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31 7 06 FIRMAS Un talento precoz POR M. DE LOPE A quel verano se anunció fresco pero hubo días de playa. Debía ser el verano de 1956. Para entonces el niño ya entendía las palabras a su modo, fuera del círculo de los adultos. Era un talento precoz. Su prima Verónica vivía con ellos y el niño había aprendido a saborear las letras de su nombre. -Acércate, Fredi, enséñame lo que has dibujado en esa hoja de papel. -Murciélago. -Enséñamelo. Su madre le pedía la hoja donde él había dibujado un murciélago. Eran ejercicios de escritura. No alcanzaba a escribir correctamente pero sabía dibujar las letras. Estaban frente al mar. Fredi pasó la hoja de papel a su madre. Estaba sen- tado en el suelo y su madre en una silla, en una terraza, con dos caballeros. Uno de los hombres debía ser su padre. Le veía en un plano secundario, en una imagen fuera de foco. El otro caballero debía ser un amigo de la familia, quizá un doctor o un especialista, o un hombre que se atribuía a sí mismo alguna autoridad sobre ellos. Su madre cogió el papel y sonrió. La M de murciélago era el murciélago mismo, con su pequeño cuerpo escondido en el vértice profundo de la letra, con las alas extendidas en los palos de aquella mayúscula esquelética y membranosa. A la M de murciélago le seguía el resto de la palabra como la cola de la cometa que otros niños hacían volar sobre la playa. -Ha dibujado una cometa- -dijo su madre. ¿Qué edad tiene el niño? -preguntó el caballero. -Siete años- -dijo su padre- Ha cumplido siete años y no ha aprendido a leer ni a escribir. Su madre le pasó el papel. -Al menos se puede decir que tiene ingenio. El doctor se reclinó en su silla. -Flaubert no aprendió a leer y a escribir hasta que tuvo once o doce años y sin embargo fue Flaubert. ¿Me está diciendo que mi hijo va a ser un Flaubert? Dime, Fredi, ¿vas a ser un Flaubert y nos estás engañando? El niño buscó otra hoja de papel. El doctor se volvió alternativamente hacia el padre y la madre con una sonrisa tranquilizadora, para que no temieran que iban a tener un genio en casa. -Por supuesto, yo no quiero decir que el chico vaya a ser un Flaubert. Lo que quiero decir es que el hecho de que no sepa leer ni escribir a los siete años no significa nada. De repente, en un año, se producen avances espectaculares y luego el niño sigue el desarrollo normal. ¿Te gusta dibujar, verdad pequeño? -añadió dirigiéndose a Fredi con una sonrisa ancha, como si sonriera a un niño imbécil al que hay que exagerar las expresiones del rostro para que comprenda la intención. El niño no respondió. -Quizá tenga que ir a un colegio especializado- -concluyó el doctor. Fredi recordaba el mar en Santander. La terraza donde se encontraban debía ser una de las terrazas del paseo que dominaba la playa. En realidad no era un niño retrasado. Tampoco pensaba que sus padres lo creyeran. Para entonces ya había aprendido a entender los números, porque recordaba el año en el calendario: 1956, y recordaba especialmente la cifra 56. Representaba a un hombre pedaleando en una bicicleta de la La M de murciélago era el murciélago mismo, con su pequeño cuerpo escondido en el vértice profundo de la letra, con las alas extendidas en los palos de aquella mayúscula esquelética La marea estaba baja. El mar era de un azul de acuarela. Las olas habían iniciado el asalto de la pleamar y barrían la orilla con amplios abanicos espumosos