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ABC MARTES 25 7 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC MEMORIA HISTÓRICA Y GUERRA CIVIL No fue caer en el olvido sino echar en el olvido (como nuestra rica lengua castellana diferencia con matices decisivos y que ya fue recordado por Santos Juliá) fue en todo caso un olvido activo que salda la cuenta del pasado a fin de acabar con una espiral de violencia y abrir el futuro... ESDE diferentes perspectivas, varios historiadores hemos insistido en numerosas ocasiones en la importancia que tuvo la memoria histórica para todos los protagonistas de la transición de 1975 y en la elaboración constitucional del 78. Precisamente porque se era muy consciente de lo que había ocurrido en el siglo XIX y en 1931, cuando la concordia- -es decir, la amistad civil en los asuntos de interés general, que decía Aristóteles- -no había prevalecido, y una parte importante de la ciudadanía- -casi la mitad de los españoles- -quedaba excluida del consenso constitucional; precisamente por todo ello, los constituyentes del 78 lucharon ejemplar y generosamente para que nadie quedara fuera. Claro que se practicó el olvido, como insisten los que ahora se erigen a sí mismos en guardianes de una memoria guerracivilista que de alguna manera tiende a relativizar la memoria cercana de lo que sucede ahora, de lo que ha sucedido con las víctimas del terrorismo en plena democracia. Pero no fue el olvido pasivo, amnésico y distorsionador de la realidad; no fue caer en el olvido sino echar en el olvido (como nuestra rica lengua castellana diferencia con matices decisivos y que ya fue recordado por Santos Juliá) fue en todo caso un olvido activo, que salda la cuenta del pasado a fin de acabar con una espiral de violencia y abrir el futuro, como Arendt y Heller, las dos grandes filósofas judías, han reflexionado dolorosamente en sus escritos al hablar de las víctimas, de la necesidad de justicia y, al tiempo, del legado a las futuras generaciones. Un olvido activo en frase de Koselleck, en el que se olvida la deuda, pero no los hechos, y en el que se precisa la terapia de la memoria para curar la capacidad destructora de los recuerdos D dos actuarían, ni para su mantenimiento por parte de unos ni para su destrucción por parte de otros. Simplemente, se dejaba al tiempo que arrasara aquellos trofeos y fuera borrado del sentimiento de los hombres el rencor de la guerra. Pienso que, a la muerte del dictador, tanto el pueblo español como las personas con capacidad de decisión política para el cambio deseaban fervientemente borrar para siempre esos elementos que habían llevado a una enemistad tan larga y profunda. Lo que no pudieron hacer los padres lo hicieron sus hijos o casi sus nietos. El tiempo y las transformaciones profundas, materiales y mentales, de la sociedad española en largos años fueron el sustrato que permitió esa bienvenida piedad histórica. ero, además, no es lo mismo recuerdo personal, memoria subjetiva, que historia. Y las personas y los pueblos, a través de la herencia social y cultural que decía Umberto Eco- -por la que se filtran las percepciones de la realidad y del tiempo, y sin la cual no sobrevive ningún tipo de sociedad ni cultura humana- eligen siempre. En la especie humana, ni individual ni mucho menos colectivamente (esa falacia de memoria colectiva esa moda del memorialismo, que, manipulada por el poder político, ya Koselleck ha denunciado claramente como ideología política interesada) todo no puede ser recordado, ni tampoco todo puede- -ni debe- -ser olvidado; en ambos extremos se cae en la locura. Como ya escribí también en otra ocasión, qué se refuerza en la memoria histórica y qué se difumina en el olvido es un dilema que no tiene solución más P que en los regímenes totalitarios, pero no en nuestros sistemas liberales y democráticos. En cualquier caso, como señalan Koselleck, Ricoeur, Bruckner y tantos otros pensadores, filósofos e historiadores, no se trata de recuerdos privados, pero tampoco de memoria colectiva mi memoria depende de mis experiencias y nada más ha dicho Koselleck) no se trata de moralismos ni nostalgias la nostalgia nada tiene que ver con la memoria, porque el pasado al que se refiere permanece fuera del tiempo, congelado en una especie de perfección que nunca existió expresó muy bien Manuel Rodríguez Rivero) Esa memoria, si quiere ser histórica, tiene que ser la que van reelaborando de manera crítica los historiadores, para contrarrestar la memoria ideologizada y muchas veces demagógica que, con desgraciada frecuencia, intenta imponer un poder político. ncluso admitiendo una memoria dividida, como dice Reinhart Koselleck (siempre es mejor que inventar una única, de una pieza, como hizo el franquismo y como hacen ahora buen número de historias autonómicas nacionalistas) es posible la concordia, siempre que no se intenten reabrir viejas heridas (insisto, a veces para disimular las recientes) y que se acepte que el otro puede tener una parte de verdad, una parte de razón. Y, sobre todo, que no se posponga la única memoria imprescindible para que una sociedad pueda funcionar: La que puede mantener vivo el origen del derecho, la que apunta a una pedagogía de la democracia Esto quiere decir no ocultar ni fracasos ni errores históricos, pero huir al tiempo de la locura y el odio en espiral que se promueven cuando el necesario uso del recuerdo y de la memoria histórica se utiliza solamente para fortalecer el traumatismo, la conmemoración de las catástrofes que han asolado a un pueblo (Bruckner, 1996) cuando solo, o primordialmente, los guardianes del resentimiento que decía Domínguez Ortiz, tienen voz política. Ese pasado se interioriza entonces como un continuum, con la consecuencia fatalista a que tal uso exclusivo puede abocar. Además contribuyen a desatar unas fuerzas irracionales que encubren los auténticos problemas del presente y que luego los aprendices de brujo no pueden contener, aunque así lleguen a creérselo desde la pérdida de sentido de la realidad que con frecuencia produce la sensación desmesurada y engañosa de omnipotencia de poder. I C omo es sabido, y repito mis propias palabras de hace algún tiempo, este olvido ha sido considerado por muchos como el pecado original de la transición. Quisiera insistir en que es algo que viene impuesto por el sentido de la realidad respecto a las condiciones históricas de 1975 y que entronca con aquello que los griegos calificaron como piedad. Las pugnaces polis griegas, enzarzadas con frecuencia en unas guerras entre sí- -que las acabarían debilitando frente al enemigo común: el naciente imperio macedonio, primero, y luego el romano- tenían, sin embargo, sabiamente establecido el fin de los agravios con el fin de la guerra. En los límites de las polis que firmaban la paz, en las encrucijadas de las fronteras de la época, se colgaban las armas y los trofeos conquistados por los vencedores, con el acuerdo tácito- -y siempre respetado- -de que ni vencedores ni venci- CARMEN IGLESIAS de las Reales Academias Española y de la Historia Catedrática de Historia de las Ideas Políticas y Morales