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60 DOMINGO 23 7 2006 ABC FIRMAS EN ABC todo es comedido, mesurado. No hay profusión matérica, sino tenuidad. La trasparencia, dios, la trasparencia por decirlo con el verso juanramoniano. A veces he pensado que sobre los paisajes de Ribes podría volar, v. g, sin romperlos ni mancharlos, the witch of Atlas de Sir Granville Bantock. Porque estos paisajes exentos de figuras sugieren en ocasiones el cruzar fugacísimo de un ser irreal- -ideal- un unicornio, un elfo, una hechicera, un hada, sin que ello quiera decir que estén fuera de la realidad que el pintor vislumbra y plasma. Lo que sucede es que esos violeta serenos, suaves naranja, contenidos ocres, gualdos nunca estridentes, confieren al lienzo un aire de intimidad, que la luz matizada- -Ribes cuidó la luz, amó la luz- -acrece y completa. Y no es extraño que la roca, la piedra, adquieran protagonismo contrastante, si ensamblado en el equilibrio del conjunto en el que se instala. Sus silentes creaciones- -escribió Antonio Cobos- -están inmersas en su subyugante mundo arcangélico en el que la vida no se manifiesta, pero existe Fernando Ribes tenía por costumbre prestarme aquellos discos que él descubría y que más hondamente le llegaban, para que, en un encuentro posterior, yo se los devolviera, no sin antes propiciar una conversación sustanciosa, convergente o no. El último que me dejó, y que ya no podré devolverle, pero que conservaré con especial cariño, es el volumen 2 de las English String Miniatures de la English Northern Filarmonia, dirigida por David Lloyd- Jones. En él están Elgar, Bridge, Ireland, Wood, Warlock, Bush, Vaugham Williams. Y Delius, claro. Escucho, en tanto escribo, su Air and Dance. ¿Lo escuchas tú también, Fernando, amigo mío? CARLOS MURCIANO ESCRITOR FERNANDO, AMIGO MÍO Autodidacta en sus inicios, recalaría luego en el taller de Daniel Vázquez Díaz, con quien permanecería dos años, y al que se mantendría fiel siempre. Hablo de Fernando Ribes... H ABÍA nacido en Madrid, en 1933, y cursado estudios de Derecho en la Facultad capitalina. Pero era la pintura lo que, desde su adolescencia, reclamaba en sus dentros lugar y lumbre. Autodidacta en sus inicios, recalaría luego en el taller de Daniel Vázquez Díaz, con quien permanecería dos años, y al que se mantendría fiel siempre. Hablo de Fernando Ribes, que acaba de dejarnos, víctima de esa enfermedad que la avanzadísima Ciencia del siglo XXI no consigue domeñar; el cáncer cruel. De sus viajes por Francia, Holanda e Italia, se había traído la huella de Tosi, de Rosal y, sobre todo, del boloñés Morandi, sin que ellos le hicieran perder nunca el sello de su maestro español. Fernando Ribes no era pintor anheloso, precipitado; se regía por el sosiego y la lentitud, ajenos a la pereza. Creadores hay de obra abundante, continuada, hija de su temperamento; de este depende también el espaciado alumbramiento de otros creadores menos fecundos. La cantidad, cuando auténtico su hacedor, no empece la calidad; ni la parca producción anuncia mano vaci- lante, inspiración corta. Sólo el talento- -el don- -manda. Y el aprendizaje, que deviene sabiduría. De ahí que su primera exposición individual no tuviera lugar hasta los treinta y un años (1964) en la madrileña galería Grifé Escoda, y la segunda, nueve años después, en Tartessos (1973) donde repetiría en 1975, para continuar, siempre con largos períodos de silencio, en Cid, en Cisne, en Della Rovere, en Moncloa... En tales exposiciones sucesivas, y dentro del lógico proceso evolutivo de todo artista, el toque de esos maestros citados estuvo más o menos presente en sus lienzos, deuda que él nunca ocultara, y de la que se enorgullecía. Pero en el hacer de Fernando Ribes hubo otra huella, más remota, por evanescente, menos detectable; la de la música. Él siempre reconoció la benéfica influencia de la música en su vida; y cómo su pintura halló en ella confortación e impulso. En especial, la música inglesa. Y de sus excelentes representantes, Frederick Delius. ¿El de Canción de amanecer ¿El de Noches de verano en el río Delius, al cabo. Ribes escuchaba y pintaba. Y aquella melodía, o este rumor, se detenían en su pincel; o acaso fuese el primer cuco de la primavera el que, desde su pentagrama, volara hasta su hombro y allí se quietara, mágico y compañero. De Delius han dicho los estudiosos que es un paisajista musical, que su lenguaje se caracteriza por un cromatismo sutil, que es profundo en sus obras el espíritu de contemplación de la naturaleza, y que su impresionismo se envuelve en un leve hálito- -hábito- -romántico. Aplicara yo todo ello a la pintura de Ribes, y acertaría. Concha Zardoya detectó ya, lúcida, cómo las tenues pinceladas de este madrileño observador y reflexivo se modulaban musicalmente. Pero esa compenetración, esa conciliación de las pinceladas ribesianas con las notas del solitario de Bradford, va más allá. La música inglesa de la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX- -Elgar, Delius, Vaugham, Bridge, Bantock, Moeran, Finzi... -parece filtrarse en sus lienzos, donde BASILIO RODRÍGUEZ CAÑADA ESCRITOR Y PRESIDENTE DEL PEN CLUB DE ESPAÑA LOLITA: PASIONES CRUZADAS l pasado curso les decía a mis alumnos del Taller sobre El lenguaje del cuerpo: comunicar, convencer y seducir que Vladimir Nabokov y Stanley Kubrick consiguieron algo insólito en la historia de la literatura y del cine: que una novela imprescindible alcanzase el rango de película de referencia obligada. Bien es cierto que Nabokov fue también el guionista del filme. Pero que el término lolita aparezca actualmente recogido en los diccionarios como sinónimo de adolescente provocadora y de moral sexual libre es, en buena medida, debido a la gran difusión alcanzada por la Lolita de Kubrick, que mejora sensiblemente con los años, sin perder frescura ni originalidad. No olvidemos que este director intentó de nuevo llevar a la gran pantalla el tema de la obsesión sexual treinta y siete años después con Eyes Wide Shut, aunque con unos resultados muy inferiores a su primer ensayo con el largometraje que hemos selec- E cionado en el Taller como digno de aparecer en la nómina de los fundamentales de la Historia del Cine. El éxito rotundo de la película está justificado, en buena medida, por el excelente reparto y la magnífica interpretación de algunos de sus protagonistas. James Mason en el papel de Humbert, el hombre maduro, enigmático, perverso, desconcertado, cínico y contradictorio, cegado por la lujuria y atormentado por unos celos que le dominan, hasta hacerle perder el control sobre la situación y, lo que es más importante, sobre su vida. Peter Sellers como el siniestro y camaleónico escritor y guionista, vividor, destructivo y villano, Quilty. Shelley Winters en el papel de la emotiva, apasionada, solitaria, desquiciada, necesitada y celosa madre, Charlotte Haze, que intenta a toda costa poner fin a su larga e insufrible viudedad. Y, completando este cuarteto de lujo, Sue Lyon, quien para siempre será la encarnación arquetípi- ca de las quinceañeras fatales y seductoras que hacen caer rendidos a sus pies (tan bellos pies, por cierto, cuando Humbert pinta las pequeñas uñas, introduciendo algodones entre las comisuras de tan delicados y menudos dedos) a los hombres maduros que alientan una pasión desmedida y loca por la juventud perdida. Pasiones cruzadas, aderezadas con el juego de la seducción, enraizadas en implacable lucha, para escapar de la más cruel realidad. Miradas e insinuaciones felinas, aterciopelada y suave piel de niña que intenta justificar la pedofilia como una enajenación mental perdonable por el sufrimiento que acarrea, incluso, a quien la padece. Lolita es la historia de una desfloración espiritual, más que carnal, que convierte a la joven de edad imprecisa (en la novela tiene doce años y en la película aparenta algunos más) en una diosa caprichosa, supuestamente sedu- El éxito rotundo de la película está justificado, en buena medida, por el excelente reparto cida por el controvertido profesor de francés, tornándose éste realmente en un muñeco de guiñol que ella mueve a su antojo, hasta doblegar por entero su voluntad. La eterna historia del cazador cazado. El cambio absoluto de roles como síntesis de una sociedad, la norteamericana de aquellos años, que comenzaba a perder sus inmutables referentes morales. La gran difusión alcanzada por esta película no está en consonancia con la opinión de la crítica especializada que la tildó como un buen intento discutible, desigual y mediocre adaptación en la filmografía de Kubrick. Sin embargo, las críticas adversas no impidieron que Lolita pasara a formar parte del imaginario colectivo como el anuncio de una nueva etapa que cambiaría el modo de vida americano y, por extensión, del resto del mundo. Siempre recordaremos a Humbert Humbert, ávido de amor, llorando sobre la revuelta y solitaria cama de la joven ninfa, mientras acaricia el aroma de su ausencia. Y, especialmente, nos recrearemos con el gesto pícaro y travieso de Lolita, acurrucada en los brazos de su enamorado, momentos antes de entregársele, al susurrarle: Te voy a enseñar un juego que he aprendido este verano...