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ABC SÁBADO 29 7 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA UN BIEN DE ESTADO N LA VIDA EN LLAMAS AS penas arden en el pecho con llamaradas más profundas que las del sol de mediodía Así concluye uno de los poemas más hermosos de La vida en llamas (Visor) el último libro de Luis Alberto de Cuenca, que vuelve a explorar esos continentes sumergidos, atlántidas de secreto dolor, donde se refugia herida la belleza, un tema que nuestro poeta ya había merodeado en anteriores entregas. Luis Alberto de Cuenca no gusta de los desgarros jeremíacos; pero bajo la fachada aparentemente risueña de sus versos se desliza, como un oro sombrío, una brisa de sufrimiento y desolación, el aleteo de una pesadilla que nos lanza su arañazo, para después recogerse en la guarida de un humor estoico y mordaz a partes iguales. La poesía de Luis Alberto de Cuenca presenta una superficie apacible como un estanque; pero basta asomarse a sus aguas para descubrir que esconde reflujos y mareas altas, tempestaJUAN MANUEL des y arrecifes pavorosos, faunas abiDE PRADA sales y carnívoras que muerden sin piedad, antes de entregar el tesoro que custodian. Como esos bajorrelieves asirios que el poeta celebra en otro pasaje del libro, los poemas de Luis Alberto de Cuenca esconden un tumulto de pasiones terribles, crudelísimas, un hervor de sangre y de miedo que se aplaca en la medida exacta de cada verso. La vida en llamas semeja a simple vista una estancia de pacífica felicidad hogareña; pero basta girar el picaporte de su puerta para que el lector se halle al borde del cráter, fatalmente invocado por su magma, fatalmente atraído por la pujanza del abismo candente que se abre a sus pies. El poeta sabe que la literatura es la llave que nos abre la puerta del consuelo, la única barricada posible contra el miedo de ahí fuera Y se esfuerza por hacernos la estancia lo más grata posible, exorcizando la angustia con poemas por los que deambulan los espectros benéficos de la bibliofilia, los héroes que van a la muerte como quien va a una cita de amor o de amis- L tad los cantares de gesta, las mujeres fatales del cine, que con una simple caída de pestañas repueblen el desierto del Gobi y prenden fuego a la selva del Amazonas. Las criaturas que pueblan La vida en llamas parecen revolcarse sobre un lecho de ortigas y vidrios rotos: se quieren con voluptuosidad y espanto, con un júbilo encarnizado y caníbal, como si necesitaran destruirse para sentirse vivas; se entregan a ensoñaciones tétricas y a oraciones feroces; se intercambian caricias y dentelladas, como si quisieran probar la recóndita verdad de aquella frase de Baudelaire: El amor es un crimen en que tienes que contar por lo menos con un cómplice Pero, tras la travesía por los páramos del dolor, atisban allá al fondo, refugiado en un valle, un jardín donde aún es posible recogerse, para lamerse mutuamente las heridas. Luis Alberto de Cuenca, que entre bromas y veras nos ha llevado de la mano por esos infiernos subterráneos que abrasan el corazón del hombre, conduce su libro hacia un desenlace donde el incendio se aquieta y hace rescoldo, para cobijarse en el corazón de la amada. En los últimos poemas de La vida en llamas vuelve a mostrarse la acendrada veta amatoria del poeta, y también su afilada y saludable ironía, como en esa joya titulada Political incorrectness Sé buena, dime cosas incorrectas desde el punto de vista político. Un ejemplo: que eres rubia. Otro ejemplo: que Occidente no te parece un monstruo de barbarie dedicado a la sórdida tarea de cargarse el planeta. Otro: que el multi- culturalismo es un nuevo fascismo, sólo que más hortera Dime cosas que lleven a la hoguera directamente, dime atrocidades que cuestionen verdades absolutas como: No creo en la igualdad O dime cosas terribles como que me quieres a pesar de que no soy de tu sexo, que me quieres del todo, con locura, para siempre, como querían antes las hembras de la Tierra Como querían y seguirían queriendo si las dejaran, Luis Alberto. Pero la basura cósmica del feminismo ha apagado su fuego. O hace mucho tiempo un ministro alemán, en la época de Schröder, se vio obligado a dimitir por haber aprovechado para un viaje personal los puntos de regalo de una compañía aérea, que había obtenido acumulando vuelos oficiales. Tan estrecha rigidez en la separación de las esferas pública y privada de los altos cargos es propia de las democracias de origen luterano, que a veces rayan en el exceso de celo, pero se basan en el principio del respeto al esfuerzo del contribuyente. Si hay que elegir, unoprefiere esequisquilloso puritanismo a la dispendiosa flexibilidad con que en España se entiende el privilegio de pertenecer a la clase política. Entre el caso del ministro germano acorralado IGNACIO por un ingenuo y remoto CAMACHO abuso, y el del desahogado recurso de Zapatero a un Falcon de la Fuerza Aérea para llevar a sus hijas a Londres en viaje de estudios, media todo un abismo de mentalidades a la hora de concebir al político como un servidor público o como un bien de Estado. La democracia tiene más calidad cuanto más intensa es la preocupación moral por la ejemplaridad como valor colectivo. A la hora de manejar el dinero de los ciudadanos, la austeridad no sólo constituye un principio pragmático, sino una obligación simbólica de la que el gobernante tiene que dar ejemplo. En España, sin embargo, se trata de un concepto ausente de la vida pública. Cualquier director general autonómico o concejal mediano se desplaza en coche oficial con chófer, tiene una corte de asesores, y dispone de una tarjeta dorada de crédito. Cada cual piensa que ese gasto que genera es el chocolate del loro una gota en medio del océano presupuestario, pero la realidad es un derroche expansivo, poroso y permeable, con cuya suma se podrían financiar numerosos servicios, más urgentes para la comunidad que el confort de sus gestores. Nuestros políticos tienen un concepto tan generoso de sí mismos que se consideran sujetos de toda clase de privilegiadas atenciones y lujos, en vez de meros depositarios de una función de administración de caudales ajenos. Así, el presidente cierra piscinas para uso familiar, toma un avión del Ejército para llevar a sus hijas, o desplaza a su residencia vacacional de Lanzarote una aparatosa, imperial brigada de ayudantes y cocineros. Todo ello con un desenvuelto sentido de la normalidad que contrasta con el sufrido traslado veraniego de cualquier familia media. En una democracia sajona- -durante años, el premier británico John Major, líder de una potencia nuclear, veraneó de forma austerísima en una casa castellana, con un séquito infinitamente más escaso- el episodio del Falcon constituiría un escándalo. Como el que aquí tuvimos, por cierto, con el muy parecido incidente del célebre Mystère de Alfonso Guerra en Faro, en época más exigente con el doble rasero de la opinión pública. Porque no se trata del dispendio en sí mismo, ni de su ajuste a norma, sino de un problema de pura sensibilidad respecto a las condiciones de vida de aquéllos a quienes, teóricamente, se sirve y representa en el cargo.