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22 VIERNES 4 8 2006 ABC Internacional Olmert delimita la nueva frontera con el Líbano en el río Litani para acabar con Hizbolá La lluvia de cohetes Katiusha mata a ocho civiles en el norte de Israel b Tres soldados israelíes mueren en su carro de combate; Nasralah amenaza con golpear más lejos; ocho víctimas más en la Franja de Gaza... Continuará JUAN CIERCO. CORRESPONSAL KIRYAT SHMONA (Norte de Israel) Uno. No podemos permitir más cohetes contra el norte de Israel. Tomaremos todo el sur del Líbano hasta el río Litani y para ello tendremos que llamar a otras dos divisiones de reservistas Amir Peretz, ministro hebreo de Defensa. Dos. Cada muerto nos obliga a seguir la guerra; cada víctima israelí supone dos días más de guerra General Dan Halutz, jefe del Estado Mayor. Que quede claro. Tres. Dos cohetes asesinos Katiusha impactan contra la ciudad fronteriza de Maalot. Tres militares muertos, tres chavales de 18 años de edad, a primera hora de una tarde que nadie olvidará en la Galilea, sobre la que se lanzaron 130 cohetes en tan sólo una hora. Cuatro. Los muertos se suceden entre las cuatro y las cinco de la tarde, tras una mañana de relativa calma en la que sólo ha caído unos 30 misiles. La olla a presión, a punto de estallar en la oficina del primer ministro en Jerusalén, en el cuartel general del Ejército en el frente. Cinco. Más muertos civiles en San Juan de Acre, todos de una tacada, contra un coche sobrecargado donde había un pasajero invisible colado de rondón, con afilada guadaña, de nombre Muerte y de apellido Katiusha Seis. Las noticias de la radio conmocionan el puesto militar de Sasa, a la espera de realizar un recorrido de alto riesgo acompañando al Ejército cuando caiga la noche, por la minada frontera del Líbano. Siete. Algunos milicianos de Hamás han sido abatidos en el campo de refugiados de Rafah, en la olvidada Gaza, que se encuentra rodeado por carros de combate y bombardeado por tierra y por aire. No se fueron solos a la tumba, sino de la mano, como suele ser ya habitual, por un niño de 8 años. Ocho. La muerte de los civiles israelíes abatidos ayer tarde por los cohetes- -con tantos muertos como aquella mañana de domingo de hace dos semanas en la que se tuvieron que recoger cadáveres en un taller de trenes de Haifa- -supone otra vuelta de tuerca para una sociedad israelí que ya frunce el ceño. Nueve. Nuevo mensaje de Hasán Nasralah a través de su televisión Al Manar en que el líder de Hizbolá amenazó con atacar Tel Aviv si Beirut, como había sucedido por la mañana tras 48 horas de calma, volvía a ser bombardeada. Las octavillas lanzadas por la aviación hebrea sobre tres barrios del sur de la capital libanesa dejaban muy claros los próximos objetivos. Diez. El Ejército de Israel dice necesitar varios días para completar su misión renovada. Renovada por la fuerza de los acontecimientos sobre un terreno donde la feroz resistencia de Hizbolá provoca muecas y sorpresas. El nuevo objetivo ordenado ya por Ehud Olmert- -aunque necesita del visto bueno del Gabinete de Seguridad- -pasa por controlar, ni más ni menos, que 30 kilómetros del sur del Líbano que pasan por la ciudad de Tiro y llegan hasta un río Litani que amenaza con convertirse en la nueva frontera y, de paso, en un gran cementerio. Once. Los muertos civiles y militares contados ayer en Israel empujan poco a poco contra las cuerdas políticas a Ehud Olmert, cada vez más cuestionado por la tardanza en alcanzar unos objetivos anunciados a bombo y platillo. Críticas a los militares Amir Peretz y Dan Halutz están cada vez más señalados con el dedo acusador de los analistas militares, que les acusan de haber cambiado demasiadas veces en muy poco tiempo la estrategia militar, que ha pasado de los bombardeos aéreos a la ofensiva terrestre, -en hebreo no dicen invasión- -pese a haber movilizado más de 20.000 reservistas, siete brigadas que ya operan en el sur del Líbano, y contar con el poderío militar del Ejército más preparado y mejor armado de Oriente Próximo a su servicio. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... hasta once militares caídos en el frente a bordo de un carro de combate ya no indestructible, el Merkava Civiles inocentes muertos en el norte de Israel, asomados unos al balcón de su casa; alcanzados otros en un coche en el que, a la postre, viajaba Israel. El jeque Hasán Nasralah amenaza con atacar Tel Aviv si Beirut vuelve a ser bombardeada Un Israel conmocionado por la dureza de una guerra en la que todos pierden (unos- -los libaneses inocentes- -mucho más que otros) en la que nadie gana (quizás Siria e Irán) en la que los civiles muertos, las infraestructuras RAFAEL L. BARDAJÍ MÁS QUE UNA GUERRA C amino del mes de hostilidades, buena parte del mundo occidental se muestra ya hastiado de la guerra que Israel libra contra el terrorismo islámico en suelo del Líbano. La ofensiva israelí, se dice, no ha logrado poner fin al lanzamiento de los cohetes de Hizbolá, pero al menos ha conseguido ya dos cosas: desplazar a la milicia islamista 20 o 30 kilómetros al norte, alejándola del suelo de Israel; y restablecer la credibilidad en la voluntad y capacidad israelí para combatir. Se concluye que ha llegado el momento del alto el fuego. Este razonamiento no puede ser más peligroso. Hay que permitir que Israel acabe con Hizbolá. El mapa estratégico de Oriente Próximo se ha modificado radicalmente en los últimos años. Ya no hay guerras clásicas ni por sus causas ni por sus métodos. Hizbolá e Israel están luchando en estos momentos por una razón puramente ideológica: islamofascismo frente a democracia. Por el contrario, quien presiona por un alto el fuego sólo ve en esta guerra un conflicto más de los que asolan la región periódicamente. Pero... ¿y si esta guerra fuera otra cosa? Hay quien ve en ella el comienzo de la Tercera Guerra Mundial, que es el 36 de nuevo, sólo que en lugar de Hitler experimentando con sus nuevas armas en España, es Irán la que estaría utilizando el Líbano como campo de experimentación. Mahmud Ahmadineyad, el visionario presidente iraní, no sólo ha alimentado a Hizbolá sino que acaba de declarar que comparte plenamente su objetivo de acabar de una vez por todas con Israel. El líder espiritual supremo, Alí Jamenei, ha dicho lo mis- mo en presencia de Hugo Chávez, que aprovechó el momento para hacer un llamamiento a todos los antiamericanos a luchar contra el imperio de Bush. Para los enemigos de la libertad y la democracia la naturaleza de este conflicto está clara. Se ha chequeado la resistencia israelí para defenderse de una lluvia de cohetes- -de fabricación iraní, no lo olvidemos- -y, aún más importante, los límites del apoyo occidental a Israel. Es más: esta guerra le sirve a Irán para afianzar su liderazgo en el mundo islámico, algo por lo que siempre ha luchado. Tanto, que Al Qaida se ha apresurado, por boca de Al Zawahiri, su número dos, a hacer suya la lucha de Hizbolá para contrarrestar el liderazgo iraní. Esta guerra, nos guste o no, supera con mucho al Líbano, a Hizbolá y a Israel. Por eso, acabarla anticipadamente sin una victoria clara es, en realidad, una derrota. No a corto plazo. Ni tampoco para la seguridad inmediata de Israel. Pero sí para el futuro del mundo libre. El islamofascismo sabría que no tenemos lo que hay que tener para enfrentarse a él y derrotarle.