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40 Madrid OLA DE INSEGURIDAD LA DEGRADACIÓN URBANA MARTES 25 7 2006 ABC Dos individuos trapichean con la droga a plena luz del día cerca de Barceló (Viene de la página anterior) FOTOS: CHEMA BARROSO Toxicómanos en los jardines del arquitecto Ribera cho. Me da mucho miedo cómo se está poniendo la zona asegura Josefa. Lo peor- -dice José Luis, que vive en la misma calle de Barceló- -es que nos estamos acostumbrando a todo: a ver a los que trapichean, a ver a los drogadictos tirados en el suelo y en los jardines, a gente joven en coma etílico los fines de semana Nos está pareciendo normal mientras no se metan con uno. Eso es lo malo, que nos acostumbramos a estas escenas y terminan por formar parte de nuestra vida cotidiana A Rosario, empleada de una tienda, le da miedo caminar por los jardines del Arquitecto Ribera. Los que venden droga te miran de muy mala manera. Yo procuro no pasar mucho aunque tenga que dar más vuelta. Policía vemos poca. No hay casi vigilancia En la plaza de la Luna la marginalidad no ha desaparecido. La Policía logra persuadir a mendigos, prostitutas y drogadictos de acercarse, pero pocos se han ido para no volver. Mientras esperan a que se vayan los agentes, las calles de los alrededores se han convertido en su nuevo hogar En cuanto la Policía desaparece, vuelven los yonquis y los mendigos TEXTO: CRISTINA ALONSO No se le cae la cara de vergüenza Esther, dueña de la peluquería Manclayi en la calle de Larra, opina que la zona es tranquila de día y entre semana. Los fines de semana esto se pone llenito de niños y niñas con comas etílicos, vomitonas y borracheras, cuando no drogados. Es una pena El regente del quiosco de la ONCE en la calle de Barceló, coincide en que lo peor son los fines de semana y las noches. De día, la cosa está más tranquila No muy lejos de Barceló está la Gran Vía, otra de las zonas calientes de la delincuencia en el centro de Madrid. Desde allí, su asociación de empresarios se queja de la inseguridad y se pregunta cómo no se le cae la cara de vergüenza a nadie del Gobierno central por los índices de inseguridad que se están alcanzando. Piden reformas en el Código Penal y el endurecimiento de las penas. MADRID. Aunque pudiera parecerlo, no se han ido. Mientras una pareja de policías vigila la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, dos prostitutas, dos yonkis y un mendigo acechan en una esquina de la calle del Desengaño a las tres de la tarde. Mascando chicle y pidiendo cigarros, observan detenidamente a los agentes, esperando que se vayan para volver, como cada día, a ocupar un recinto que les pertenece desde hace muchos años. Tantos que ya no me acuerdo, pero más de veinte sí, cuando yo vine a vivir aquí en los ochenta esto ya era un estercolero Jacinto, vecino de la calle de la Luna, afirma que en cuanto la policía desaparece, todo vuelve a ser como siempre prostitución, mucha droga y alcohol. Si los ciudadanos quieren seguridad se la vamos a dar El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz- Gallardón, se reunirá el próximo viernes con los vecinos del entorno de la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, conocida como plaza de la Luna. La plataforma vecinal, que ha denunciado en varias ocasiones la degradación de la zona, llevaba un mes esperando respuesta del Ayuntamiento a su petición de debatir sobre la inseguridad ciudadana con los responsables municipales. Ruiz- Gallardón se ha comprometido a incrementar el diálogo con los vecinos y el Gobierno para mejorar la seguridad de la capital. Si los ciudadanos quieren seguridad se la vamos a dar manifestó el alcalde. Conquistando nuevas calles Y ahora encima se están extendiendo por todas las calles de alrededor que no puedes ni pasar porque da miedo confiesa en voz muy baja una vecina. Aunque la vigilancia se ha intensificado- -aseguran muchos- -desde que hace un mes una mujer ucraniana muriera tras recibir catorce puñaladas, poco ha cambiado en la conocida como plaza de la Luna, a escasos cincuenta metros de la Gran Vía, en su trastienda. En una plaza concebida como parque infantil, ningún niño se desliza por el tobogán ni se balancea en los columpios. En su lugar, varios tetra briks de sangría vacíos, botellas rotas, latas de cerveza, cajas de cartón, corchos y muchas colillas medio enterradas en la arena. Los comerciantes, cansados, suplican ayuda. Los hay que no se atreven a abrir la puerta de su bar y trabajan con el pestillo echado. Otros han visto cómo más de una botella se estampaba contra su escaparate o cómo un indigente acudía a la puerta de su local a orinar. Es todo muy desagradable. En cuanto cae el sol sacan los colchones y a dormir. Es una plaza perfecta para ellos: en verano, tienen la sombra de los soportales, en invierno, se refugian de la lluvia. Es una gorrinería explica Luis Gil, propietario de la taberna Batela, en la calle de Silva. Después de casi una hora de espera, en cuanto los dos policías se suben a sus motos, arrancan y se van, los habitantes de la plaza de la Luna empiezan a aparecer. Sigilosamente, abandonan las calles aledañas, se sientan en los bancos, abren sus cervezas y se saludan con esmero.