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ABC MARTES 25 7 2006 Cultura 55 El público ha esperado (y desesperado) durante ocho o diez años hasta recibir las entradas, todas personalizadas kmann (Wotan) y Endrik Wottrich (Siegmund) El Ring (Anillo) es el plato fuerte del sempiterno menú del festival bayreuthiano, esperado tradicionalmente con gran expectación en los círculos musicales, sobre todo, wagnerianos. En esta ocasión, será indudablemente por partida doble el punto álgido del verano musical alemán y el mítico epicentro del wagnerismo mundial. El resto del programa, que anuncia un total de 30 representaciones hasta el 28 de agosto, incluye la reposición de otras tres óperas, rectificadas durante los meses pasados en el legendario taller de Bayreuth El festival arranca esta tarde con El holandés errante en medio del consabido revuelo mediático y la presencia de numerosos personajes de la vida pública y figuras de la alta sociedad pero sin novedades en el equipo escénico- musical, salvo la reincorporación en el papel principal de John Tomlinson, baja en la edición pasada por enfermedad. En Tristan e Isolda Peter Schneider sustituirá al nipón Eiji Oue, muy criticado el año pasado, designado entretanto como nuevo titular de la Orquesta Sinfónica de Barcelona. Y, seguramente, sólo por tercera y última vez, Parsifal en la muy abucheada versión estrambótica de Christoph Schlingensieff, con Adam Fischer en el foso como sustituto de Pierre Boulez, y Evelyn Herlitzius, la aplaudida Brünnhilde del anterior Ring como Kundry. Resta indicar que el público, entre el que se cuenta la canciller Angela Merkel, fiel adicta al festival, procede de 80 países y que, siguiendo los cauces normales, habrá esperado (y desesperado) durante ocho o diez años hasta recibir las entradas, todas ellas personalizadas. El precio máximo oficial de las más caras es de 208 euros. En la reventa (ilegal) se ofrecen hasta 2995. Stephen Gould y Gerhard Siegel, en un ensayo de Siegfried de Wagner AP El Anillo del Nibelungo se reinventa por decimotercera vez en Bayreuth El festival alemán arranca hoy con El holandés errante de Wagner b La edición de este año contará con la presencia de Tankred Dorst y Christian Thielemann, responsables de la nueva versión del ciclo de la tetralogía OVIDIO GARCÍA PRADA BAYREUTH. En el firmamento en expansion de los festivales musicales europeos de verano siguen descollando los dos de mayor tradición y antigüedad. Son, obviamente, los de Bayreuth y Salzburgo. En ambos es 2006 un año especial. Mientras Salzburgo conmemora el Año Mozart, en Bayreuth se mantendrá férreamente la tradición, siendo quizá en todo el mundo el único festival que no tenga ninguna obra mozartiana en cartel puesto que desde su fundación en 1876 se representan sólo y exclusivamente las 10 óperas canónicas wagnerianas. La etiqueta de especialidad la aporta la presentación de una nueva producción de la tetralogía de El Anillo del Nibelungo la obra maestra de Wagner. Será la decimotercera puesta en escena en los 130 años de historia del festival bayreuthiano. La firman los alemanes Tankred Dorst (dirección escénica) y Christian Thielemann (dirección musical) Tankred Dorst, dramaturgo, director de escena y cineasta, presentará su cuatripartito montaje, realizado casi al galope en el increíble lapso de dos años, al haberse retirado abatido el realizador cinematográfico danés Lars von Trier, por considerar que tamaña empresa superaba sus facultades. Toda una proeza, dada la premura temporal, máxime considerando que el superprestigiado autor, ya octogenario, debuta como director de escena operístico, nada menos que con la obra más larga, monumental, ambiciosa y difícil de todo el repertorio dramáticomusical. Se sabe ya que retornarán los dioses reinstalados en la escena, ambientada según parámetros actuales, como mitos y fenómenos de leyenda, con el propósito de reconciliar mito y modernidad. Aparte de Christian Thielemann, que ha dirigido ya el ciclo de la tetralogía en varias ocasiones cuando era director titular de la Deutsche Oper berlinesa, el elenco de intérpretes incluye también a 15 debutantes. En los papeles principales están, entre otros, los cantantes estadounidenses Stephen Gould (Siegfried) Linda Watson (Brünnhilde) y Adrianne Pieczonka (Sieglinde) y los alemanes Falk Struc- Barenboim al completo abre el Festival de Salzburgo JUAN ANTONIO LLORENTE SALZBURGO. Hace 41 años, Daniel Barenboim debutaba con la Filarmónica de Viena en este Festival, al que regresó dos veranos después con la misma orquesta, en ambos como pianista, junto a Zubin Mehta y Karl Böhm, respectivamente. Su primera aparición como director no tuvo lugar hasta 1990, también con la agrupación vienesa, con la que repitió en 1995. Han tenido que transcurrir 11 años para que Barenboim vuelva con la orquesta a su foro estival en calidad de instrumentista y director, abriendo esta nueva edición en una velada con carácter oficialista, repleta de aficionados y políticos. Entre es- tos últimos, el mandatario de la República, Heinz Fischer- un buen presidente comentaba mi vecina de asiento- y el ministro español de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. En el programa, Mozart abriendo y cerrando. Como aperitivo, la Sinfonía Haffner en perfecta compenetración entre Maestro y Filarmónicos; como cierre, el Concierto para piano KV 595 el mismo que, en marzo de 1791, interpretó Mozart en Viena en la que sería una de sus últimas apariciones. Sobriedad y elegancia en el artista argentino, especialmente en el segundo movimiento, en el que, con sentimiento, estricta técnica y escasa utilización de recursos, transportó a esferas supe- riores a un público entregado, al que, después de numerosas apariciones para recoger su testimonio en forma de aplausos, se vio obligado- -no sin antes disculparse ante la orquesta por el rasgo egoísta- -a ofrecer una intervención en solitario desde el teclado. La parte central del programa se reservó para el estreno mundial- -con más pena que gloria- -de una pieza para chelo, encargo del Festival al joven compositor Johannes Maria Staud (Innsbruck 1974) en la que, tras unas primeras notas a la manera mozartiana de fácil asimilación, Staud introduce una relación ambigua, entre duelo y diálogo, entre el violonchelo- -defendido por Heinrich Schiff- -y la carga de fuerza de seis percusionistas que preside el tono general de la obra, que levantó protestas entre una parte de los melómanos. Tal vez por no considerarla adecuada para rematar la oferta.