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26 Internacional VIENTOS DE GUERRA EN ORIENTE PRÓXIMO LUNES 24 7 2006 ABC La guerra es muerte y destrucción; mutilados y heridos; víctimas inocentes y soledad; evacuados e impotencia, refugios y tumbas, y valientes que luchan por no desfallecer Vida y muerte en la frontera del Líbano J. CIERCO CORRESPONSAL MOSHAV AVIVIM. No hace falta una guía demasiado detallada. Desde Haifa basta con coger la carretera 70, luego la 89, un poco más allá la 899 y ahí está con mayúscula: la Guerra. En todo su esplendor, para quienes disfruten, que los hay, de no ser así no habría tantas, de espectáculos tan poco aleccionadores, tan estúpidos, tan aviesos. En todo su dramatismo, con las cifras de niños, mujeres y ancianos muertos que se repiten de manera tozuda en los boletines horarios de las emisoras de radio; con las imágenes televisivas de destrucción y desplazados que multiplican nuestra ira; con las crónicas en primera persona de veteranos corresponsales de guerra arrugadas por algunas lágrimas caídas fuera de foco. Ahí está la Guerra, con mayúscula, a tiro de cohete Katiusha chií, de bombardeos israelíes, de tiroteos cruzados, de combates cuerpo a cuerpo, casa por casa, a menos de un kilómetro de donde nos encontramos, en la aldea de Marun al- Ras, feudo de Hizbolá y escenario de la primera batalla terrestre de esta crisis. Apenas hay sitio en el coche para la tensión. El silencio se apodera de los pasajeros. Sólo hay un chaleco antibalas y un casco, que cedemos a la valiente corresponsal de Cuatro, para que nadie diga que no somos caballeros. Nuestro vehículo no está blindado, como los de las grandes agencias y cadenas de televisión internacionales. No es más que un modesto Mazda Lantis 323, con escasa estabilidad en las curvas cuando sopla el viento. Imagínense si soplan otras cosas. Bajamos las ventanillas pese al calor. Quitamos el aire acondicionado. Apagamos la radio. Hay que estar atentos. Los zambombazos de la artillería israelí no dejan de repicar. La carretera está llena de metralla y restos de los Katiusha Tropas especiales israelíes preparaban ayer una incursión en el Líbano cerca de Avivim, en la frontera libanesa que se lavan los dientes junto a un tanque de agua, que vigilan los caminos de cabras para que no pasen las cabras pero tampoco los audaces fotógrafos sin contratos dignos, a la caza y captura de la instantánea que les dé de comer tres meses. No estamos solos. Porque la vida, aunque sea una mierda, hay que vivirla. Porque la vida, bajo el eco continuo de las bombas, sigue, aunque a cámara lenta. Las vacas que nos cruzamos siguen dando leche o alimentándose para hacer filetes; las gallinas que pueblan las granjas avícolas del norte no EPA Desde Haifa basta con coger la carretera 70, luego la 89, un poco más allá la 899 y ahí está con mayúscula: la Guerra Los zambombazos de la artillería israelí no dejan de repicar. La carretera está llena de restos de Katiusha dejan de poner huevos; los caballos que montan los niños de Malkiya, hoy evacuados a Tel Aviv, pastan nerviosos junto a un asno despistado. La vida sigue para los pocos seres humanos, que se han quedado; que luchan cada día por lo más preciado que tienen, su vida; que riegan las plantas de su cuidado jardín en el que ha caído algún cohete asesino; que apuestan por acabar con Hizbolá a sangre y fuego; que no tienen un recuerdo siquiera compasivo para tantas víctimas libanesas que se cuentan, se recogen, se entierran del otro lado de la frontera. Densas columnas de humo No estamos solos en nuestro paseo por una frontera encendida, regada con una gasolina que no deja de avivar el fuego. Donde hay fuego hay humo. Columnas y columnas, más y menos densas, a sólo unos kilómetros del Moshav Aviviv y del Kibbutz Malkiya, tan pegados al Líbano que sus habitantes pillan un catarro cuando estornuda el país del cedro. No estamos solos. Nos acompañan, a salto de mata, a izquierda y derecha, delante y detrás, los carros de combate que nos cruzamos; los blindados que dejamos a un lado; las enormes excavadoras, amenazadoras incluso cuando duermen. No deja de haber soldados que descansan en camastros a la intemperie, Una cárcel- hucha para las monedas de cambio J. C. MOSHA AVIVIM. La invasión terrestre israelí del sur del Líbano puede durar varias semanas. O acabar en sólo unos días. O prolongarse el tiempo necesario hasta terminar el trabajo empezado, es decir hasta acabar con Hizbolá. Así lo han dicho por activa y por pasiva los altos mandos militares Bajo las bombas La vida sigue bajo las bombas, con el miedo en la cintura, con la mirada triste, perdida, con la vista puesta en la distancia a esas columnas de humo que tardan en disiparse, son demasiadas. Detrás de ellas, entre la bruma, la muerte: en el sur del Líbano, y en Tiro, y en Sidón, y en Beirut, y en Trípoli. Y si nosotros temblamos aquí con los zambombazos, ¿cómo pueden aguantarlo ellos? Nosotros nos vamos. Ellos se quedan. Los cohetes Katiusha han caído en Haifa y hay que volver donde te llama la noticia. Las víctimas te reclaman otra vez. Se acaba así, a golpe de Katiusha nuestro paseo por la vida y la muerte en la encendida frontera del Líbano. hebreos que no quieren pillarse los dedos con un calendario demasiado corto. Tampoco demasiado largo. Y en toda campaña de esta naturaleza se capturan prisioneros. El Tsahal calcula que podrían ser, ala postre, varios centenares. De ahí que se haya puesto manos a la obra y esté construyendo, incluso durante el sabbat tras recibir el permiso del rabino jefe del Ejército, una prisión para dichos futuros detenidos. Prisioneros que serían además monedas de cambio ante futuras negociaciones, por mucho que se diga seguro que las habrá, para lograr la liberación de los dos soldados israelíes capturados por Hizbolá desde el 12 de julio.