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50 JUEVES 3 8 2006 ABC FIRMAS EN ABC JOAQUÍN ALBAICÍN ESCRITOR TATIANA: LA GRAN DUQUESA QUE VOLVIÓ DEL FRÍO Aunque sin ninguna consistencia y, pues, efímeras, Tatiana conoció otras encarnaciones, incluyendo una como bailarina de danza del vientre en Constantinopla... E cumplieron el último febrero nada menos que ochenta y seis años del rescate de las aguas del Canal Landwehr de Berlín de una joven acaso abducida por el fantasma de la Gran Duquesa Anastasia y cuya identidad real, bamboleada por una marejada de dudas y sospechas que ni siquiera las supuestas evidencias científicas servidas por el ADN han podido despejar, espolea desde hace varias décadas la controversia entre historiadores, aristócratas, hombres de letras y juristas. Mas no fue un ejemplar único en su especie. Lo inusualmente prolongado del pleito que sostuvo en los tribunales alemanes y la niebla levantada por el halo de leyenda e intriga que siempre la rodeó contribuyeron al eclipse de otros Romanov también resucitados como ella, de la Estigia siberiana. De ahí que prácticamente nadie recuerde hoy, por ejemplo, que sólo tres días después de la zambullida berlinesa de Anastasia, coincidiendo con su ingreso en la clínica Dalldorf y como si estuvieran transmitiendo un mensaje en clave, algunos diarios norteamericanos acoplaron alas de tinta a la noticia de que la Gran Duquesa Tatiana, hija también del Emperador Nicolás II, seguía viva y trabajaba como institutriz en el hogar de una familia polaca residente en cierta nación americana... De hecho, agencias de prensa occidentales habían difundido en primicia la exclusiva de la fuga de Tatiana ya cuando el Zar y su familia permanecían aún presos en Tobolsk, es decir, antes de su traslado a Ekaterinburg, reportes que, a decir de Sidney Gibbes, preceptor de los hijos del Zar, ella misma leyó en su lugar de cautiverio, divertida, ante sus propios ojos. Por cierto que Gibbes, según nos contó hace poco el escritor Oleg Shishkin, había sucedido en el puesto a tan notorio docente como Paul Dukes, peso pesado del espionaje británico... Así, el 28 de noviembre de 1917, el diario madrileño El Debate pudo reproducir un cable procedente de Nueva York según el cual la llegada de la Gran Duquesa Tatiana, que había simulado casarse con un hijo del Barón de Friedericks para poder huir de Siberia y se proponía ahora dedicarse en América a la obra de socorro de sus paisanos rusos, era esperada en sus muelles en cualquier momento De propina, el periódico añadía que, según fuentes fidedignas, el Zar logró escapar de Tobolsk y refugiarse en el Japón No mucho después, el 1 de diciembre del mismo año, The Morning Post de S Londres daba cuenta de que la antedicha Gran Duquesa Tatiana, aunque lista para partir hacia los Estados Unidos, aún se encontraba en Inglaterra, buscando pasar desapercibida mediante el recurso a vestidos masculinos y notablemente cambiada por un buen corte de pelo. Se trataba, sin duda, de la misma princesa errante evocada por Ferdynand Ossendowski, jefe de los servicios de inteligencia del almirante Koltchak, en su libro El hombre y el misterio en Asia En los días más crudos de la guerra civil, testimonió Ossendowski, había cruzado Siberia, sin detenerse en Omsk, la más popular y simpática de las hijas del Zar, la Gran Duquesa Tatiana. Díjose que se había casado con un modesto oficial a quien asistió durante la guerra en el hospital de Tsarskoie Selo y que se fugó de la cárcel bolchevique de Tobolsk antes del traslado de los imperiales prisioneros a Ekaterinburg, sustituyéndola una heroica muchacha. La Gran Duquesa visitó en su viaje los hospitales situados cerca de las estaciones de ferrocarril y repartió retratos suyos y de la Emperatriz Madre. La misteriosa pareja se dirigió al Este, residió algún tiempo en el Japón y luego pasó a los Estados Unidos Disponemos hoy, gracias a las pesquisas de Shay McNeal, de información más matizada sobre la identidad de aquella Gran Duquesa En efecto, The San Francisco Examiner dedicaba el 28 de abril de 1918 unas gentiles líneas a Vladimir Baranofsky, cuñado de Alexander Kerensky... O, para ser más precisos, a su mujer, que, leemos, es una joven particularmente guapa y, por su asombroso parecido con una de las hijas del antiguo Zar de Rusia, fue confundida con la Gran Duquesa Tatiana. El Sr. y la Sra. Baranofsky fueron vistos con frecuencia en la ciudad con el almirante Bosse Este oficial estuvo al mando de la Marina rusa y fue amigo y consejero del Zar durante años, lo cual exageró el rumor sobre la identidad de la atractiva joven. Ella, no obstante, se limita a sonreír ante la idea y dice cosas muy elogiosas sobre la joven hija del Zar, a quien conoce muy bien ¿Ingenua confusión, o... algo más? Porque, como refiere McNeal, este matrimonio se había hecho notar en San Francisco como amigo y visitante asiduo del ex cónsul ruso George Romanovsky, uno de los dos autores de Rescuing the Czar novela enhebrada a partir de informes confidenciales y rumores de inteligencia en la que se sostiene que toda la familia imperial fue rescatada gracias a un golpe de mano de los servicios secretos británicos y americanos y evacuada de tapadillo a Tíbet, previo acuerdo con el Dalai Lama. El libro fue al poco misteriosamente retirado de las librerías, presumiblemente para borrar en lo posible las pistas de una operación de salvamento finalmente fallida... o boicoteada, más que fantástica en sí. Dado que, precisamente coincidiendo con la llegada de Tatiana recibieron Romanovsky y su socio McGarry los primeros ejemplares del libro, parece lícito relacionar las hablillas sobre el desembarco en California de la Gran Duquesa con una maniobra- -luego desestimada o frustrada- -de promoción de la novela. ¿La habrá leído S. S. el Dalai Lama en su exilio de Dharamsala? Acaso fueran bulos de esta índole los que inclinaron al mismísimo Lord Hardinge de Penhurst a informar a Jorge V de Inglaterra hasta de la exacta cronología de la huida de la familia imperial. Según informaciones que habría recibido del encargado de negocios en Viena, la ruta tomada por Su Majestad Imperial el Zar y las Grandes Duquesas Olga, Tatiana y María fue, tal y como fuisteis informado por Su Majestad la Reina Madre, desde Odessa a Constantinopla, llegando el 26 de febrero. Desde Constantinopla, por tren, llegando a Sofía el 28 de febrero. De Sofía a Viena, el 3 de marzo, llegando a Viena el 7 de marzo. De Viena a Linz en coche, llegando el 8. De Linz a Wroclau o Breslau el 6 de mayo, llegando a Wroclau el 10 de mayo ¡Todo un itinerario espectral, avalado por el sello del Foreign Office! Aunque sin ninguna consistencia y, pues, efímeras, Tatiana conoció otras encarnaciones, incluyendo una como bailarina de danza del vientre en esa Constantinopla a cuyos pies se desplomaron, derrengadas, las tropas de Denikin y Wrangel. Por completo delirante es, a su vez, la historia narrada por un supuesto A. Eleázar Romanov, nieto de Tatiana Ésta, herida de gravedad, habría sido rescatada por un oficial musulmán de la guardia de su imperial padre y escoltada por él- -vía Tashkent y Kabul- -hasta una extraña Cachemira, capital de Rawalpindi (sic) alcanzando desde allí, tras una escala en Bombay, tierras de Siria, donde gozó de la protección de Faisal, quien, según se deja sobreentender, habría sido el abuelo de Eléazar. Este Romanov apócrifo sería, pues, heredero también de los tronos sirio e iraquí. Arrancada de las garras de sus carceleros por el Príncipe Arthur de Connaught, Tatiana, en fin, reposa también bajo tierra, según otros informes, en la localidad inglesa de Lydd. Más comentado fue en su momento el rumor según el cual, bajo el falso nombre de Alejandra Michaelis, la hermosa hija de Nicolás habría desaparecido tras la II Guerra Mundial en un campo de concentración soviético. Inspiró, sin duda, el bulo en las mentes de los fabuladores la historia de la princesa Mafalda, hija de la Reina Elena de Italia internada por los nazis en el campo de Buchenwald y muerta durante un bombardeo del mismo por los Aliados. Fue en torno a 1948 cuando dióse a conocer a la prensa esta Alejandra Michaelis, salvada de la Casa Ipatiev por el sacerdote Storozhev y el futuro mariscal Blücher- -el Ejército Rojo, acudiendo diligente al rescate de las princesas en apuros- -y cuya candidatura a Gran Duquesa Tatiana patrocinaba cierto Barón Von Biel. Alejandra Michaelis continuó hasta, como mínimo, 1951 concediendo interviús a revistas y diarios. Von Biel la habría reconocido cuando trabajaba como sanitaria en un campamento de refugiados de la Alemania ocupada. ¿Cómo no? ¡Su porte de Romanov era inconfundible! Relata el amarillento- -y amarillo- -artículo que consultamos que sólo ante la insistencia de sus interrogadores y por motivos de caridad hacia sus compatriotas exiliados había accedido la ya madura princesa a admitir su auténtica identidad El espíritu caritativo y patriótico despertó en ella tras recordarle sus amigos que las riquezas depositadas en los bancos de Londres podrían ser una ayuda para los indigentes rusos expatriados Por supuesto, concluía el redactor, la señora Michaelis había renunciado por anticipado a tan golosa fortuna, por ser su único ideal tener un día una granja en California. Capricho, por cierto, nada modesto y no poco tentador para una enfermera de campaña. ¿Qué decir de la hazaña del coronel Richard Meinertzhagen, oficial inglés que dejará constancia en su diario de cómo el día 1 de julio de 1918, por orden del Rey Jorge V, aterrizó en Ekaterinburg y logró meter en su avión y transportar a Inglaterra a la Gran Duquesa Tatiana? Nos preguntamos, en suma, cómo, hasta cierto punto, puede extrañar la flema con que, en medio de todo este torrente de desinformación urdida en covachuelas de espías y fraudulentos horizontes perdidos, la emigración acogía la ferviente organización por el Príncipe Golytsin- Mouraviev, año tras año, de misas por la buena salud de Su Majestad Imperial Nicolás II. Notas como las antedichas constituyen, en fin, lo que podríamos llamar la prehistoria del Affair Anastasia, que se desatará tan pronto como Europa comience a conocer la llegada de los fantasmas de carne y hueso de la familia imperial... Incluido el de Tatiana, el más bello fuego fatuo- -ya con refulgente diadema o penacho de coracero- -de la Rusia de los Zares y su esplendor desvanecido.