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58 MARTES 25 7 2006 ABC FIRMAS EN ABC RAFAEL BARQUÍN DEPARTAMENTO DE ECONOMÍA APLICADA E HISTORIA ECONÓMICA. UNED- MADRID EL VOTO DE LOS INMIGRANTES Claro que la gente no vota por su pertenencia a un determinado grupo social, sino por valores e intereses. En general, los inmigrantes son conservadores. Tienen una elevada opinión de la familia y la religión... T ARDE o temprano, los inmigrantes adquirirán el derecho a participar en las elecciones generales. Unos como consecuencia de su naturalización como ciudadanos españoles por residencia continuada. Otros, quizás, con una posible reforma de la Constitución. Pero sea como fuere el proceso es imparable. ¿Qué consecuencias tendrá? En primer lugar habrá un aumento del censo electoral de aquellas circunscripciones que hayan acogido a más inmigrantes. En esas provincias se elegirá a más diputados, en detrimento de otras; y con independencia de que los inmigrantes voten o dejen de hacerlo. Así, es muy probable que Alicante, Murcia y Madrid (o Almería) ganen un escaño que perderán La Coruña, Córdoba y Vizcaya. Sobre la información de las pasadas elecciones esto significa que el PSOE perderá uno o dos escaños; los mismos que ganará el PP. Por tanto, y a socaire de lo que decida la caprichosa ley D Hont, es muy probable que el PP se vea beneficiado por el aumento del censo electoral. Es normal que los inmigrantes sientan cierto desapego hacia los asuntos públicos de los países en los que residen, lo que les lleva a no participar en las elecciones. Casi con toda seguridad en España sucederá lo mismo. Pero también es casi seguro que esa mayor abstención no se reparta de manera uniforme, pues no son un grupo homogéneo. Hay inmigrantes analfabetos; pero también los hay con formación universitaria. Hay inmigrantes que limpian parabrisas en los semáforos; pero son muchos los que cotizan a la Seguridad Social y tienen buenos salarios. La propensión a participar en las elecciones será mayor conforme lo sean el nivel formativo y la renta, dos variables que están relacionadas entre sí, y también con el voto a partidos situados a la derecha del espectro político. Dicho de otro modo: cuanto mayor sea la probabilidad de que un inmigrante vote, también lo será de que lo haga por el PP. Claro que la gente no vota por su per- tenencia a un determinado grupo social, sino por valores e intereses. En general, los inmigrantes son conservadores. Tienen una elevada opinión de la familia y la religión; y sienten un fuerte rechazo hacia, por ejemplo, el comunismo o la homosexualidad. Es muy difícil que se sientan cómodos con el mensaje electoral del PSOE e IU. Por otro lado, son muy sensibles al clima económico. Muchos trabajan en la construcción y serán los primeros en perder su empleo si, como parece, la política económica del Gobierno hace aguas. Para muchos votantes, españoles o no, en materia económica las elecciones se plantean entre un partido que ofrece servicios públicos y otro que ofrece crecimiento económico. Dado que en España la Sanidad y la Educación son universales, es probable que, ante la crisis que se avecina, los inmigrantes prefieran la Economía al Estado del Bienestar; es decir, el PP al PSOE. AGUSTÍN CEREZALES ESCRITOR VIAJE A COTILEDONIA UANDO Cristóbal Serra anduvo por Cotiledonia, allá en los años setenta del pasado siglo (véase su Viaje, Cuadernos Ínfimos, Tusquets editor, 1973) las virtudes y los vicios, las costumbres e instituciones de sus pobladores estaban tan profundamente arraigados que daba la impresión de que nada podría cambiar. La misma y admirable variedad, muchas veces contradictoria, otras complementaria, de aquel país de países contribuía a la sensación de que nunca Cotiledonia se vería precisada a rebasar sus propios límites, de que siempre, aun viviendo al borde de la extinción, seguiría borboteando el caldo en el puchero, sin llegar nunca a derramarse. Esta sensación que digo infundía un sentimiento ambivalente: la angustia de pensar que Cotiledonia nunca se superaría a sí misma en Cotile- C donia- -terminaba el libro melancólicamente- -actualmente rigen los que quieren ver ahogado todo conato de superación y a la vez el consuelo de saber que, aún a trancas y barrancas, siempre sería capaz Cotiledonia de cumplir el gran mandato, humilde pero dificilísimo, de seguir existiendo. He viajado este año a Cotiledonia, montado, como es preceptivo, en un borrico sin orejeras. Y he comprobado que, efectivamente, dejando apar- Por variopinto, el paisaje cotiledón entraña enseñanzas a las que, como buenos vecinos, no deberíamos renunciar te ciertos adelantos técnicos, ciertas comodidades y sus onerosos problemas consecuentes, marimondinos y bilibús, escotillones y apagones, dobeitas y oniritas siguen todos en sus trece, en sus catorce e incluso en sus quince, componiendo la misma, vieja, terrible y entrañable constelación de humanidades. Y lo que es más curioso: sigue ocurriendo lo mismo que entonces, acaba de ocurrir lo mismo que entonces acababa de ocurrir, poco más o menos, y tan reciente está la muerte del rey Prun y el lamentable acabamiento de su reino quimérico como, por ejemplo, las promulgaciones arbitrarias en cuanto a dieta alimenticia de los temibles apagones. Mas no debe creerse, con ello, que sea este país de países un reino de cartón piedra. Nada más lejos de la realidad. Creo, por el contrario, que su pálpito histórico es indudable, y que su visita, más allá de los placeres turísticos que sin duda entraña, debería formar parte, por su interés pedagógico, de los planes de estudio de nuestros educandos. Por exótico, por auténtico, por variopinto, el paisaje cotiledón entraña enseñanzas a las que, como buenos vecinos, no deberíamos renunciar. Este cuadro no quedaría completo sin hacer referencia a otros dos elementos. En primer lugar, la política lingüística de la Generalitat. Los inmigrantes latinoamericanos, que son la tercera parte de los residentes en Cataluña, sólo pueden sentir rechazo hacia un gobierno autonómico que les discrimina; no ya respecto a los catalanoparlantes, sino incluso respecto a otros inmigrantes. Claro que tampoco parece probable que estos últimos vean con simpatía esa política lingüística. Muchos de ellos sólo están en Cataluña temporalmente. En cualquier momento pueden instalarse en otra región, o regresar a sus países de origen (una perspectiva que, aunque no se realice, siempre está presente) Para esas personas cualquier inversión en el aprendizaje del catalán, o el mero hecho de que sus hijos lo aprendan, es una pérdida de tiempo. La política lingüística catalana es un enorme foco de rechazo hacia los partidos nacionalistas y, por tanto, hacia ERC, CIU y el PSC. El segundo elemento es el islam. Los musulmanes son una minoría sobre el conjunto de la inmigración; no más del 20 por ciento. Si votasen probablemente lo harían por el PSOE. Pero no por simpatía, sino por hostilidad o miedo hacia los valores cristianos y liberales que representa el PP. Y es que hay pocas cosas más contrarias al islam que el feminismo radical del zapaterismo por no hablar de su encendido laicismo. A falta de otra opción política, lo más probable es que la inmensa mayor parte de los musulmanes se abstengan. En definitiva, hay motivos sobrados para suponer que los inmigrantes que voten lo hagan por el PP antes que por el PSOE. Lo cual se corresponde con lo que ha venido sucediendo en las citas electorales a las que han sido convocados. Así, en las elecciones presidenciales argentinas de 2003, y en las peruanas de este año, los ciudadanos de esos países residentes en España votaron preferentemente a los candidatos de la derecha, López Murphy y Lourdes Flores. Por supuesto, tampoco se pueden equiparar los resultados de esas elecciones con el que tuviera lugar en España; pero señalan una dirección Esto no es un secreto para nadie. Por eso Esperanza Aguirre reclama al Gobierno que permita a los inmigrantes acudir a las urnas. Y por eso mismo, Zapatero, Maragall y De la Vega, tan progresistas como son, callan para no otorgar. Una posición que en este año republicano recuerda a la que 75 años atrás mantuvieron otros reputados líderes socialistas. Tanto Indalecio Prieto como Margarita Nelken y Victoria Kent (de Izquierda Republicana) se opusieron al sufragio femenino, pues reconocían en las mujeres un grupo hostil al ideario socialista- republicano. A pesar de todo, y gracias a la insistencia de Clara Campoamor, la República les concedió ese derecho. Esperemos que la historia se repita y que otro colectivo marginado, los inmigrantes, pueda votar más bien pronto que tarde.