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64 SÁBADO 22 7 2006 ABC FIRMAS EN ABC AGUSTÍN CONDE BAJÉN SENADOR MEMORIA HISTÓRICA El PP no actuó en la II República por la sencilla razón de que entonces no existía. Pero otros partidos del actual arco parlamentario sí existían entonces... L Partido Socialista y sus socios parlamentarios han hecho bandera política de la recuperación de la memoria histórica idea que en esencia consiste en el ensalzamiento de la II República como antecedente de nuestro actual sistema democrático, y en el recuerdo de los crímenes del franquismo. El Partido Popular ha entendido que no tiene sentido abrir heridas, felizmente cicatrizadas hace tiempo, con la rememoración de hechos indudablemente dolorosos y trágicos. La Transición democrática se basó, entre otras cosas, en el perdón mutuo de dos bandos antes en incivilizada guerra civil para construir juntos un futuro basado en la justicia, la democracia, la libertad y el progreso social. ¿Qué sentido tiene ahora rebuscar en lo más sórdido de nuestra historia reciente? Hay quien ha querido ver en este planteamiento de la izquierda una manifestación de mero revanchismo, aprovechando su coyuntural mayoría para ajustar cuentas pasadas. Tampoco ha faltado quien ha visto aquí otro gesto de improvisada acción política, tan propia del Gobierno Zapatero, para mantener activo a su electorado. Soy de los que creen que nunca se debe infravalorar al adversario. No son pocos los que afirman que este Gobierno se mueve sin rumbo, que carece de criterio, que no mide las consecuencias de sus actos. Entiendo, sin embargo, que yerran los que así piensan. En general, el Gobierno sabe muy bien a dónde quie- E re llegar, qué valores (o anti- valores) pretende asentar firmemente en la sociedad española, y de qué medios debe disponer para lograrlo. La recuperación de la memoria es un ejemplo de esto mismo. Con todos los matices que se quieran señalar, la Guerra Civil fue un enfrentamiento entre la izquierda y la derecha, que ganó esta última. El golpe de Estado de un amplio sector del Ejército, rápidamente convertido en algo mucho mayor y con vasta base social, se produjo frente a un régimen republicano gobernado en ese momento por el Frente Popular. La conclusión simple que se quiere trasladar (tan propia de estos tiempos de mensajes en quince segundos) es que la derecha acabó con la democracia que era defendida por la izquierda. Si a esto se suma un dibujo naïf de la II República, en la que, según la versión oficial que se nos brinda, se disfrutaba de una democracia perfecta donde la libertad y el respeto formaban parte del paisaje cotidiano, tenemos sentadas las bases para una operación de mucho calado. En efecto, el siguiente paso es la identificación de la actual izquierda política española con la izquierda republicana, y de la actual derecha, representada en exclusiva por el PP, con la derecha golpista del 36. El cuadro está ya completo: los buenos (PSOE, IU, ERC) defendían la libertad, y los malos (el PP) acabaron con ella. En definitiva, nada que ya no hubieran inventado los socialistas y comunistas franceses en los años noventa, tal y como nos expone magistralmen- te Jean- François Revel en su obra La gran mascarada. La sociedad actual tiene, entre otras características, la de ser una sociedad de saturación informativa. Los ciudadanos de hoy tenemos a nuestro alcance más información y obtenida con más rapidez de lo que hubieran podido soñar nuestros abuelos. Pero nuestra capacidad para asumir esa ingente información no ha variado de modo sustancial. Nuestros archivos serán más grandes, pero nuestro cerebro es el mismo. De este modo, en todos los ámbitos (por ejemplo, en los publicitarios, pero también en los políticos) se busca el mensaje rápido, fácil, atractivo y que no precise de reflexión alguna, que entre en el repertorio de ideas del receptor de modo inmediato. Hacer llegar a los electores una batería de reflexiones sobre la situación política, o transmitirles un programa electoral, es visto por algunos como una tarea imposible porque requiere demasiado tiempo y la emisión de demasiados mensajes simultáneos. Y para ahorrarse el esfuerzo han encontrado un atajo: basta con denigrar al adversario. Si se es capaz de que la población tenga una idea del mal, y de identificar ese mal con el rival ideológico, la comunicación política se simplificará enormemente. Dará igual lo que ese adversario diga, argumente o haga: del mal solo puede salir maldad, y la maldad no se vota. Vuelvo ahora a formular la pregunta que hacía al principio: ¿qué sentido tiene ahora hablar de la Guerra Civil y del franquismo? Y creo que estamos ya en condición de responder. Tiene un extraordinario sentido, un grave sentido, porque tiene un malvado propósito: conseguir negar al PP su credencial de partido democrático, identificarlo con el fascismo, con la extrema derecha, con los golpistas del 36 y los autores de la represión posterior. El PP ha prestado en esto de la memoria histórica un gran servicio a la sociedad española, aun a costa de su propia conveniencia. No ha querido participar JAVIER TOMEO ESCRITOR CITA DE VERANO AMÓN está citado con Julie en la plaza de M. concretamente en la terraza del bar que hay frente a la boca del metro. No ha sido original al citarla aquí. Cada día hay cientos de ciudadanos que tienen la misma idea y casi todos se encuentran. Son las ocho y media y no falta mucho para que llegue ese momento mágico en el que las sombras de la noche que llega se equilibran con las luces del día que muere. La gente, sin embargo, vive ajena a ese milagro cotidiano. Hace demasiado calor, los ca- R mareros van y vienen repartiendo cervezas y un japonés diminuto esgrime su cámara fotográfica como si fuese una pistola. -No pienso dejarme fotografiar por ese hombre- -se dice Ramón. Teme que los japoneses le reproduzcan luego a partir de la foto y que dentro de unas semanas exhiban su clon por las calles de Yokohama. Se vuelve pues de espaldas al nipón y espera inquieto la aparición de Julie. La conoció hace unos cuantos años, pero con el paso del tiempo fue olvidando su rostro. Le parece recordar vagamente que tenía un ojo mayor que el otro y cojeaba de la pierna derecha. ¿Cojeaba de la pierna derecha o de la izquierda? se pregunta. ¿Era realmente Julie la que cojeaba? Se hace un lío y acaba admitiendo que la chica del rostro asimétrico puede ser Deborah, y no Julie, e incluso que la inglesita coja sea Sandra, que también conoció por aquellas fechas. -Creo que he conocido demasiadas inglesas- -suspira. Apenas Julie aparece por la boca del metro, sin embargo, regresan de golpe todos los recuerdos. Obviamente Julie no cojea, ni tiene los ojos de distinto tamaño. La coja y la asimétrica eran otras y Ramón se consuela pensando que seguramente aquellas dos muchachas- -la coja y la asimétrica- -le tienen también olvidado, a pesar de que las dos le juraron un día amor eterno. en una estrategia que sólo puede traer crispación porque revive una de las épocas más dolorosas de nuestra historia todavía reciente. El PP podría, sin embargo, haber adoptado otra actitud. Nuestro partido sólo se reconoce heredero de la Alianza Popular fundada por don Manuel Fraga Iribarne en los albores de la Transición. No somos herederos ni de Franco ni de Mola, Primo de Rivera o Calvo Sotelo. El PP no actuó en la II República por la sencilla razón de que entonces no existía. Pero otros partidos del actual arco parlamentario sí existían entonces. El PSOE, ERC o el PCE (todavía componente de la coalición IU) tuvieron un destacadísimo papel y fueron actores principales en la II República y en la Guerra Civil; y los actuales dirigentes de esos partidos siguen homenajeando periódicamente a los que fueran sus líderes de aquellos años. Podríamos haber participado en la recuperación de la memoria histórica pero de toda la memoria, no de la memoria selectiva que parece imponerse. Se podría estar hablando ahora (además de los crímenes del franquismo) de la sistemática deslegitimación del régimen republicano por los partidos de izquierda al ser visto sólo como el primer paso hacia la revolución proletaria; del golpe de Estado contra la República organizado por el PSOE y sus actuales socios, ERC y el PCE, que fue la revolución del 34; de los asesinatos políticos en el bando republicano ejecutados por las autoridades del PSOE (alguna de las cuales todavía hoy es objeto de homenajes públicos) de la brutal represión religiosa que supuso el asesinato, violación y tortura de siete mil sacerdotes, religiosos y monjas; del encarcelamiento y posterior muerte de miles de ciudadanos de ambos sexos y de toda edad y condición por el crimen de no ser de izquierdas; de las purgas y los asesinatos de cientos de izquierdistas en el bando republicano por ser revisionistas o trotskistas; del derrocamiento de facto del régimen del 32 en el propio bando republicano. Hubiera bastado con emplear la historiografía más reciente sobre la materia (de autores extranjeros, para evitar suspicacias) como la de Stanley G. Paine, Ronald Radosh, Mary R. Habeck, Grigori Sevostianov, Stephane Courtois o Jean- Louis Panné, entre otros muchos. La imagen del PSOE no sería ya la del partido defensor de la libertad, de la democracia y de la República. Tanto el régimen de Franco como los partidos antes citados tendrían que enfrentarse a sus propias responsabilidades históricas. El PP, que, insistimos, no es heredero ni de unos ni de otros, quedaría como mero espectador de la catarsis. Se podría haber hecho todo esto para contrarrestar la sucia estrategia del actual Gobierno, pero no se ha hecho por mejor servir al sosiego, a la moderación y a la concordia que creemos deben presidir el debate político. Un partido tiene el deber de intentar ganar electoralmente a sus adversarios, pero no tiene el derecho de pretender siquiera destruirlos o de negarles la legitimidad democrática que a todos nos otorga la Constitución. Confiemos en que los españoles sepan valorarlo.