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3 8 06 CRÍMENES SIN RESOLVER Una tumba en la cuneta El cadáver desnudo de Déborah Fernández- Cervera se halló diez días después de que desapareciera en Vigo. No la vejaron y ni siquiera se sabe si la mataron o murió. La escondieron con mimo durante todo ese tiempo y la abandonaron para que fuera encontrada pronto. Los investigadores sólo tienen un ADN y un puñado de contradicciones para descifrar CRUZ MORCILLO PABLO MUÑOZ uiero presentar una denuncia. Mi hija ha desaparecido. Ayer salió a correr por la playa y no ha regresado. Se llama Déborah Fernández- Cervera Neira. Tiene 22 años. Vestía pantalón de chándal azul, sudadera verde y zapatillas blancas. No llevaba documentación, ni teléfono ni dinero. El policía de la oficina de denuncias de la comisaría de Vigo trató de persuadir a José, el padre de la chica, de que era pronto para denunciar. ¿Está seguro de que no se ha marchado voluntariamente? le preguntó en el tono del habitual formulismo. Y sí, José y Rosa, su mujer, estaban convencidos de que si Déborah no había llamado ni estaba localizable es porque algo le había sucedido. Su chica no tenía ningún motivo para romper el guión, aunque esa sea la versión familiar en muchas desapariciones de mujeres. La insistencia fue insuficiente y no se aceleró la búsqueda. Era pronto para que la maquinaria echara a andar y era un mal día: 1 de mayo, festi- Q vo en toda España, pero a José y Rosa ya empezaban a acumulárseles las horas. Sin que ellos pudieran saberlo entonces, en esos primeros momentos en los que consumían su paciencia en comisaría, Déborah estaba muerta, como confirmaría mucho más tarde la autopsia. Pudo ser la noche del 30 de abril de 2002 o al día siguiente, dictaminó el forense. Sus planes para esa noche eran rutinarios. Nada especial. Iba a alquilar una película aprovechando que su novio jugaba un partido de fútbol. De todos modos, no podía afirmarse que la relación fuera viento en popa. Más bien al contrario. Había hablado de los problemas con su chico y de cine con su mejor confidente, su prima, durante un largo paseo por la playa. No, definitivamente iría al videoclub, y esa fue su primera ausencia constatada. Déborah, como otras tardes, salió de su casa en la avenida Atlántida de Vigo a las 19.30 con lo puesto. Estuvo haciendo footing por la playa de Samil unos 45 minutos. A las 20.15, tal y como acordaron por teléfono, se encontró con su prima en la playa de la Sirenita y juntas dieron otro largo paseo e intercambiaron confidencias hasta que la chica decidió que era hora de irse. Un vecino que la conocía de vista la sobrepasó corriendo a las nueve menos diez a la altura de la llamada curva del matadero. Su casa distaba unos 450 metros. o había demasiado tráfico; los coches pasaban intermitentemente, pero nadie vio ninguna escena brusca. Los investigadores están casi seguros de que no la secuestraron. Déborah conocía a alguien lo suficiente como para subir a un coche con él. En realidad, le conocía mucho y le tenía, como mínimo, confianza. Si al cabo de cuatro años existe una certeza, es la de que quien pasó con Déborah sus últimas horas no era ni mucho menos un extraño. El sospechoso principal vive en su entorno. Esa es la conclusión de la Policía tras sostener más de 250 entrevistas. José y Rosa, desesperados y sin respuestas- conocíamos muy bien a nuestra hija y siempre nos daba el parte siguieron acudiendo a comisaría y llamando cada cuatro horas, buscando sin descanso hasta que un viernes a las 19.30, diez días después de que la chica saliera a correr, a esa misma hora, encontraron su cuerpo. Lo descubrió una mujer, a cincuenta kilómetros de la playa de Samil, en la comarcal C- 550 que une Bayona y La Guardia. Déborah estaba muerta, pero no lo parecía. Como si en vez de matarla la hubieran dormido, apareció recostada en una cuneta, en el kilómetro 170,7 de la carretera, a tres N La joven cambió de planes cuando volvía a su casa tras pasear por la playa y subió a un coche con un conocido o algo más. Su cuerpo se encontró a 50 kilómetros de Vigo La hipótesis principal es que el hombre que sigue ocultándose después de cuatro años actuó cegado por el amor o un sentimiento de culpa que aún le persigue Cientos de carteles fueron distribuidos y pegados por la ciudad de Vigo con la fotografía impresa de la joven EFE