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ABC DOMINGO 23 7 2006 Cultura 57 El astro británico abrió anoche la programación del escenario grande del FIB, que hoy cierra sus puertas con un cartel encabezado por Depeche Mode y Madness Morrissey, cita a las nueve TEXTO: JESÚS LILLO FOTO: PAU BELLIDO BENICASIM. A la hora prevista, en esta ocasión sin contratiempos, Morrissey cumplió anoche la deuda contraída hace ahora dos años con el público del FIB, al que entonces dejó compuesto y sin canciones frente a un escenario vacío. Histriónico, arrollador, provocativo e intenso, el divo de Manchester llenó la pista central del Festival de Benicasim de canciones y gestos, de camisas sudadas y caprichos. Bajo una enorme fotografía mural de lord Byron, Morrissey recordó viejos éxitos- -abrió su recital con Panic de los Smiths- -para ir rebajando de forma progresiva el hervor de sus signos y dar paso a una segunda parte más reposada, marcada por el lirismo de sus tormentosas canciones de amor, más o menos desesperadas y en cualquier caso aplaudidas por una audiencia rendida de antemano: desde hace dos años exactamente. En la jornada anterior, y pese a la avalancha que interrumpió el concierto de los Pixies, el público estuvo bastante contenido. Demasiado respeto, quizás, ante una leyenda que logró paralizar, mental y físicamente, a la mayoría de una audiencia desbordada por su propia devoción y superada por las circunstancias de un encuentro, cara a cara, con la gran madrastra del cuento del rock alternativo. Venían los Pixies a hacer surf apocalíptico en Benicasim y a punto estuvieron de ser volteados por un tsunami de carne agitada que, afortunadamente, no fue a mayores. Una mala ola la tiene cualquiera. reencarnación de un mito que, tras una década bajo tierra, muere y resucita en directo desde hace ahora dos años. Aseguró antes de su actuación Frank Black que en septiembre volverán a grabar los Pixies en el sótano de Kim Deal, bajista de la banda, nuevas canciones con las que tratar de ser algo más que un espectro que se le aparece al público en los festivales de rock. Está por ver lo que suceda en otoño con esa esperada grabación, temible regreso al mundo de los vivos para una banda a la que la muerte, eterna, le sigue sentando muy bien. Brote de fanatismo Tras los Pixies llegaron los Strokes, de los Strokes bien de toda la vida de Nueva York. Hubo que desplegar un cordón de seguridad frente a los camerinos para contener un atípico y revelador brote de fanatismo entre los propios artistas, técnicos e invitados que circulan por la parte de atrás del escenario. El primero en salir fue el mayordomo de la banda, un impecable asistente- -pantalón y chaqueta entre bañadores- -que, entre otras funciones, se dedica a llevar botellas de agua francesa a los Strokes. Su cabecilla, Julian Casablancas, vestía una bonita cazadora de cuero. Antes muerto de calor que sencillo. El fresquito es una sensación térmicamente vulgar. Ya en directo, el grupo- -con el apoyo de un tercer guitarrista- -trató de defender su tercer álbum, pero sólo el contenido de sus dos primeros trabajos funcionaba. La escenografía- -luces y sombras, pintadas a fogonazos- -remitía al ambiente opresivo de un sótano, pero el sonido no era sino el de una banda que, tras explotar con saña las claves postadolescentes y firmar dos espléndidos discos de rock primitivo, trata ahora de madurar a lo grande. Quizá la muerte, fantasmas subterráneos, les siente mejor que una vida adulta en la que se arriesgan a perder los papeles que, no hace tanto, anunciaban una revolución ya agotada. Como los Pixies, los Strokes viven su particular y terrible septiembre, pero fuera del sotano de Kim Deal. Y con mayordomo. Agua francesa. Como figurantes del pulso entre los dos grupos americanos, Pete Doherty- -en sesión de tarde, sereno y acompañado de Shane McGowan; la sartén y el cazo de las toxinas- Echo The Bunnymen- -nostalgia de Killing Moon y memoria de los Doors- Dominique A- -bien armado para una guerra musical que sigue ganando- y Manta Ray, triste presencia española, programada a deshora, en un escenario grande y despoblado. España ni siquiera llega en el FIB a cuartos de final. De la mística al rezo colectivo Por favor, quédate en tu sitio, no te muevas hacia adelante era el mensaje que la organización dirigía al público que dos horas más tarde del incidente se agolpaba para ver a los Strokes en el mismo escenario. A esas alturas de la madrugada, el número de espectadores se había multiplicado, y también la excitación, exteriorizada como el sudor por una audiencia que, ya en confianza, sin la liturgia del aquelarre de los Pixies, manifestó su júbilo ante el joven cuarteto neoyorquino. De la mística al rezo colectivo. Incluso en el sermón de la montaña -colectivo de aficionados sin abono que cada se año y extramuros se reúne en un ladera para ver, gratis total, a las estrellas del Festival Internacional de Benicasim- -se apreciaba movimiento. Los Strokes, un grupo de veinteañeros en plena crisis creativa, recién llegado a las páginas de la historia del pop, aún por encuadernar, contribuyó a representar sobre las tablas del festival el eterno pulso entre tradición y novedad, entre sensación y sensacionalismo. Perdieron los Pixies. El grupo de Frank Black regresó al Morrissey, con una bandera española en la cintura, durante su actuación anoche en el FIB lugar de los hechos media hora después de su huida. No se atrevían los Pixies a interpretar sus canciones más crueles: divagaron a cámara lenta por Wave Of Mutilation (versión surf, calma chicha) Where Is My Mind y Here Comes Your Man antes de soltar, con cierta precaución, su rabia por los amplificadores. Tame y Debaser una detrás de otra, sonaron a un volumen sensiblemente bajo, quizá para evitar otro estallido entre un público que todavía olía a gasolina. Surf en una balsa de hidrocarburos. Al rato se fueron. Ni una palabra de más. Sobriedad y prudencia en la enésima Como los Pixies, los Strokes viven su particular y terrible septiembre, pero fuera del sótano de Kim Deal También desfilaron por el escenario del FIB Pete Doherty, Echo The Bunnymen, Manta Ray, y Dominique A