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58 DOMINGO 23 7 2006 ABC Toros FERIA DE SANTIAGO Impactan las balas, conmueve Talavante Plaza de toros de Santander. Sábado, 22 de julio de 2006. Primera corrida. Lleno. Toros de Torrealta, serios en general- -bajó algo el 3 bajos de casta y fuerza, salvo el buen 6 destacó el sobrero de Los Bayones (2 bis) Fernando Cruz, de azul marino y oro. Pinchazo y estocada atravesada (silencio) En el cuarto, dos pinchazos y estocada (silencio) Salvador Cortés, de nazareno y oro. Pinchazo y estocada. Aviso (oreja) En el quinto, estocada (petición y ovación) Alejandro Talavante, de grana y oro. Pinchazo y bajonazo. Aviso (saludos) En el sexto, pinchazo y bajonazo. Aviso (oreja) ZABALA DE LA SERNA SANTANDER. No es el orden exacto emocionalmente; sí el orden temporal. Hubo balas que impactaron y un torero que conmovió Cuatro Caminos: Alejandro Talavante. Vaya primero la anécdota; después, el suceso. Que lo de Talavante hay que catalogarlo como tal, aun sin espada. Tiempo presente: de repente, y a la carrera, el personal de la plaza huye despavorido del patio de arrastre. Un par de picadores cojeando con sus monas, también. Barullo y alboroto de qué pasa, qué pasa, qué sucede. Es el principio de la faena de Salvador Cortés y se oye el sonido seco de dos tiros. Cortés continúa toreando, pero se descentra porque siguen los disparos, ahora casi en ráfagas, en la zona de los corrales: el toro anteriormente devuelto, con un pitón partido, quería fugarse de su suerte. Eso dicen por los tendidos en un runrún que sube desde el callejón. Suman una docena las detonaciones, y al final un murmullo de paz se hace con el ambiente. La policía ha resuelto el caso y la gente vuelve a la faena, que había adquirido sus máximas cotas de calidad sobre la mano izquierda, precisamente durante el tiroteo. Hay una tanda de naturales extraordinarios, como es, y merece, el sobrero de Los Bayones. Y otra buena. Pero el pulso de la obra de Cortés es irregular. El arranque de pases cambiados por la espalda aportó espectacularidad y la despedida por torponas bernadinas, la nota de torero cabezón. Entretanto el toro también había respondido con aire por el pitón derecho, aunque Cortés no siempre lo enganchó igual. Curiosamente más largo lo toreó en una de las últimas series y en alguna otra anterior. Vale la oreja. Pudieron ser dos. Mató a ley al quinto, que se movió sin maldad con la cara a media altura. El espadazo acabó siendo lo mejor. La Policía Nacional resolvió una peligrosa situación cuando se escapó de los corrales un toro devuelto EFE Total mimetismo A Alejandro Talavante no es que se le compare con José Tomás, sino que por momentos el mimetismo es total. Claro que el valor es el suyo. Y el temple también. A base de templanza, sobre una mano izquierda manejada como látigo de seda y con una quietud de asombro, el toro fue ampliando su repertorio de embestidas, mejorando poco a poco, pues en el tercio de banderillas nadie daba un euro por él. Ni un músculo movió Talavante en un parón en los muslos. Los tendidos vivieron y si- guieron su actuación con suma atención e intensa admiración, boquiabiertos cuando caminaba hacia el pitón contrario con ese tiquitaca de cortos pasos puramente tomista. Quizá alargase la faena de más, pero lo que es seguro es que con la espada anda fatal. Como para pensárselo dos veces a la hora de hablar de samuráis... Si con éste Alejandro Talavante apuntó lo que es, o lo que puede llegar a ser, en el sexto conmovió de una forma brutal. Talavante maravilló, provocó un terremoto, embrujó la plaza con la izquierda, cautivó con la suprema ligazón de la derecha, se regodeó entre los pitones, no cambió el gesto ni cuando le lamieron los machos de la taleguilla. El edificio entero del coso de Cuatro Caminos tembló con su toreo, se encogió sin respiración con las bernadinas de cierre, como había hecho con las gaoneras del quite. Exprimió hasta la última gota de este torrealta que salvó la cara de sus hermanos con su nobleza y recorrido. Pero otra vez la espada se interpuso entre él y un triunfo redondo. De nuevo, pinchazo y espadazo en los blandos, indecoroso, aunque ahora el cante había sido tan grande y tan hondo que hasta eso se le perdonó para darle la oreja. Fernando Cruz bailó con la más fea. O con las más feas, porque ninguno de sus dos toros permitió el resquicio a la luz de ese toreo que caló en Pamplona. Su inválido primero, además de la debilidad, traía un genio incómodo de corto viaje; el cuarto topó más que embistió, sin clase y con la cara a media altura. No sería justo olvidar los sensacionales pares de banderillas de Curro Robles con el segundo. Así que aquí quedan.