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1 8 06 FIRMAS RELATO Un maestro de las sensaciones POR ANDRÉS IBÁÑEZ Autor de La música del mundo (premio Ojo Crítico) El mundo en la Era de Varick El perfume del cardamomo (NH de relatos) La sombra del pájaro lira El parque prohibido y el poemario El bulevar del crimen C aminando por la cuesta, en lo alto, entre las viejas flores violetas y las oxidadas flores amarillas, de pronto, en lo alto, siento la presencia. Hay varios cipreses en la cuesta, y también un laurel desordenado, y un níspero de hojas polvorientas e historiadas. Camino por el hombro de la vieja colina, casi jadeante, tropezando en las zanjas ocultas por la vegetación. El cielo está nublado, blanco, de un plateado luminoso por el que se deslizan naves más oscuras atravesando lagunas más claras. En lo alto de la cuesta hay un niño y un padre intentando hacer volar una cometa, una cometa roja con una larga cola rosa y amarilla, pero sus esfuerzos son inútiles en este día sin brisa. Ni una hoja se mueve, ni una brizna de hierba se balancea. El gran ciprés que hay en lo alto de la cuesta está absolutamente inmóvil. Pero no son ellos la presencia que siento, ni tampoco son los árboles, ni las flores primaverales que salpican la cuesta, ni la gran iluminación que inunda cielo, nada de esto es la gran presencia que siento, y que me hace subir jadeante y trope- zando, igual que el hombre que acaba de encontrar su gran amor. Un día, en una ciudad, en el centro de Europa, caminando bajo las ramas de los castaños, tuve de pronto una curiosa sensación que a partir de entonces comencé a definir como sensación de techo Debió de ser en Suiza, en la parte germana de Suiza, o quizá en Austria. No eran sólo las ramas de los castaños lo que se cruzaba armoniosamente, caóticamente sobre mi cabeza: también los cables del tranvía, o del trolebús, no recuerdo exactamente. El hecho es que había muchas cosas en el cielo: cables, junturas de cables en los cruces de las calles, las ramas de los castaños entrelazándose sobre las aceras y sobre los bulevares, los vuelos cruzados de los pájaros, las noticias, los cablegramas, las nubes, los itinerarios de las líneas aéreas, las radiaciones de la televisión, las oriflamas de los edificios públicos, y todo eso se unía en la sensación de techo Otra sensación, ésta más difícil de definir, es la de un sabor invisible. Solía sorprenderme en verano, en los lugares en que solíamos pasar las vacaciones. Era entonces, volviendo del mar, o también por la mañana, cuando nos dirigíamos a la playa, o a la gran piscina cuyas escintilaciones nos aguardaban al otro lado de un espeso muro de laurel, cuando me invadía la sensación de un sabor imposible, un sabor delicioso pero indefinible. Yo lo llamaba el sabor invisible No era nada que yo sintiera realmente en la boca aunque, sin duda, era un sabor. Y sentir ese sabor, la posibilidad de ese sabor, me producía un placer indescriptible. La presencia, el techo, el sabor invisible. Hace unas semanas, sin ir más lejos, tuve una sensación también, una de esas a las que, por alguna razón, yo pongo nombre. Acabo de ducharme, cierro el grifo, descorro la cortina para salir de la bañera Caminando bajo las ramas de los castaños, tuve de pronto una curiosa sensación que a partir de entonces comencé a definir como sensación de techo He conocido a un maestro de las sensaciones. Fue hace unos días, en un café. Estábamos un grupo de amigos charlando, y él estaba solo, sentado en una mesa redonda, con un café