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64 Cultura JUEVES 27 7 2006 ABC POPULAR Veranos de la Villa Concierto de Cesaria Evora. Lugar: Cuartel del Conde Duque. Fecha: 25- 07- 06 REINA DE LA MORNA LUIS MARTÍN sta gran dama de la canción criolla caboverdiana ha estado de médicos en los dos últimos años y, quizás por eso, su regreso a Madrid, ya completamente recuperada de los achaques que le hicieron suspender una gira de 40 conciertos en Europa, despertaba un interés apriorístico muy notable entre el personal. Aforo a rebosar y una cobertura informativa digna de cualquier supernova del rock and roll Para que luego se diga que somos una comunidad con escaso interés por el exotismo. Cesaria Evora ha vuelto a introducirnos en uno de los subgéneros más híbridos de la música de las islas de Cabo Verde, toda una institución sonora de aliento criollo llamada morna; una especie de fado africano que, cuando corre, cobra sonoridad de coladera y tiñe gran parte de su decir con los alegres colores de algunas músicas tradicionales brasileñas. Y, ahormándolo todo, unos textos breves y emocionados que Cesaria canta para destapar la cotidianeidad en la que viven las gentes de aquellas islas africanas. Cesaria Evora trae consigo un nuevo equipaje de canciones que retoma el elevado nivel de aquel primer repertorio con el que, hace quince años, los franceses la descubrieron poniéndola en circulación para el consumo continental. Gran parte de estas piezas, incluidas en el álbum Rogamar fueron ofrecidas en el primer tramo del concierto. Después, las visitas esporádicas a la historia vivida se hicieron recurrentes. Y muy deseadas por los asistentes que llamaban a rebato cada vez que Cesaria con su nueva voz, máslimpia- que- nunca, entonaba títulos como Sodade Petit pays Angola o, ya en los bises, el estándar de Consuelo Velásquez Bésame mucho En el momento actual, la formación con la que Cesaria Evora se dedica a difundir este legado musical es más abundante que en anteriores ocasiones. Tiene en el saxo de Domingo Antonio Gomes Fernández a uno de sus mejores valedores, pero empujan en idéntica dirección las percusiones y el piano de Fernando José Andrade. Y unos arreglos tan sólidos como imaginativos que hacen que todo suene en su punto. Es posible que esté meditado, no lo sé bien, pero a mí me sigue sorprendiendo la ceremonia del pequeño descanso que Cesaria se regala, sentada a una mesa, para fumar un cigarrillo en la escena. Mientras tanto, por supuesto, la orquesta continúa con su trabajo. E Wolfgang Wagner, acompañado por su esposa, Gudrun, y su hija Katharina, a su llegada al teatro el día de la inauguración REUTERS El festival de Bayreuth echa a andar, rodeado de un ola de calor y con su tradicional desfile de vanidades. Levanta el telón con la reposición de un montaje de Claus Guth, una producción que se aventuraba caduca antes de fecha Un Holandés salvado in extremis TEXTO: OVIDIO GARCÍA PRADA FOTO: REUTERS BAYREUTH. En medio de una sofocante ola de calor bochornoso, especialmente agobiante en el interior de la sala, que hacía sudar a raudales al público asistente a la representación de El holandés errante se inauguró el martes el festival Richard Wagner. Previamente, había tenido lugar el tradicional desfile de vanidades, un cortejo festivo de personajes de la vida pública recibidos uno a uno por Wolfgang Wagner, el casi nonagenario director del festival y nieto del compositor. A los invitados de honor más prominentes se les deparó posteriormente el privilegio adicional de tener esperándoles ante la puerta real sus regias limusinas refrigeradas, como en pretéritos tiempos aristocráticos, para trasladarles a la recepción oficial en el Nuevo Palacio. En tales jornadas calurosas resulta doblemente enojosa la espartana sala del festival: sin aire acondicionado, apretadas hileras corridas de hasta 60 estrechos asientos de madera y casi dos mil personas generando aún más calor y displicentes sudores durante dos horas y media de dura inmovilidad sedentaria. El público internacional lo asume con automortificante mansedumbre e incluso se pega por las entradas. También esto conforma el mito de Bayreuth. Otro aspecto legendario, y positivo, del festival es el taller de Bayreuth en el cual, durante el quinquenio de su vigencia, son rectificadas todas las producciones. El director escénico Claus Guth pudo respirar tranquilo. Por primera vez no escuchó muestras de desagrado, entreveradas en el aplauso y parcial benevolencia de la crítica especializada. Se afianzó la impresión general de que su versión escénica no va a contrapelo de la música. Que no es poco, dados los vientos que soplan. Guth, en efecto, plasma la saga del Holandés errante como un acongojante psicodrama plagado de referencias y guiños psicoanalíticos. Cerebral y fría La historia sería simplemente el sueño o alucinación de la joven (Senta) de la que abusó su padre (Daland) que se refugia proyectando su trauma infantil en la figura de un amor imposible (Holandés) Para no dejar resquicio a la duda, Guth y su escenógrafo (Chr. hacen deambular por la escena a una niña vestidita de marinero; una misma gesticulación y vestimenta identifican a las figuras del padre y del misterioso marino como las dos caras del mismo personaje objeto de su complejo freudiano. Todo ello en un único escenario ambientado en la época bie- El resultado musical del Holandés errante fue una ambigua sensación de desazón de trabajo marchito dermeier: un salón cóncavo dividido diagonalmente en dos por una gran escalera. La parte superior u onírica, o sea el mundo del Holandés, es el reflejo simétrico de la inferior o real. La escena está poblada de marineros, pero sin mar y sin barcos, presentes sólo en cuadros o maquetas. Y todo ello esbozado de una manera muy esquemática, muy cerebral y muy fría, subrayada por una ingeniosa luminotecnia y proyecciones de vídeo. Para colmo de males, el foso y unas prestaciones vocales, que rondaban peligrosamente el nivel de lo mediocre, tampoco aportaban el ímpetu y fogosidad juvenil connatural de esta primera obra canónica wagneriana. El resultado fue entonces una ambigua sensación de desazón de trabajo marchito. Por suerte, el sofoco reinante ahora no potenció aquella impresión de languidez musical y arbitrariedad escénica. Al contrario, observamos una batuta de Marc Albrecht más dinámica, un retornado John Tomlinson (Erik) mejor dispuesto sin ser excelente, un Alfons Ebertz (Erik) más entonado y una A. Dugger (Senta) más centrada en su parte, así como a J. Ryhänen (Daland) y al brillante N. Ernst (Piloto) a su habitual nivel. Sumado todo ello a un flujo escénico ahora más preciso y transparente y a un coro definitivamente instalado y merecidamente el más aplaudido, quedó salvada, casi in extremis una producción que se aventuraba caduca antes de fecha.