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ABC JUEVES 27 7 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA PERFORMANCE C SEIS CONDICIONES PARA LA PAZ D ESDE 1993 se conocen las condiciones para un acuerdo de paz. Se han fijado en sucesivas negociaciones, en Oslo, Ginebra, Washington, Taba... Las condiciones son seis: 1, reconocimiento del Estado de Israel; 2, creación del nuevo Estado palestino; 3, reconocimiento de fronteras por las partes con garantía de la comunidad internacional; 4, derecho de retorno de una parte de los refugiados palestinos; 5, capitalidad doble de Jerusalén, con la zona este como capital del nuevo estado; y 6, renuncia a las acciones de fuerza. El proyecto se acompaña de diversos acuerdos secundarios, en modo alguno menores, desde la gestión del agua a la compra de armas. La paz, rozada con los dedos en tres ocasiones, se vuelve a esfumar. Que ese plan no se haya hecho realidad es uno de los grandes fracasos de la comunidad internacional. Hay que acudir a la emergencia, sí: e intentar al mismo tiempo el acuerDARÍO do definitivo. Rusia tiene interés por VALCÁRCEL volver como actor mayor a la política internacional. Sin su mediación será difícil alinear a Irán y Siria. Hay regímenes (no pueblos) que prefieren morir en el empeño. Pero un amigo puede convencerles de la utilidad de pactar. El incendio localizado hoy en Líbano trae una y otra vez a la memoria al archiduque austríaco asesinado en Sarajevo y el contagio bélico de 1914. Condoleezza Rice no está dispuesta a intervenir en negociaciones que dejen a Hezbolá en su estatus anterior en Líbano, listo para disparar contra Israel. La actual Casa Blanca ha comprendido que el mundo es demasiado complejo para no regresar a una cierta multilateralidad. La resolución 242 del Consejo de Seguridad, sobre retirada de los territorios ocupados, y la 338, sobre fronteras, existen desde 1967. Como existen la 425, sobre el deber de Líbano de controlar su territorio, y la 1.159, sobre desarme de Hezbolá. El antiguo jefe de la diplomacia de la Casa Blanca, Zbigniew Brzezinski, habla con una libertad que no tiene la secretaria de Estado. Estados Unidos ha tenido que aprender en Irak, escribe Brzezinski; la sola fuerza no sirve para imponer soluciones en Oriente Próximo. También Israel ha aprendido. Inesperadamente Ehud Olmert, primer ministro israelí, admitía el domingo un contingente de interposición de la OTAN al sur de Líbano. La derecha dura israelí siempre se ha resistido a la internacionalización de los conflictos, con los palestinos u otros árabes. El domingo se produjo un giro mayor, el primero en 58 años. Desde Argelia a Cachemira, el mundo islámico es un reguero de keroseno, perfectamente inflamable. Cogidos entre dos fuegos, ajenos al conflicto, han muerto casi 500 libaneses, además de 50 israelíes. Israel había sido bombardeado primero desde Gaza, luego desde el norte por Hezbolá. Tenía razón. Pero hoy está a punto de perderla. El secretario general de Naciones Unidas ha hablado de uso excesivo de la fuerza. Brzezinski cree la reacción de Israel contraproducente y moralmente injustificable. Las alusiones a la moral ¿son extemporáneas? No, en ninguna circunstancia. El alto mando militar israelí, en parte anónimo, se vuelca en el castigo. El Gobierno lo sabe tarde. La ministra británica de Asuntos Exteriores, Margaret Beckett, entraba el viernes en el debate: Una invasión del sur de Líbano sería sumamente peligrosa: un error de cálculo podría tener efectos trágicos. Estoy profundamente alarmada Otro dato: la UE no admitirá, así lo acaba de acordar, el juego de Hezbolá. La UE cree que Irán será responsable también si Hezbolá no se desarma. Esa responsabilidad podrá acarrear una respuesta militar. Mientras tanto, repitamos las encuestas de mayo: el 45 por ciento de los israelíes se pronuncian por la negociación con Hamás; el 34 por ciento, contra; el 21 por ciento no contestan. El road map ha de salir de la parálisis (y a propósito, ¿por qué no evitar ese pedantesco barbarismo, servil y ridículo, hoja de ruta, cuando la lengua castellana cuenta con el monosílabo guión? ONOCÍ a un escultor granadino que realizó una estructura de metal para una plaza, y un día vio cómo los empleados de la limpieza pública se la llevaban para entregarla al chatarrero. El artista se cabreó y puso el grito en el cielo ignorando que aquellos trabajadores eran con toda probabilidad expertos en arte deconstructivo, y practicaban a rajatabla el principio de que la materia no se crea ni se destruye, sino que simplemente se transforma. Tampoco tenía en cuenta al airado escultor que, si uno pretende que una obra de arte se distinga de un trozo de chatarra, conviene procurar que a simple vista queden claras las diferencias. A Richard Serra, gurú internacional de la escultura metálica abstracta, le practicaron en el Museo Reina Sofía una perIGNACIO formance de abstracción CAMACHO pura: simplemente le hicieron desaparecer una obra en el más absoluto vacío. Los periodistas, que no entendemos de arte moderno, dijimos que la habían perdido, incapaces de asimilar los conceptos más avanzados de la vanguardia y aferrados a la más rancia lógica tradicional de los espacios y las formas. En realidad se trataba de un prodigioso ejercicio de conceptualismo para demostrar la condición metafísicamente fronteriza entre la materia y la nada. Y la cosa tenía mucho mérito porque la escultura en cuestión era una estructura de acero con un peso de 38 toneladas. Como el arte contemporáneo está condenado a la incomprensión de las masas, prevaleció la idea de la desaparición, y el museo, incapaz después de tanto tiempo de devolver la pieza a su estado corpóreo- -la Policía, tan prosaica, ha llegado a excavar en un almacén- se ha visto obligado a reponerla mediante el vulgar expediente de una copia. Generoso y espiritualista, Serra ha rechazado cobrar de nuevo sus cotizadísimos honorarios con tal de que su creación resplandezca otra vez en su prístina condición material, pero el sector metalúrgico no trabaja gratis, y menos después de la reconversión de la siderurgia. De modo que el proceso de rematerialización de la obra va a costar 83.500 euros, casi quince millones de pesetas, que naturalmente aportarán a escote los contribuyentes, aunque no sean aficionados al vanguardismo expresivo. Por ese precio se habría podido contratar una sesión prestidigitadora de David Copperfield, mago de nombre dickensiano experto en desapariciones de grandes objetos, que tiempo atrás alcanzó fama por esparcir sus polvos mágicos sobre la laureada piel de Claudia Schiffer. Reunidos solemnemente el Patronato del Museo y la Junta de Calificación del Ministerio de Cultura, los expertos han dado en concluir que, si eventualmente apareciese la pieza volatilizada, se consultaría con el autor cuál de las dos debe ser destruida para que se mantenga la condición original que requiere la singularidad del arte. Menos mal que esta gente tan sabia está en todo. Y se conoce que, en su alta dedicación al sofisticado universo del arte moderno, frecuentan poco el utilitarista y herrumbroso ámbito de las chatarrerías de la Corte.