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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO que sólo se veía el manillar y la rueda delantera. También había alcanzado un conocimiento de las letras. La palabra murciélago tenía todas las vocales. Las vocales eran letras flotantes, ligeras, de sonido hueco, que sólo alcanzaban su valor con la percusión de las consonantes. Finalmente no le llevaron a un colegio especializado. En realidad aquel mismo año aprendió a leer. -Habría que llevarle al dentista- -dijo su madre- Tiene un par de dientes estropeados. -Mens sana in corpore sano- -dijo el caballero doctor muy satisfecho de sí mismo. Fredi recordaba la visita al dentista. Odontólogo era una palabra que también contenía las cinco vocales pero se encontraban en un estado latente, disfrazadas bajo el signo del círculo, encerradas en un anillo de relaciones clandestinas. Las vocales de odontólogo se ocultaban bajo un sonido común, como pronunciadas con la cabeza dentro de un caldero. ¿Otro martini? -No, gracias, es una mañana deliciosa pero no quiero alegrarla excesivamente con otro martini. -Lo que tiene que hacer este niño es echar a correr por la playa- -dijo el padre. ¿Hace deporte? -No, no hace deporte. -Sí que hace deporte- -intervino la madre- Le gusta pasear por el campo. Pasa algunas temporadas en casa de su abuelo. ¿Te gusta el campo? -preguntó el especialista inclinándose hacia adelante en la silla, haciendo sufrir el abdomen en los límites del cinturón. Llevaba unos zapatos de verano con la puntera blanca. -Responde al doctor. Di que te gusta el campo. -Me gusta el campo- -obedeció el niño. -Vamos, vete a tomar un baño. Mira qué grandes son las olas. Fredi se levantó y bajó las escaleras que llevaban a la playa. Echó a correr entre la gente que tomaba el sol en la arena. La marea estaba baja. El mar era de un azul de acuarela. Las olas habían iniciado el asalto de la pleamar y barrían la orilla con amplios abanicos espumosos. Las huellas de los pies desnudos quedaban marcadas en la franja de arena húmeda y firme. Eran huellas anatómicamente perfectas, el talón, el alzado de la planta, los cinco dedos individualizados, el paso lento o rápido, regular o distanciado. El ni- ño entró en el agua. El labio de las olas le acariciaba los tobillos y al retirarse socavaba la arena bajo los pies. Desde allí podía ver a su madre con un vestido de color fresa, envuelta en el halo dorado del parasol de la terraza. A su lado estaban su padre y el doctor, personajes intercambiables, con pantalones blancos y chaqueta azul. Nadie respondía a sus señales. Ni siquiera le veían. En torno a la mesa la conversación seguía indiferente. Detrás se veía el edificio inmaculado del casino, como un pastel de merengue con una banderita en lo alto. El papel donde Fredi había dibujado la palabra murciélago no era la obra de un genio y su padre lo había arrugado y lo había arrojado con las servilletas del aperitivo. Al cabo de unos minutos el niño entró en el agua, presentando el pecho al mar. La violencia de la espuma le cegó los ojos. Los revolcones de las olas hicieron transcurrir los años. Sumergido en el fragor de la marea no vio pasar el torbellino del tiempo. Cuando salió del agua sus pies dejaron una huella de adolescente en la arena. Años después dejaron una huella de hombre adulto. Cambiaron muchas cosas. Sólo el mar no había cambiado. De aquel verano remoto en el que se decidía su educación, el ingeniero guardaba un recuerdo ambiguo, ni feliz ni doloroso. Aquel otoño no le llevaron a ningún colegio especializado. Probablemente no sabían si con él había que especializarse de algún modo, cualquiera que fuera la opinión del doctor. De todas formas, su madre había de morir dos años después y la vida escolar iba a transformarse en una larga serie de internados. Finalmente el ingeniero no había sido Flaubert. Le gustaba recordar a su madre en las circunstancias de aquel verano, vista de lejos, en el paseo de la playa, como un punto de color fresa bajo la sombrilla de la terraza, sin atender a las llamadas y a los gestos que el niño le dirigía desde la orilla. Y le gustaba recordarla así porque esa separación y ese alejamiento resultaban menos dolorosos que el sentimiento del cariño perdido. También recordaba a su prima Verónica. Le gustaba el nombre de Verónica porque era un nombre valioso. Lo mismo que la palabra odontólogo y lo mismo que la palabra murciélago, el nombre de Verónica contenía todas las vocales. La letra v encerraba en su seno a la letra u. París es la ciudad más visitada del mundo EPA El vientre de la nación A París todos los provincianos van a conquistarla. Esa cualidad de hermosa mujer lista para ser mancillada, o meretriz capaz de engullirse a toda una nación, es la imagen desolada, hermosa y exasperante que de esta ciudad nos ha dejado Balzac. París, la ciudad más visitada del mundo, más fotografiada, más hollada por los malentendidos de los folletos turísticos, esconde tras ese decorado hermosísimo la leyenda de la capital del siglo XIX, como lo quiso ver Walter Benjamin, con su poética de los Pasajes y su infierno baudeleriano. Pero antes estaba la ciudad de Rastignac, aquel que, desde las alturas del cementerio del Pére Lachaise, desafía a esta capital- meretriz, o tú o yo, en una representación tragicómica de la darwiniana lucha por la vida. En esa escena está todo el París de Balzac. Luego, como una minuciosa pintura, dibujará sus calles, sus tiendas, sus horteras, sus marquesas, sus burgueses, sus criadas, sus estudiantes... La sociedad de la Restauración, de los modales hipócritas y el dinero fácil, del brutal ascenso de la burguesía y el recular lento e inexorable de una sociedad tradicional que el autor adoraba hasta más allá del extremo esnobismo. Ese París brutal, corrupto y fascinante como una nueva Babilonia, no tiene desperdicio, y nos lo encontraremos, luego, en Maupassant y en los finiseculares. Pero fue Balzac quien abrió ese torrente. Tanto, que André Gide comienza su monumental Diario recordando esa escena del cementerio donde el joven desafía a la ciudad, al mundo. Cómo no. Cualquier intelectual francés que quisiera hacer carrera en París, qué digo, cualquier joven que quisiera comerse el mundo, ambición fáustica, reconoce, o se reconoce, en esa escena de Papá Goriot, la novela clave del París balzaquiano. Luego, es verdad, hay otras leyendas: la de Un americano en París o París era una fiesta pero tengamos en cuenta que están vistas desde la perspectiva del que tiene mucho dinero y va a gastarlo a un paisaje exótico. Es el París pecaminoso de los americanos de los años treinta. Pero es ésta otra tradición, no menos rentable, pero, creemos, más tonta y piadosa.