concentración y, como ésta por ley psicológica es puntual, condiciona la audición. Esa pretensión totalitaria culmina en su afirmación: Yo soy la música de Richard Wagner El rechazo es, por tanto, cada vez más categórico y los abucheos finales, más estruendosos, eclipsan el aplauso. Una pareja a mi lado, profundamente decepcionada, decía: Para esto no hemos esperado diez años por las entradas. La próxima vez traeremos huevos podridos La conclusión deducible es que el organismo wagneriano rechaza la versión sacrílega de Schlingensief.