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ABC SÁBADO 22 7 2006 Cultura 59 Tras la tempestad, la calma. Media hora de pánico contenido para volver donde el concierto fue interrumpido Cerraron la noche en la primera jornada del festival las Scissor Sisters con un espectáculo paramusical cados requiebros de un cortejo de naturaleza y finalidad masturbatorias. Con dos guitarras. A cuatro manos. El gusto fue mayormente suyo. Algo más tarde- -el mismo escenario, similar indiferencia en medio de un botellón para abonados- -Howe Gelb presentó Sno Angel With You uno de los mejores álbumes de la temporada. El líder de Giant Sand, a quienes sus fieles no le perdonaron que dejara a un lado su repertorio clásico- Demuestra que sabes tocar la guitarra le gritó un aficionado de toda la vida- -venía vestido de vaquero, pero se le veía la sotana por debajo de la ropa. Reverendo Gelb. Junto al escenario apareció un mensaje en que se instaba al público a no empujarse para evitar las avalanchas Un conjunto de misa de diez El cuarteto norteamericano provocó anoche una avalancha en el FIB, interrumpido por primera vez en su historia por un incidente que amenazó la seguridad de los miles de espectadores congregados para escuchar a los autores de Debaser Los Pixies, al borde del abismo TEXTO: JESÚS LILLO FOTO: PAU BELLIDO BENICASIM. Fue a la sexta canción, Monkey Gone to Heaven cuando una avalancha de público forzó a Frank Black, líder de los Pixies a detener el concierto de la banda de Boston, uno de lo más esperados, no sólo de esta edición del FIB, sino de toda su historia. Por primera vez, el quitamiedos que protege el escenario principal de la muestra cedía y amenazaba con provocar una tragedia como la del festival Rockslide, intuida por los propios músicos. Tras la tempestad, la calma. No pasó del susto. Media hora de pánico contenido para volver por donde fue interrumpido un concierto que desde hace meses estaba llamado a incendiar de punk y de surf apocalíptico el festival de Benicasim. A sus años, fueron los Pixies otra vez los que hicieron historia en una muestra sacudida por la fuerza desatada por el cuarteto norteamericano. Sólo las Scissor Sisters lograron llenar la pista central del recinto del FIB en la jornada inaugural del jueves. El público, disociado, había escenificado hasta entonces la ruptura que provocan los dos polos de ese imán que cada año- -y a través de estímulos creativos y recreativos, cultura y ocio- -atrae a los aficionados al rock hasta concentrarlos en recintos masificados. Cierto es que hay centenares de bandas capaces de hacerse oír, aplaudir y bailar, todo a la vez, grupos y artistas que, como la Coca- Cola, combinan con cualquier cosa, pero el cartel de la fiesta de apertura de la muestra levantina fue tan radical, alcohol seco, sin destilar, que la mayoría de los asistentes prefirió sintonizar la señal dulzona de la única discoteca abierta en el solar del FIB, donde la nutrida colonia británica acampó desde muy temprano para jalear, de oídas, a los Stone Roses, los Flaming Lips, OMD o lo que le echaran en el vaso desde la cabina. Muy pocos ocuparon plaza frente al escenario grande, donde se sucedió una serie de funciones intimistas, teatro alternativo para abrir el telón del festival de las estrellas. Hoja caída de un festival de otoño -Dos entradas, por favor. ¿Centraditas, para el sábado? -No, mejor para el jueves. Es para verlo de lado. El programa de mano de la primera jornada del FIB parecía traspapelado, como una hoja caída de un festival de otoño y pista cubierta: una miniorquesta sinfónica, un coro de iglesia, dos guitarristas sentados... Poca luz, la justa, y ningún efecto especial sobre las tablas. Estímulos exclusivamente creativos. Tom Verlaine dirigió un concierto para cuatro manos de guitarra, cuatro manos de pintura al sobrenatural. Acompañado de Jimmy Rip, con el que viene realizando piezas instrumentales para viejas películas mudas y largometrajes marginales, el compositor norteamericano prescindió del monumental legado de Television y repasó su esquiva obra en solitario, algo parecido, de lejos, a las canciones. Tom Verlaine canta, pero su voz y sus poemas no pasan de ser elementos secundarios de un narrativa en la que la guitarra interpreta el papel protagonista. Drama de atmósferas y trances, abstraído y sin título. Si Richard Hell, quien fue su compañero en el Nueva York de los primeros años setenta, terminó por renunciar a las estrecheces formales del rock para practicar el nudismo de la poesía, Verlaine ha recorrido el camino inverso con la intención de ensayar las posibilidades de la guitarra, también desnuda, como emisora de mensajes emocionados, empeño que ya se podía apreciar, hace treinta años, en el debut de Television. A eso se sigue dedicando Tom Verlaine, que la noche del pasado jueves y hasta hacerse daño, hasta la distorsión, volvió a sacarle preciosas púas de sonido a un instrumento transformado en cactus, carne y espinas en un desierto de estímulos. Sólo una minoría, sentada en el suelo y con la mirada perdida en el aire, apreció los deli- Sepa Dios qué hacía en una iglesia este judío, habituado a los espacios abiertos de la frontera mexicana, pero fue ahí, en un templo cristiano, camino de Damasco, donde se quedó prendado del coro con el que ha grabado su último disco, un conjunto de misa de diez que no tardó en fichar para espiritualizar su obra, arenosa y seca. En un festival que sigue mostrando su contumaz rechazo a la música negra- -de la que se admiten, si caso, versiones blanqueadas- -la actuación de Voice Of Praise fue una merienda- cena de negros: alma, corazón y vida salvaje en un recinto de turistas caucasianos. Habitante del borde de los sentimientos, donde también se rozan los subgéneros del rock, Gelb ofició un soberbio espectáculo de confesiones y plegarias, de idas y vueltas alrededor de los altares del folk y el soul, más intenso cuanto más se soltaban el pelo, cabello de ángel, sus coristas y se llevaban por delante las esencias vaqueras del compositor americano. Menos afortunado fue el ensamblaje de los españoles Sunday Drivers con la orquesta Amalgama, que, pese a tener nombre de criadero de larvas de Operación Triunfo iba bastante en serio. Simples pinceladas sinfónicas, previsibles adornos, en un diálogo de sordos, cada uno a lo suyo, que contrastó con el apareamiento- -más fluido, sin pudor- -del danés Teitur con los mismos violines. Cerraron la noche las Scissor Sisters con un espectáculo, paramusical, cuyo único interés estaba en saber cuánto había engordado Ana Matronic y si Jake Shears se iba a volver a quedar en pelotas, como hace dos años, páginas rosas de un festival en el que, además de música, también se habla del estado de Pete Doherty o del partido de hoy entre periodistas y cantantes. Dan paella.