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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO fonso XII aún no era rey y Elena despuntaba en las alcobas secretas de la carne con el do sonoro de sus pechos. Por este detalle, cada vez que alguien se refería a Elena Sanz lo hacía con el operístico nombre de la Favorita. Ni que decir tiene que Isidro Cabrales, sereno del barrio vecino a Palacio, estaba encargado de abrir el portal, no sólo a la Favorita, sino también a su excelentísimo amante. Hay que apuntar que el rey se pegaba sus escapadas de Palacio cada vez que le venía en gana. Por algo era el rey. De dos zancadas se ponía a la entrada de la Cuesta de Santo Domingo, en el número cuatro, donde ella tenía su residencia. El sereno divisaba su larga figura de lejos, el gesto marcial de los andares, la barbilla alta y significativa, y hasta allí que iba, plantándose en el portal en un periquete, muy servicial, con su manojo de llaves y doblando el espinazo en una reverencia que barría el suelo con la gorra. Al igual que en un ritual donde todo está pactado, el rey le pagaba el silencio con la cortesía de su imagen grabada en plata. Buenas noches nos dé Dios Buenas noches tenga usted, majestad le contestaba el sereno a la que se guardaba la propina. suyo. ¡Arre! ¡Arre! Cuando los golpes se hicieron más acusados entonces fue ella la que dijo: Creo que llaman a la puerta. Ocúltate bajo la cama, voy a abrir esde su escondite pudo reconocer la voz. Era el rey. También pudo ver las botas de caña alta, lustrosas de lluvia. Y sobre todo lo demás, el sable que siempre le acompañaba en cada una de sus escapadas. Estoy malísima de las muelas dijo ella con una queja melosa en la voz. El rey la cubrió con la seda de la colcha y besó su frente. Ahora te consigo un remedio Y no esperó a más para salir a la noche. Aprovechando la salida del rey, Isidro Cabrales se vistió apurado y volvió a su puesto. ¡Las tres en punto y sereno! ¡Las tres en punto y sigue lloviendo! Y no había terminado de dar el parte, cuando divisó la figura del rey, acercándose a través de la lluvia. El sereno ni se atrevió a mirarle a la cara. Entre reverencias y genuflexiones abrió el portal. Pero el rey no entró, qué va, se quedó plantado ante él. Traía una cara que decía: A mi no me vuelves a ver más en las monedas de plata, gandul Su mano empuñaba el sable, desafiante con la noche, la lluvia y sobre todo lo demás con Isidro Cabrales, natural de Cangas de Narcea y sereno del barrio vecino a Palacio. Dé... Déjeme... le... cuente Intentó justificarse, pero las palabras se quedaban atadas al nudo ciego de su garganta. Hubo un momento en el que el rey desenvainó el sable y empezó a pincharle el pescuezo. Dónde demonios se ha metido, le estuve buscando, la señorita Elena necesitaba un remedio para el dolor de muelas Dónde, demonios estuvo Al final, tuve que ir yo mismo hasta la calle Mayor a buscarlo A santo de qué, abandona su trabajo Dónde, demonios... Por cada queja, la punta del sable le pinchaba un poco más el pescuezo. Eran las tres y media. Y seguía lloviendo. D Imagen de Singapur, con sus inmensos rascacielos IGNACIO GIL La ciudad del rumor Cuando uno pasea por la Singapur de hoy, sobre todo si es mediterráneo o musulmán de Próximo Oriente, es seguro se quede impresionado de la extrema limpieza de sus calles, tanta que como se le ocurra tirar un chicle o una infame colilla, corre el riesgo de ser castigado con algunos varazos por parte de uniformados ciudadanos. En el Raffles, de los pocos vestigios coloniales que quedan en esta espejeante urbe de hormigón, le dan a uno habitaciones que llevan nombres de ilustres personajes que por allí pasaron. Somerset Maugham, Hermann Hesse, Rudyard Kipling... Quédense con uno: Joseph Conrad, que es el de la habitación 119. Cuando el marino de aristocrático apellido polaco paseaba por sus salones y terrazas, la ciudad era solo un rumor enorme de voces europeas perdidas en el inmenso cúmulo de islas del Pacífico que rodea al continente, un rumor incesante donde se cuestionaban cosas de honor, excelencias, fortunas, sobre todo estas, y caídas en el arroyo. Allí, quizá, le otorgaran rastros de lo que luego se convirtió en Lord Jim, o, desde luego, rumores incesantes sobre destinos aciagos, como el que le aconteció por necesidad a Axel Heist, su personaje más acabado y uno de los más terribles por el modo en que afronta su necesario final de hombre marcado por la maledicencia de esa mezcla de estupidez y rapiña en que se habían convertido sus semejantes. El Raffles, en su tiempo, debía ser uno de los escasos islotes provistos de puritana y progresista limpieza en un océano de miseria proverbial y asiática. Pero hoy día la ciudad sigue cumpliendo la misión para la que fue fundada, así sea con guardias provistos de varas y ejecutivos vestidos de similares trajes y pueda uno peinarse mirando al suelo, es decir, sigue llevando sobre sus hombros la excelsa tarea para que la fue encomendada, la de ser un faro de luz comercial y progresista en una ciénaga de oscuridad medieval. De ahí, quizá, ese celo ilustrado de las autoridades respecto a la limpieza de sus calles, lo que habla bien a las claras de sus complejos. Y todo esto, el rumor, la falsa redención, lo atisbó Conrad poniendo la oreja donde convenía. Pidan por favor la 119. S in embargo, aquella noche de lluvia no tenía pinta de aparecerse nadie por allí. Y menos el rey. Por lo mismo, la Favorita, con ganas de cantar a viva voz la Magdalena de Rigoletto, hizo subir al sereno. Daban las dos y media, seguía lloviendo y el sereno lo primero que pensó fue que andaría indispuesta. Tal y cómo estaba la noche, necesitaría algún remedio de la botica. Con una garganta tan delicada a los cambios de clima, no era plan lo de salir a la calle, se dijo Isidro Cabrales, sereno del barrio vecino a Palacio. Aunque, después de la mirada abrasadora con la que le había obsequiado, cualquiera sabe. La incógnita se despejó en seguida, lo que ella tardó en desnudarse. Con los nervios, Isidro Cabrales no supo bien si se había dejado el portal abierto. Da igual, a estas horas ya, pocas visitas apuntó ella. Y sin más se pusieron a dar rienda suelta a su desahogo. Ella relinchaba como yegua herida y el de Cangas de Narcea tiraba de la crin. ¡Arre! Hubo un momento en que, además de los alborotos de la carne, le pareció escuchar unos golpes en la puerta pero Isidro Cabrales no hizo caso y siguió a lo Hubo un momento en que, además de los alborotos de la carne, le pareció escuchar unos golpes en la puerta pero Isidro Cabrales no hizo caso y siguió a lo suyo. ¡Arre! ¡Arre! Más que por su voz, Elena Sanz era conocida por sus amoríos con el rey. La cosa venía de antiguo. Se contaba que se conocieron en Viena