Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO y entonces, cuando paso una pierna y apoyo el pie en la alfombrilla del otro lado, siento que éste es, en realidad, el principio de mi vida, que acabo de aparecer en esta dimensión (adulto, con una memoria llena de recuerdos, desnudo, saliendo de la ducha) que apoyar el pie sobre la alfombrilla es la primera acción real de mi nueva existencia física y que todo lo demás que recuerdo no son más que memorias acumuladas en el cerebro, ya que el mundo entero acaba de empezar a existir en este instante. Miro a mi alrededor. El espejo está cubierto de vaho, pero al limpiarlo con la mano me devuelve el rostro que conozco. Entreabro la ventana y veo los árboles del jardín, unos rosales y el grito de un mirlo que cruza por lo alto. También el mirlo acaba de aparecer de pronto en mitad del aire y éste es el primer grito de mirlo de la historia, y las rosas son las primeras rosas, la primera vez que la luz del sol golpea sobre unas rosas. A esta sensación la llamo comienza el mundo Hay muchas otras sensaciones. Algunas son muy extrañas: por ejemplo, cuando era niño, tenía la total certidumbre de que las puertas sabían perfectamente de mí. Cuando me acercaba a una puerta para abrirla sentía la impaciencia de la puerta, su temblor al saber que pronto mi mano la rozaría. Con la edad adulta, las sensaciones se han hecho más dispersas, menos intensas, pero todavía hoy sigo sintiendo, por ejemplo, que en la plaza que está cerca de la casa donde vivo hay una gran puerta, como un arco del triunfo, aunque ahí no hay ninguna puerta, y a veces, por ejemplo, cuando como cerezas en verano, siento como si estuviera buscando una cereza especial, con un sabor especial que yo conozco, y me descubro a mí mismo comiendo cerezas con una cierta ansiedad, como buscando ese sabor de la cereza perfecta que comí un día. Pero ¿qué es todo esto? ¿Es normal? ¿Le suceden a todo el mundo cosas así? He conocido a un maestro de las sensaciones. Fue hace unos días, en un café. Estábamos un grupo de amigos charlando, y él estaba solo, sentado en una mesa redonda, con un café y una copa de coñac. Y él me miraba, escuchaba lo que yo decía y sonreía. Era un hombre mayor, calvo, con grandes bigotes, vestido con chaqueta cruzada y con corbata. Sin saber cómo, me puse a hablar con él. Me explicó que él solía estar en aquel café todas las tardes de siete a diez, y he visto que, aunque siempre está solo, hay muchas personas que se acercan a charlar con él o, mejor dicho, a consultarle. Ignoro si los demás le preguntan por los mismos temas que me obsesionan a mí, pero tampoco me interesa saberlo. Yo le llamo un maestro de las sensaciones -Es normal lo que te pasa- -me dijo la primera vez que hablamos- Todas tus sensaciones tienen una explicación. Esas cosas le pasan a todo el mundo, pero casi nadie le da importancia. -Es la forma en que funciona nuestro cerebro, entonces- -dije yo, algo aliviado. -Todo lo que te pasa tiene una explicación- -insistió él, ya que no solía contestar directamente a las preguntas- Lo que tú llamas el sabor invisible, por ejemplo. ¿Qué es ese sabor? ¿Usted lo conoce? -Claro- -me dijo- Ése es el sabor de la infancia. Es el sabor de tener un cuerpo y ser un niño. ¿Y las otras? -pregunté. -Son fáciles de explicar- -me contestó el maestro de las sensaciones- Cuando sientes que las puertas están vivas es porque están realmente vivas. Todas las cosas que tienen forma tienen una especie de conciencia. Las puertas, por ejemplo, no tienen recuerdos ni emociones como nosotros y no están vivas en ese sentido, pero tienen un propósito: eso es lo que tú sientes al ver una puerta, que tiene un propósito. El gran arco que sientes en la plaza lo has construido tú, con tu imaginación, como homenaje a la ciudad que amas. En cuanto a la búsqueda de la cereza perfecta, no es más que nerviosismo. Tu ansiedad nos está diciendo, quizá, que buscas inútilmente algo que ya tienes. -Más interesantes son las otras sensaciones. La sensación del techo, por ejemplo. También tiene una explicación. Es la sensación de Europa. Es la sensación de la historia y de la cultura que te protege. Y en cuanto a la presencia que sentías al subir por la cuesta... Esa es la más fácil. Esa presencia que sentías eras tú mismo. ¿Yo? -Sí, tú. De pronto, te dabas cuenta de que tú estabas allí. -Se ha olvidado usted de una sensación: la sensación de que comienza el mundo -Ésa es la única que no es una sensación- -me dijo el maestro de las sensaciones- El mundo comienza realmente así. -Entonces el mundo tiene sólo unas pocas semanas de existencia- -digo yo. -En efecto- -dice él- El mundo sólo es real cuando tú eres real. El Big Ben es uno de los iconos de la capital británica EPA La ciudad de la niebla Londres ya no sufre de nieblas, a no ser las inevitables que remontan del río en esa suave planicie donde se planta la ciudad. Tampoco la miseria adquiere perfiles distintos a los de otros sitios del mundo. Incluso sus fachadas, sobre todo en los tonos crepusculares, adquieren un colorido digno de los pasteles de un Turner. Y, sin embargo, para nuestro imaginario Londres sigue teniendo el color de la carbonilla en suspensión indefinida, con gentes que pasean en sus calles con la orondez de piel de cangrejo de los nuevos millonarios rodeados de las riquezas saqueadas del mundo, mientras a unos pocos centenares de metros vaga una multitud de esqueletos desarrapados donde la miseria y el vicio, la delincuencia y el oprobio se codean en una nueva versión del Pandemonium de Milton. Esa mirada expresionista, ese horror del que es imposible salir, esa pesadilla moderna tiene su origen en Dickens, el cantor moderno de Londres, como en su momento lo fueron Samuel Johnson o Alexander Pope y más tarde lo será Virginia Woolf. Pero es en Dickens donde todos reconocemos a Londres, aun cuando sus calles no nos digan nada de David Copperfield, Scrooge o la Pequeña Dorritt. ¿Nada? La magia de este autor reside precisamente en que su paisaje londinense es humano, no de paisaje, eso se lo dejamos a Doré, y así nos es dado hoy ver la Navidad a través de los ojos del avaro por excelencia, o reconocer cuando vamos a tomar el metro en Victoria o subirnos a un autobús, los ojos, el acento y el gesto humano, demasiado humano, del cockney que nos requiebra con su extraña manera de ver las cosas, tan comunes. Y este Londres, que nos parece ahora tan bien dibujado por el novelista, ha tenido sus malentendidos entre sus paisanos, claro. Fue Chesterton, sin embargo, el que dejó escritas las páginas más hermosas sobre Dickens y sobre Londres. Él, que amaba a ambos hasta el fetichismo que le permitía en conciencia su católica manera, y que debía ser mucho, pues pocos exégetas escribieron líneas tan acertadas sobre esta ciudad haciéndola centro de la humanidad riente y doliente. Y eso se lo debemos a Dickens. Como muchas otras cosas.