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ABC VIERNES 28 7 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA VA A SER QUE NO Ni vivimos del pasado ni damos cuerda al recuerdo (Gabriel Celaya) N OTROS OCHENTA Y DOS ABIDO es que, en el sistema penal español, el segundo crimen es gratis. No digamos el tercero o el cuarto. O, como en el caso de García Gaztelu, el quinto o el sexto. A partir del primer asesinato, uno puede ir acumulando ridículas condenas de miles de años; en la mayoría de los casos, no le va a suponer ni un día más de cárcel. Cuando llegue el día V, el día de la vergüenza, el juez y el político tirarán de rebajas y cinco mil años se transformarán en quince, que es lo que ha estado a punto de pasar con aquel francés que, después de haber asesinado a niñas y hombres en Zaragoza, quería masacrar el centro de Sevilla. Descartada, afortunadamente, la pena de muerte, nuestro ordenamiento jurídico, nuestras leyes, no se atrevieron a contemplar la cadena perpetua como sí la contemplan democracias mucho más serenas y arraigadas que la nuestra: la francesa y la británica, sin ir más leCARLOS jos. La cadena perpetua- -a la que HERRERA quienes somos partidarios la entendemos como un argumento revocable- -nos permitiría mantener en la prisión a aquellos terroristas, por ejemplo, que no han contemplado el más mínimo arrepentimiento de sus crímenes. No habría que estar haciendo permanentes piruetas para sujetar entre barrotes a tipos como Parot. No habría que languidecer de melancolía asistiendo a los desplantes de un Txapote sabedor de que no tiene trascendencia alguna el juicio de turno al que está sometido. Txapote volvería a prisión, sabiendo que nunca más saldría de ella sin antes haber revisado su propia conducta. García Gaztelu fue, entre otras cosas, el ocurrente terrorista que organizó el envío de un paquete bomba- -camuflado en una caja de puros- -al director y conductor del programa Buenos Días que se emitía desde RNE en Sevilla, allá por el año 2000. Quien recibió y abrió aquel artefacto- -que, de todos es sabido, no estalló y no pulverizó literalmen- S te a su imprudente, pero afortunado, receptor- -es consciente de ser una simple muesca, una anécdota menor en el historial criminal del desafiante etarra; pero aun sin albergar enfermizos deseos de venganza ni rescoldos de rencor sobreactuados, considera que la justicia no puede permitirse el lujo de ser condescendiente, ni ahora ni nunca, con semejante tipo. Ni la justicia ni la política. ¿Que qué me hace pensar que algo pueda aligerar la condena de un asesino así? Precisamente la política, la política tramposa, mentirosa, interesada. Que el ministro de Justicia, López Aguilar, haya diferenciado someramente a los psicópatas irrecuperables tipo Txapote de los que pueden ser reinsertados en la sociedad hace que salten determinadas alarmas adormiladas por la contundencia de los tribunales. ¿Quién sería recuperable para la sociedad siguiendo el criterio López Aguilar ¿Considera el ministro, vocero del Gobierno y de su presidente, menos psicópatas al par de terroristas que acumularon información para que otros asesinaran al presidente del PP en Aragón, por ejemplo? ¿Qué tipo de sapos nos anuncian los políticos con este tipo de declaraciones? Hoy mismo, Txapote está en su celda absolutamente convencido de que los suyos lo van a sacar y de que, antes o después, una negociación le pondrá en la calle con una pensión del Estado y una placa en su casa natal. El negociador debe saber- -lo sabe, supongo- -que ése será el sapo que jamás tragaremos. Jamás. Sé que no pocos estetas de la progresía estarán ahora mismo pidiendo las sales y administrándose antihistamínicos para apaciguar el soponcio que les supone leer que alguien pida la cadena perpetua para un asesino múltiple. No es nada: eso se calma con un par de editoriales del diario independiente de la mañana y con algún que otro aforismo de Jueces para la Demagogia Mientras tanto, a García Gaztelu le acaban de caer otros ochenta y dos. Se los deseo, calmos y lentos. Lo siento. O ha sido la oposición frontal del PP, ni las críticas de la prensa, ni siquiera el rigor de las advertencias de reputados historiadores de variado espectro político, lo que ha forzado al Gobierno a recular en sus intenciones distorsionadoras y bajar el diapasón de la discordia en el innecesario proyecto de ley sobre unafantasmal Memoria Histórica obligatoria y sesgada. No. Ha sido la falta de respuesta de la sociedad civil española, desinteresada ante una propuesta estéril que desvía la mirada del Estado hacia un pasado del que nadie se quiere sentir heredero y, menos aún, rehén. Han sido las IGNACIO encuestas, el desierto deCAMACHO moscópico de una opinión pública vuelta de espaldas a la idea de resucitar nuestros viejos demonios, lo que ha frenado, al menos de momento, ese sectario intento de reescribir la Historia sobre renglonestorcidos por el partidismo, la desavenencia y un trasnochado rencor retroactivo. Ha sido la indiferencia de una nación joven, orgullosa y dinámica, poco dispuesta a establecer su identidad moderna y desacomplejada sobre los cimientos de una torpe desavenencia superada e infecunda. Gatillazo, pues. Simplemente, la gente ha dicho que no. Que pasa de pelearse a muertazos sobre elsolar de unatragedia enterrada. Que la sangre llama a la sangre y el agravio al agravio. Que la memoria de cada cual corre por la médula íntima de sus sentimientos, y que no están los tiempos, tan difíciles, tan sombríos, para ponerse a mirar atrás en busca de razones con las que desempolvar el odio. Como si no tuviésemos ya bastantes motivos en el presente para librar a cara de perro el debate sobre lo que somos y lo que deseamos ser. Que bien está honrar la memoria de los caídos, restablecer la dignidad pisoteada de algunos españoles orillados por el destino trágico de un siglo de desdichas y permitir a los que lo deseen encontrar las raíces de sus familias perdidas en la guerra, pero sin empeñar en ello la energía colectiva que este país necesitapara reconstruirse hacia el futuro. Y que tenemos que avanzar, como escribió José Hierro, arrojando cenizas, sombra, olvido, palabras polvorientas que entristecen lo limpio Los españoles no están dispuestos a reabrir la herida que tanto ha costado cicatrizar. No, al menos, para echar en ella el vinagre de la división y la cizaña. Y el Gobierno, que lleva casi dos años empeñado en ganar una guerra perdida con setenta años de retraso, buscando en la memoria del dolor la manera de reavivar el fuego de la discordia, ha tenido que sofocar- -de momento, porque quizá lo vuelva a intentar- -su propio incendio y echarles agua a las brasas del rencor retrospectivo. Parece absurdo, pero es menester resaltar la obviedad. La guerra ha terminado. Franco ha muerto. España es una democracia. Y ahora, por favor, ¿alguien tiene una idea, un proyecto, un plan para encarar el futuro de una vez?