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ABC DOMINGO 30 7 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA GENTE Se produce una especie de egoísmo colectivo que consiste en no dar la cara ni hacer frente a los problemas que vienen apuntando en nuestra convivencia. La irresponsabilidad es grave y se embriaga en un endeudamiento galopante, de tal manera que la nuestra no es una sociedad fiable en el mantenimiento de los valores cívicos con los que hemos de convivir... A española es una sociedad de ciudadanos aparentemente contradictorios; es decir, dicen una cosa y hacen otra diferente de tal manera que una encuesta en nuestro país dispone- -por amplia que sea la muestra y por corregidos que estén los sesgos- -de una credibilidad perfectamente descriptible. Resulta casi hilarante- -si no fuera porque demuestra el modo en el que los ciudadanos se embozan- -comprobar que un estudio demoscópico muy reciente afirma que el 68 por ciento de los catalanes dicen haber votado en el referéndum estatutario, cuando la participación se quedó en poco más del 48 por ciento. Una mayoría de los consultados consideró que le convenía más mentir que decir la verdad, no con una intención torticera y alevosa de perpetrar una falsedad, sino con la indiferencia propia de quien no tiene el más mínimo espíritu de socializar su propio comportamiento. Algunos de los lectores de nuestro periódico se sorprendieron al leer el pasado viernes día 21 la apertura de ABC según la cual el español medio está casado, es católico, vota al PSOE, tiene vivienda propia y cobra 1.122 euros al mes Y sin embargo, esos datos eran los que se desprendían del trabajo del Centro de Estudios Sociológicos (CIS) sobre Clases sociales y estructura social Sin disponer de una cualificación técnica que me permita enjuiciar la encuesta, no me resulta sorprendente su resultado y me sirve para insistir en el carácter contradictorio y simulador de los españoles. Porque es cierto que son católicos, pero no practican la religión; es verdad que se perciben de izquierdas, pero su voto es móvil y, de modo cíclico y según qué tipo de comicios, votan a la derecha con la mayor de las convicciones; también resulta comprobable que el español aspira- -y suele lograrlo- -a ser propietario de su propia vivienda, lo que es compatible con un endeudamiento que le aperrea la vida; y por fin, también responde a la realidad que una gran mayoría son asalariados mileuristas, pero es igualmente cierto que en una misma familia, pareja o matrimonio los sueldos se acumulan. L el ocio; participan poco y a desgana en iniciativas colectivas; rehuyen el debate sobre grandes cuestiones sociales dejando que la política y los políticos ocupen el espacio que en buena ley correspondería ocupar a la ciudadanía; siguen permitiendo la desarticulación social porque no hay instancias intermedias entre el individuo y el poder y éste sigue siendo reverenciado al mismo tiempo que despreciado. Quizás esta falta de socialización explica la impunidad con la que este y otros gobiernos perpetran políticas que en cualquier país requerirían de profundas y dilatadas discusiones y la muy escasa crítica social a comportamientos y actitudes corruptas, como lo demuestra el hecho de la contemplación del aquelarre marbellí sin que nadie interviniese para sajar el mal. e produce una especie de egoísmo colectivo que consiste en no dar la cara ni hacer frente a los problemas que vienen apuntando en nuestra convivencia. La irresponsabilidad es grave y se embriaga en un endeudamiento galopante- -se vive con la losa hipotecaria, se viaja con el préstamo al consumo y se llega a fin de mes peloteando con la tarjeta de crédito- de tal manera que la nuestra no es una sociedad fiable en el mantenimiento de los valores cívicos con los que hemos de convivir. La privatización de las creencias y convicciones- -y no sólo de las religiosas- -conduce a una sociedad informe, aparentemente moldeable, fácilmente manipulable y crédula, con escaso sentido crítico colectivo y reactiva a exigencias que le requieran esfuerzos. Las desastrosas políticas educativas, la insolidaridad de los procesos autonómicos, el dinero rápido- -y fácil- -como referencia consumada de éxito personal y social, la renuncia a la progresión en la culturización masiva a través de productos editoriales y audiovisuales de calidad y unos niveles de competencia técnica mínimos en el ejercicio de la política, están llevando a la sociedad española a padecer males que se suponían superados. Uno de los más preocupantes es la capacidad para consentir la falta de sentido cívico y la ausencia de encarnadura ética para denunciar abusos de distinta naturaleza. Estas son las razones por las que la sociedad española de nuestros días produce una cierta sensación de vértigo. Su aparente inconsistencia en cuanto tal sociedad articulada hace temer que pueda ser presa de oportunistas ocurrentes, de ensayos sociales frívolos, de fórmulas de gobierno despóticas y de rupturas incomprensibles con sus propias tradiciones e identidades morales e históricas. En este contexto de sociedad débil e indolen- S te ha de insertarse la energía demográfica- -simplemente humana- -de más de cuatro millones de emigrantes que, en algunos casos, conforman comunidades autónomas a la dinámica social general y susceptibles de ser percibidas como cuerpos extraños. La inmigración, así, es contemplada más como problema que como oportunidad, lo que genera unas corrientes sociales subterráneas reactivas que, con el tiempo, pueden cuajar en movimientos xenófobos. Las sociedades inseguras como son algunas de las occidentales acumulan miedos, tienden a diluir sus propias características para evitar ser atacadas y cuestionadas y permiten una yuxtaposición multiculturalista que las divide y fragiliza. Estamos, seguramente, en torno al diez por ciento de población extranjera en España, un enorme y variopinto colectivo que- -dejando al margen a los comunitarios- -aspira a disponer de una presencia político- social articulada e influyente en nuestro país. Es lógico que así sea, pero también lo sería que la ciudadanía española fuese consciente de la necesidad de socializar sus comportamientos, de participar activamente en los debates, de ir ganando margen de maniobra a la decisión política para que se extienda la decisión social, que es de otra naturaleza. n definitiva, la sociedad española- -simuladora, privatizada en sus valores y muy contradictoria- -no se está manifestando en sus inquietudes colectivas y, por ello, se deja zarandear por unos y por otros y cualquiera invoca su nombre de manera totalitaria para hacer o deshacer. La ausencia de autenticidad en la manifestación de sus rasgos definidores conduce a la ciudadanía española hacia una forma de esquizofrenia en la que nada es lo que parece, y de ello se aprovechan las minorías más activas, que imponen criterios de parte como si fueran mayoritarios. Muchos ejemplos vienen a la mano y abarcarían desde la docilidad con la que se acogen las leyes de contenido ético, pasando por las que marcan abusivamente los vaivenes educativos, para desembocar en el actual y suicida revisionismo histórico. Cuando en vez de sociedad sólo hay gente, la arbitrariedad política es perfectamente posible. Y ahora, aquí, en España, muchos políticos creen que en vez de sociedad lo que hay, simplemente, es ese concepto anónimo y magmático de gente. Y cuando hay gente y no sociedad, se produce un dramático vacío. E odas estas contradicciones hacen que la sociedad española sea difícil de radiografiar y- -en consecuencia- -plantee a los políticos demasiadas perplejidades que les llevan a cometer muchos errores. Como en una ocasión escuché decir al director del CIS, Fernando Vallespín, el grado de socialización de los españoles es muy bajo. Los ciudadanos se han ido transformando en personas más introvertidas, menos proclives a establecer redes de contacto social en el vecindario, en el trabajo o en T JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC