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1 8 06 CRÍMENES SIN RESOLVER Un puzzle sin piezas El salvaje asesinato de un matrimonio de Burgos y su hijo pequeño, aún sin resolver, podrá haber caído en el olvido de la opinión pública, pero no de la Policía. Las investigación no sólo no se ha detenido sino que se ha redoblado. Pero el caso es muy complejo: no hay móvil conocido, no hay testigos, no hay huellas... Sólo la certeza de que estamos ante un psicópata CRUZ MORCILLO PABLO MUÑOZ E ntre las cinco y media y las seis de la mañana del lunes 7 de junio de 2004 los moradores de dos pisos de la calle Jesús María Ordoño de Burgos oyeron ruidos, algún grito desgarrador que podía ser de mujer o de un niño, palabras de angustia... Tras el sobresalto, sólo silencio. Lo ocurrido les llamó la atención, claro, pero no lo suficiente para alertar a la Policía. Un matrimonio no lo hizo porque justo en el piso superior de su casa vivían unos suramericanos que mantenían frecuentes disputas y atribuyeron a esa circunstancia lo sucedido. A pesar de ello, hablaron de avisar al 092, aunque no lo hicieron. En otra vivienda próxima dos jóvenes se inquietaron igualmente por aquellos gritos. Incluso uno abrió la ventana para ver si algo extraño sucedía. Todo estaba tranquilo. Se aseó y se fue a trabajar. ¿Qué había ocurrido? Aún habrían de pasar 14 horas para que se descubriera. Durante ese tiempo, una familia, la Barrio, pasó de la extrañeza a la inquietud, para acabar instalada en el horror y la incredulidad. Las primeras alarmas saltaron por la mañana a 50 kilómetros de la capital de la pro- vincia, en una pequeña pedanía llamada La Parte de Bureba. Allí se esperaba a Salvador Barrio, alcalde pedáneo, propietario de unas tierras y que tenía previsto recoger una costosa cosechadora. Al no aparecer, sus tíos, que habían pasado el fin de semana en el pueblo pero que son vecinos del mismo edificio que Salvador y su familia- -el número 14 de la calle Jesús María Ordoño de la capital- comenzaron a llamarle al móvil. Nunca hubo respuesta. Ya por la tarde, el matrimonio regresó a su casa y llamó a la puerta de su sobrino. Nadie abrió. Pidieron entonces ayuda a otro de sus sobrinos, médico de profesión, y que ya entrada la noche acudió al domicilio. Sobre las doce, tíos y sobrino volvieron a subir hasta la quinta planta- -y última- -del inmueble, donde residían Salvador, su mujer Julia Dos Ramos y sus dos hijos, Rodrigo y Álvaro, aunque el primero estaba interno en el colegio de los Hermanos Gabrielistas en La Aguilera, al que se incorporó el domingo por la tarde. Abrieron la puerta del piso con las llaves que tenía el matrimonio y vieron el pasillo ensangrentado. Al fondo, tendido sobre el parqué, se adivinaba un cadáver. Ce- rraron la puerta y avisaron a la Policía. E l análisis de la escena del crimen reveló una brutalidad con pocos precedentes. Las víctimas- -Salvador, de 53 años; su mujer, Julia, de 47 y el hijo pequeño de ambos, Álvaro, de doce- habían sido literalmente cosidas a puñaladas. El cadáver del primero apareció en la cocina y presentaba 50 heridas de arma blanca; el de su mujer estaba en la habitación del matrimonio, a los pies de la cama y tenía 17, y el del niño, que recibió 32 cuchilladas, fue localizado en el pasillo. Los tres tenían un profundo corte en el cuello. La sangre inundaba prácticamente todo el piso, pero había excepciones significativas: no aparecieron restos en ninguno de los dos cuartos de baño- -por tanto el asesino no se lavó allí- -ni tampoco, lo que es más extraño, en el salón de la vivienda, que no pisó el criminal. El móvil de Salvador permanecía sobre la televisión. El estudio de los rastros de la sangre, su concentración, los regueros, los ángulos de caída y los análisis químicos aportaron evidencias, pero no sirvieron para hacer una reconstrucción exacta del crimen. No se pudo, por ejemplo, determinar cómo el asesino accedió a la casa; qué arma- -cuchillo de cocina, navaja o machete- -utilizó; la secuencia concreta de las muertes o, incluso, la forma de salir del edificio. No había tampoco huellas dactilares- -el criminal usó guantes- ni técnicamente fue posible extraer su ADN de las muestras halladas. Por tanto, al macabro puzzle, además de ser ya de por sí extremadamente difícil de resolver, le faltaban piezas. Sin certezas, cunden las hipóte- El cadáver de Salvador apareció en la cocina y presentaba 50 puñaladas; el de su mujer, en la habitación y tenía 17, y el del niño, que recibió 32, fue localizado en el pasillo Tras los crímenes, el asesino vació los bolsillos de los pantalones del hombre y de su esposa, cuyos bordes se tiñeron de rojo. Además, volcó sobre la cama el bolso de ella Rodrigo Barrio, hijo del matrimonio asesinado y hermano de la tercera víctima, lee un manifiesto en Burgos EFE