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ABC DOMINGO 23 7 2006 Nacional 17 ÁLVARO DELGADO- GAL PARA QUÉ SIRVEN LAS EXTREMIDADES ajoy ha hecho saber que el PP afrontará las elecciones generales con la causa nacional como santo y seña. Pero lo ha anunciado sin contundencia, o mejor, sin precisión. Es como si a un espejo le hubiesen raspado la capa de azogue que lleva detrás y fuera necesario reconstruir los perfiles rotos para identificar la escena que se refleja en su fondo. Dos motivos distintos explican la estudiada indefinición de Rajoy. Primero, la mera cautela. Los mensajes electorales, expuestos demasiado pronto, se gastan y enturbian, y pierden eficacia. Segundo, la situación del PP en el tablero nacional. En principio, el PP podría jugárselo todo a la carta de una mayoría absoluta en las generales. Pero no lo hará porque su propósito número uno es formar gobierno, y lo último implica no cerrarse a combinaciones alternativas y más probables. Por ejemplo, un pacto con CiU luego de una victoria por mayoría simple. Una campaña clara, impulsada por compromisos irrevocables, pondría la presión al máximo y haría muy difíciles las rectificaciones necesarias para atraerse el apoyo convergente. En el 96, Aznar tuvo que tragar sapos y culebras durante las semanas que precedieron a su investidura. Pero aquellos tiempos no eran todavía estos tiempos. No se discutía la integridad del Estado sino su orientación genérica, y los programas podían rebajarse sin perder del todo la cara. Ahora, por desgracia, los márgenes de maniobra se han estrechado hasta casi desaparecer. La reconstitución del Estado exigiría, como mínimo, el vaciamiento del estatuto catalán a través de reformas orgánicas ad hoc. Y esto es obviamente incompatible con un tándem PP CiU. Rajoy estaría difuminando su mensaje por lo mismo que un ejército evita presentar batalla con un río caudaloso a sus espaldas. Es menester no impedirse la maniobra de repliegue, si es que por ventura da mal el naipe y toca replegarse. A estos agobios se añade el hecho de que la deriva territorial ha envuelto ya, en buena medida, al propio PP. El estatuto valenciano, consensuado con los socialistas, apura al máximo la letra de la Constitución, y aloja además una cláusula, la cláusula Camps, que obliga a los partidos de aquella región a buscar el empate con los catalanes. Baleares tampoco quiere ser menos, ni lo querrán ser las CCAA que vengan detrás. Se comprende que, así las cosas, Rajoy prefiera ser oblicuo. Rajoy no es Solón sino un jefe democrático normal, y lo suyo no es fundar estados sino salir lo mejor parado que se pueda de la siguiente cita electoral. Afirmo esto con realismo, no con alegría. Las democracias parlamenta- R rias están sujetas a una lógica que cabría llamar local Se mueven impulsadas por los espasmos que acometen a los partidos en su pugna por hombrear sobre el rival. La agregación o empalme de los sucesivos desplazamientos dibuja un itinerario que sería abusivo atribuir a un plan preestablecido. Nos aproximaríamos más a la verdad invirtiendo la fórmula: lo que se interpreta a toro pasado como un plan, es el fruto muchas veces no deseado de acciones realizadas en persecución de objetivos concretos y poco significativos desde la perspectiva de los intereses generales. Existen dos mecanismos para conciliar el caos con la estabilidad. Uno de ellos es el mercado. La eficiencia del mercado no brota de un diseño, sino del cruce de múltiples transacciones entre individuos absorbidos por promover sus propios fines. El otro mecanismo, es la política constitucional: las constituciones sientan reglas, las cuales, correctamente ejecutadas, contienen el erratismo de los agentes políticos dentro de límites aceptables. Aquí empieza a zozobrar el mecanismo constitucional sin que, por el momento, se aviste un remedio claro a la situación. Quizá deba verificarse una crisis, una catarsis, antes de que la agitación espontánea de los partidos deje de sesgar el sistema hacia zonas demasiado alejadas de su centro de gravedad. Los observadores, o los comentaristas más o menos profesionales, reunimos menos información que los políticos, y desde luego, menos información que el Gobierno. Sólo nos asiste una superioridad: la de no ser parte, o no serlo necesariamente, en la lucha por el poder. Podemos hablar sin estar maniatados por consignas. Me valdré de esta libertad para hacer una reflexión elemental. Desconozco lo que haría si fuese Rajoy, así como desconozco lo que haría si tuviese quince hijos en vez de tres y me viese en la precisión de darles de comer y cenar todos lo días. Pero existen equivocaciones que conviene eludir a cualquier precio. Sería un disparate que el PP conjugara sus entendibles prudencias y ambigüedades con la idea de que las elecciones integrarán una suerte de referéndum sobre la unidad nacional. Un referéndum en que la propuesta es borrosa, se presta a una interpretación discrecional, y en tanto que discrecional, impredecible y arbitraria. Esto es siempre malo. Pero cuando la propuesta es importantísima, no sólo es malo, sino que resulta simplemente letal. Antes de agarrar la pelota con las manos, hemos de saber a qué estamos jugando: si al baloncesto o al fútbol. Las extremidades no sirven para lo mismo en un caso que en otro.