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4- 5 40 LOS VERANOS DE Bayreuth ¡Habemus Isoldam! La magnífica entrega de la sueca Nina Stemme, lo mejor de un Tristán e Isolda en el que Schneider no supo sacar todo el brillo a la Orquesta del Festival POR OVIDIO GARCÍA PRADA PERELADA El Mozart más triste POR P. MELÉNDEZ- HADDAD P eter Schneider, meritorio director de orquesta utilizado frecuentemente como bienvenido tapahuecos, sustituye en este Tristán e Isolda firmado por el suizo Christoph Marthaler, al malventurado nipón Seiji Oué, que en 2005 dirigió el estreno. Schneider asumió hace años por igual motivo Parsifal y en la edición anterior- -con notable éxito, corroborado posteriormente en Viena- Lohengrin Pues bien, la misma Orquesta del Festival, que en la jornada anterior había estado sublime a las órdenes de Thielemann, bajo la batuta de Schneider sonó deslucida, menos diáfana y cristalina. Parece ser obra no apta para sus características. Pese a ello, el volumen estaba lejos del ritmo arbitrario y nivel bombástico del colega nipón. Schneider acompañaba la escena con circunspección, pudiéndose percibir clara y entera la voz, de bello timbre pero débil, de Dean Smith (Tristán) y mejor aún la bella y pletórica de volumen y colores de Nina Stemme (Isolda) Pese a ciertas inseguridades en las entradas, desacompasamientos con la escena y niveles orquestrales relativamente planos, parecían quedar conjurados pasados pesares nipones. Pero en la segunda escena del segundo acto la batuta perdió el equilibrio y su acompañamiento comenzó a eclipsar a los cantantes. El más perjudicado fue Dean Smith, que, voluntarioso, forzó en demasía y perdió vigor y brillo. En el tercero, el del lucimiento para el tenor, luchó con increíble bravura por enfrentar la avalancha sonora orquestal que sólo la Stemme conseguió traspasar. La voz no es una simple fuente de sonido, que se funde en el todo como un instrumento más. Así no se puede dirigir la obra de Wagner. En el drama musical wagneriano la voz humana habla, y si habla, hay que dejar oírla. La escenografía, abucheada el año pasado, no presenta cambios. Hay un único escenario: el estéril salón de un vapor transatlántico. Por tanto, los cambios afectan a la dirección actoral, para conferirle algo más de calor humano a la expresión amorosa, aunque siempre en el marco del acusado minimalismo, abstracta simetría, lentitud y rigidez de movimientos, diseñado por Marthaler para esta metafísica erótica Había gran expectación por escuchar de nuevo a Stemme, consolidada entretanto, tras la era de Meier, como la primera referencia escénica mundial en este pa- pel. Como Isolda estuvo excelsa: todo un alarde de timbre, técnica en todos los registros y colores, y de entrega, aparentemente sin fronteras. A su lado tuvo a la espléndida Brangäne de Petra Lang. Encomiable igualmente Kwanchul Youn (sólido rey Marke) A otro nivel deambularon un gangoso H. Welker (Kurwenal) y un discreto R. Lukas (Melot) Kurwenal es el personaje problemático de este montaje, el único presentado como un tipo tosco y extraño, con falda escocesa y cojeando lástimosamente. Y mal cantado. Todos fueron más o menos calurosamente ovacionados, sobre todo, la cantante sueca. En resumen, una velada de nivel canoro superior al que se estila actualmente en Bayreuth, que la batuta y un mediocre Kurwenal impidieron ser entusiasmante. Nina Stemme, como Isolda AFP La fiesta que el martes debería haber celebrado con alegría los 20 años del Festival Internacional Castell de Perelada, con Montserrat Caballé como madrina de excepción, al final acabó como un triste homenaje a Mozart salvado con escasa ambición artística, tanto que el gélido público casi no aplaudió: con evidentes signos de insatisfacción en la cara después de su actuación, la diva no salió a saludar después de una noche plagada de problemas. La fiesta se había planteado en dos entregas; a las siete de la tarde Caballé junto a las sopranos Montserrat Martí y Begoña Alberdi, el tenor Alejandro Guerrero y el bajo Antonio De Gobbi, con Osias Wilenski al fortepiano, proponían Una hora con Mozart a beneficio del Laboratorio de Investigación sobre el Cáncer del barcelonés hospital infantil Sant Joan de Déu. Más tarde, a las diez, los cinco cantantes defenderían varias obras mozartianas de exaltación religiosa, entonces junto a la Orquesta de Cadaqués y bajo la batuta de José Collado. Sobre el papel, poco riesgo y excelentes mimbres... Pero si el recital de la tarde tuvo cierto encanto cumpliendo con su cometido benéfico, gracias a la generosa entrega de los artistas- -con una Caballé en buena forma, una Montserrat Martí de línea de canto elegante y concentrada y una Begoña Alberdi de técnica impecable y de gran proyección dramática- el concierto de la noche se encaminó por derroteros muy tristes. Caballé no estuvo cómoda en casi ningún momento, José Collado demostró no tener afinidad alguna con Mozart haciendo naufragar a una orquesta que toca a este compositor con los ojos cerrados y a un nervioso Coro de Cámara del Palau, mientras el resto de solistas resultaban inaudibles. Menos mal que Montserrat Martí aportó su intuición y sus bellos pianísimos. Y acabó siendo una isla soleada en un mar de consternación.