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ABC VIERNES 4 8 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA REVOLUCIÓN ERA ESTO E MIENMANO RAÚL ENI de Cádiz, que sabía latín y contar historias mejor que muchos novelistas desestructurados, hizo una defensa tal de la familia que, de vivir ahora, lo hubieran llevado a hombros hasta Valencia, para que en el Encuentro Internacional su tocayo Benedicto XVI le hubiera dado su bendición apostólica y un collar con cruz como a Sonsoles. Pues si Ratzinger es Benedicto XVI, Beni fue Benedicto de Cádiz cuando en plena efervescencia del Caso Guerra que bauticé como Mienmano le preguntaron por el escándalo y urbi et orbi dijo: -Guerra ha hecho muy bien. ¿Quién mejor va a dar el mangazo que su hermano? ¿Quién mejor que su sangre? Si yo fuera arzobispo haría lo mismo. Le diría a mi hermano Amós: Hermano, vete a la catedral, mángate un cuadrito y te lo llevas para casa, que lo vamos a puANTONIO lir en un baratillo. Pero no cojas el BURGOS Greco grande, que se va a notar mucho: coge el murillito que está en la sacristía, que nadie se va a dar cuenta, corazón ¿Quién mejor que mi sangre va a mangar en la catedral? Defensa de la familia pura y dura. De la denostada familia a la que han puesto de mote tradicional Y familia que, lo que son las cosas, acaba también de defender como nadie el comunistón Fidel Castro, en esa especie de Encuentro de Valencia con palmeras que ha sido su enfermedad, resuelta a efectos de poder dictatorial con el nombramiento familiar de Raúl, vamos, Mienmano de toda la vida, su sangre. Mi maestro Beni hubiera dicho: ¿A quién mejor le va a dejar Fidel los carguitos que a su sangre, a su hermano Raúl? Esto es hispanidad pura, por mucho que Castro se reclame del marxismo con guaracha y del comunismo de rumba, rumba. Sucesión cubana a la es- B pañola: ¿después del comandante en jefe, qué? ¿Pues qué va a sel, mi amolll? ¡Mienmano! Comandante en jefe que me hace pensar que se equivocó mi paloma al escribir que Cádiz es La Habana con más salero. De salero tiene el jodido dictador siete mil arrobas. Aunque hayan suspendido el Carnaval habanero y quizá las congas no recorran las calles de Santiago, mamá, yo quiero saber de dónde es el comandante. Es como de Cádiz, un dictador de chirigota. Aparte de un tirano, es un cachondo mental. Un comparsista disfrazado de Stalin, el muy Malecón. Castro, guasa cubana, acaba de inventar el autoparte facultativo. ¿Se acuerdan del equipo médico habitual en la larga agonía de Franco? El cachondo de Castro lo ha mejorado: es el equipo médico habitual de sí mismo. ¿Hay arte o no hay arte, para dar él mismo sus partes facultativos? Cuando se acabó la salud, llegó el comandante y mandó parar, y dijo que aquí no hay remamahuevos ni un comemierdas que dé un parte facultativo: los partes los doy yo, que para eso soy el comandante en jefe. Y no un parte, sino dos que ha dado el tío en sus proclamas. Lo que digo: será un asesino, pero tiene un punto de genialidad, de gracia de Cádiz, berrendo en Beni, para darse chocazos por las esquinas de La Habana Vieja. Tan hispánico, por gaditano de Cuba, es esto, que yo sé dónde está Fidel: en la enfermería de Pozoblanco, con las fatiguitas de la muerte del barbateño Paquirri. Sus autopartes médicos me recuerdan las palabras de Francisco Rivera: Doctor, la cornada tiene dos trayectorias, usted abra y haga lo que tenga que hacer Castro ha cogido el vídeo de Salmoral de su dictadura y ha dicho al pueblo cubano con sus proclamas- partes: Estoy chungaleta, compañeros, así que defended el socialismo o muerte, ¡venceremos! con Mienmano, porque como yo me muera, el socialismo se va al carajo N algún lugar de La Habana, junto a un cartel herrumbroso, oxidado por el descuido y el salitre, desde el que Fidel predica una farragosa retórica revolucionaria- -ni en los affiches abandona su cansina matraca, su agotadora perorata, su letanía hueca- un hombre de tez morena y su hijo pasan subidos en algo parecido a un carro, un esqueleto de carricoche de dos exiguas ruedas tirado por una escuálida cabalgadura de aire macilento. Hasta el aire parece detenido en esa foto que es de ayer, pero podría ser de cualquier tiempo, de un momento cualquiera de los cuarenta años que el reloj de la vida y de la Historia lleva estancados en Cuba, exangüe y blando como la arena de las clepsidras de IGNACIO Dalí; el tiempo inmóvil de CAMACHO una tiranía cansada, pantanosa, atrofiada en la soledad estática de la sinrazón, el abuso y la locura. Eso era, al final, la Revolución que tanto entusiasmó a esa izquierda siempre dispuesta a encontrar coartadas para los apagones de la libertad: un carromato triste, un jamelgo famélico y demacrado, una familia con el peso a cuestas del atraso, de la miseria, de la escasez. Un montón de ideales fracasados, de sueños vencidos, de voluntades traicionadas, de promesas rotas. Un naufragio de esperanzas en el que apenas flota el mástil roto de unas palabras vacías, de unas consignas estériles que tratan en vano de sostener el tinglado despótico a punto de hundirse en el oleaje de su propio marasmo. Eso era la Revolución: un pueblo hundido en el desconsuelo y la amargura que busca cada mañana el precario modo de sobrevivir en una sociedad agostada, en una economía exánime, en un horizonte aplastado, mientras la retórica vacía del régimen bracea en el piélago del fracaso con sus acartonadas proclamas ya oxidadas por el orín implacable de un tiempo vencido. Cartelería grandilocuente, arengas descreídas de resistencia, ficticia y rutinaria tabarra de patriotismo. Lo escribió Alberti: manifiestos, escritos, comentarios, discursos... qué dolor de papeles que ha de barrer el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua. Porque da igual que ocurra ahora o un poco más tarde; hace mucho que la época de los dinosaurios pasó página en la imparable glaciación de la libertad, y este patético fin de ciclo sólo merece el piadoso responso de una agonía anunciada y el deseo que no acabe en una sacudida de sufrimiento inocente. Su revolución se hundió hace mucho tiempo en un pantano de asfixia, injusticia, y crueldad. Ni un gramo de piedad, pues, para quien no la ha conocido, ni un gramo siquiera de la hipocresía al uso en esas cancillerías que hacen votos de boquilla por la salud del déspota. ¿Cuándo te mueres? ha preguntado Vargas Llosa desde la fría sinceridad de quien alguna vez creyó, engañado, en una utopía fusilada por la sed de poder. Que se muera pronto; ya ha vivido bastante y, sobre todo, ya ha matado bastante. Aunque quizá el peor crimen lo cometió asesinando la esperanza.