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ABC SÁBADO 29 7 2006 Cultura 53 Ovacionado en Bayreuth el Siegmund que no cantó Durante la representación de La Walkyria Plácido Domingo, que estaba en el palco, fue ovacionado b El pasado jueves fue interpretada la segunda parte de El Anillo del Nibelungo en Bayreuth. Buenos decorados, estropeados por una parte musical mediocre OVIDIO GARCÍA PRADA BAYREUTH. Digamos de entrada que el aplauso más espontáneo, y más cordial por no solicitado, fue el iniciado por un espectador puesto en pie mirando hacia un palco trasero, donde estaba sentado, casi escondido, Plácido Domingo, para presenciar el tercer acto. No pocos de los presentes, incluido el autor de estas líneas, habían evocado con nostalgia durante el primer acto aquella velada del año 2000, al estrenarse el anterior montaje, cuando Plácido Domingo y Waltraud Meier encarnaron una electrizante pareja de welsungos, Siegmund y Sieglinde. ¡Qué penoso y simultáneamente gratificante resulta a veces refugiarse en el recuerdo! La Walkyria segunda parte de El Anillo del Nibelungo es la más popular de la tetralogía y la que contiene algunos de los pasajes vocales y orquestales más conocidos de las creaciones musicales wagnerianas. Eso hace simultáneamente tan vulnerable su representación. Fallan un par de cantantes principales o se desconcentra el director y la obra va a pique aterrizando como ave de corral. Desgraciadamente, algo de eso sucedió en la tarde del jueves en la sala de Bayreuth. La propuesta se instaló tempranamente en un nivel mediocre y, por momentos, canoralmente incluso por debajo de la línea de flotación. La recuperación escénico- musical del tercer acto arregló parcialmente las cuentas. Como en Bayreuth parece tener el ave fénix su nido y el optimismo es aquí una virtud cardinal, cobró nuevo aliento la esperanza. Un novicio octogenario Desde el punto de vista escénico, esta segunda parte del ciclo de El Anillo más humana, es menos problemática, incluso para un novicio octogenario, como es el dramaturgo Tankred Dorst, el cual, hasta el presente, sólo había escenificado sus propias obras, por aquello de que así evitaba las fricciones con el director de escena. Hay tres decorados, uno por acto. Primero: un alto salón blanco, similar al del anterior montaje, simplemente con lienzos murales de corte clásico. El tronco del fresno caído fue sustituido por el trozo superior de un poste de electricidad quebrado, que al caer abrió un boquete en el muro. Segundo: un mar de nubes con un roquedo descollante y unas siluetas de estatuas amontonadas en trasfondo, restos de la prematura ruina de Walhall. Y, tercero: una cantera blanca de Carrara, con una hendidura en el fondo, que permitirá realizar un efecto luminotécnico espectacular durante la coda final. En resumen, bellos decorados y un vestuario convencional, y apenas existente direc- Falk Struckmann y Linda Watson, en una escena de La Walkyria ción actorial: Dorst aporta ideas, pero pocas indicaciones concretas. La parte musical cumplió sólo parcialmente las grandes expectativas abiertas en la velada anterior. La obra comenzó cojeando. En el primer acto, uno de los más idílicos escritos por Wagner, hay en escena sólo tres cantantes. Si uno de los dos protagonistas falla, el acto va a pique. Aquí falló casi todo, menos la triunfadora de la velada, la debutante joven soprano canadiense A. Pieczonka (Sieglinde) salvándose el coreano Kwang Chul Youn (Hunding) La inclusión de E. Wottrich, en su día un David muy aceptable en Los Maestros Canto- AP res fue luego un Parsifal deficiente y ahora un fiasco total como Siegmund. Con voz engolada de emisión forzada y estrecha, opaca hasta la exageración, lo mejor de su Siegmund fue su acertado aspecto de semidiós salvaje. Hasta Thielemann en el foso parecía perder la línea del día anterior. Imprimió más patetismo, pero con desigual tensión. Se restableció cierto equilibrio en un meritorio tercer acto, con una emotiva despedida de Brünnhilde (grata sorpresa L. Watson, pese a estridencias en los agudos) y Wotan (F. Struckmann) aunque por entonces éste mostraba ya claros síntomas de fatiga vocal. Lecciones de historia y de arte en Verona JULIO BRAVO ENVIADO ESPECIAL VERONA. Cuando dejaron de taconear los bailarines sobre el escenario, empezó a hacerlo el público sobre la grada del teatro romano de Verona. Era la manera de premiar el esfuerzo y la calidad de la compañía de Antonio Gades, que volvía a esta localidad italiana un año después de presentarse en sociedad en el mismo lugar con Carmen Y es que la ciudad que cobijó los amores de Romeo y Julieta sigue enamorada de Antonio Gades. Fue la primera plaza que quiso acoger a la nueva compañía creada tras su muerte y le ha permanecido fiel este año. A cambio, el conjunto le ha regalado el estreno internacional de su nuevo trabajo, compuesto por dos históricas coreografías del artista desaparecido: Bodas de sangre de 1974, para muchos su obra más importante, y Suite flamenca un trabajo que no se reponía desde hace más de veinticinco años. Resulta asombroso ver cómo resisten el paso del tiempo las coreografías de Antonio Gades. Bodas de sangre Stella Araúzo y Adrián Gala, en un dramático dúo de Bodas de sangre -acogida con cierta frialdad por el público veronés- sigue siendo una de las más grandes piezas de la historia de la danza española y mantiene íntegros su latido y su magnetismo. La tragedia de Lorca (un poeta que utilizó las palabras) encontró en Gades (un bailarín que utilizó los gestos y los movimientos) a su mejor intérprete, y escenas como el pasodoble de la boda o la angustiosa lucha final en silencio y a cámara lenta la convierten en única. Por su parte, la Suite flamenca -toda una novedad para varias genera- ciones- -sorprende por su contemporaneidad y su frescura. El flamenco ha cambiado mucho, muchísimo, desde que Gades la concibiera- -el vestuario, respetado casi íntegramente, delata la edad de la coreografía- pero está en ella todo el rigor y la sabiduría escénica que le sabía otorgar a sus trabajos. La profundidad, la hondura, la disciplina que hay en esta obra son extraordinarias. No hay lugar para el exceso, todo está medido, y eso, que para algunos es pecado en el flamenco, se convierte aquí en virtud, porque se borra de un plumazo lo superfluo y el baile de verdad se convierte en el protagonista absoluto. Suite flamenca es (también Bodas de sangre una lección de historia, pero también de arte. La brindan Stella Araúzo (a la que hay que aplaudir con entusiasmo por el trabajo realizado con la compañía) y Adrián Galia, que tiene ante sí la difícil tarea de sustituir a Gades, y que mantiene la categoría y la clase que han caracterizado siempre su baile. Hay, claro, al final, tiempo para la bulla y ahí destaca el gracejo y la personalidad del cantaor Enrique Pantoja, ejemplo de un conjunto que crece a pasos agigantados en cada representación.