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64 JUEVES 20 7 2006 ABC FIRMAS EN ABC ANTONIO PAU DE LA REAL ACADEMIA DE JURISPRUDENCIA Y LEGISLACIÓN PEMÁN, JURISTA Y ACADÉMICO DE JURISPRUDENCIA Ahora, a los veinticinco años de su muerte, quiero recordar lo que el derecho supuso en su vida y en su obra. Más de lo que expresan las semblanzas conmemorativas de estos días... AS medallas académicas, además de los símbolos troquelados en ellas, los oros, los esmaltes y los laureles, tienen un valor afectivo. Son como árboles genealógicos. Más aún que los árboles genealógicos. Tienen algo de reliquia laica. Durante siglos han pasado de pecho en pecho. Cada medalla- -identificada por un número o una letra- -tiene una genealogía. Tras la muerte de un titular de la medalla, aparece uno nuevo que ostenta, vitaliciamente, la titularidad. Esa genealogía académica crea un cierto parentesco. A un predecesor remoto se le tiene el mismo afecto que a un tatarabuelo. Al predecesor inmediato se le ha conocido y el vínculo es siempre más personal y estrecho. En los discursos de ingreso en las Reales Academias se hace, al comienzo, una semblanza del titular anterior. Cuando tuvo lugar mi ingreso, quise recordar no sólo a quien me precedió de manera inmediata- -el catedrático y político Laureano López Rodó- si no también al que precedió a mi predecesor: a José María Pemán. Recordé las visitas que le hice, siendo yo estudiante, en su casa de la calle Felipe IV. Recordé las grandes salas en penumbra, la cordialidad desbordante del escritor, las frases cariñosas que escribió en las dedicatorias. Era, ya, un hombre silencioso, retraído, de gestos leves, pero de una vibrante sensibilidad afectiva. L Ahora, a los veinticinco años de su muerte, quiero recordar lo que el derecho supuso en su vida y en su obra. Más de lo que expresan las semblanzas conmemorativas de estos días, y más, también, de lo que ordinariamente se dice. Pemán no hizo una carrera trámite. Estudió derecho seriamente en la universidad de Sevilla- -las calificaciones lo acreditan- e inmediatamente se trasladó a Madrid para hacer el doctorado. La tesis, leída en 1921, cuando el doctorando tenía sólo veintitrés años, versó sobre las ideas jurídicas de Platón. Ya apuntaba una inquietud intelectual que saltaba los límites del derecho. En ese mismo año daba otra prueba de que su vocación no era sólo jurídica: el libro de poemas De la vida sencilla. Volvió en seguida a Cádiz, y allí empezó a ejercer como abogado. Entre llevar pequeños pleitos sobre linderos y particiones hereditarias, o defender la libertad y la vida en procesos criminales, optó, sin dudarlo, por lo segundo. Aquello era más dramático y humano Pemán dejó por escrito un testimonio de sus dos primeros pleitos. Mi primera defensa recuerdo que fue la de una muchachita que había robado unas planchas de cinc en una fábrica de electricidad. Sobre tan poético asunto yo tejí una bella novela. Recuerdo que cuando subí a mi pupitre de defensor, con mi toga negra, de an- chas solapas de seda, mi defendida me pareció en el banquillo bella e ingenua como la imagen del Dolor. Mi discurso de defensa fue exaltado y fogoso. Me adherí con toda mi alma a mi propia novela. Uno de los principales motivos de defensa era que la delincuente, sólo por un mes de edad resultaba, según los estrictos límites del Código, responsable. Había delinquido a los dieciséis años y un mes. Sobre ese mes fatal, que la transformaba de inocente en culpable, yo tejí un bello bordado de conmiseraciones, ironías y protestas tan conmovedoras como absolutamente irrespetuosas para la Ley. La niña fue absuelta. Yo tuve un gran éxito. Y recuerdo que cuando bajé de mi pupitre, ya me pareció que la muchachita no era tan linda, que bizqueaba un poco de un ojo, y que acaso no fuera imposible que, efectivamente, hubiera robado alguna plancha de cinc Por el turno de oficio le correspondió defender a un marido que había asesinado, por celos, a su mujer. El juicio se desarrollaba ante un jurado. En la conducta de la mujer- -recuerda Pemán- -existían ciertas nebulosidades que se prestaban al equívoco. Con gran asombro de los jurados, yo dirigí toda mi prueba a deshacer esas nebulosidades y demostrar que aquella mujer era absolutamente intachable. Luego, toda la primera parte de mi discurso la dediqué también a cantar las excelencias de aquella admirable esposa. Estaban ya los jurados en el colmo del asombro, cuando yo, con un rápido viraje, les hice ver que matar a una mujer por celos verdaderos era una fría y bárbara acción, pero precisamente matarla por celos imaginarios era un acto de ceguera e irresponsabilidad. Aquel hombre tenía que estar loco, puesto que había asesinado a tal ángel del cielo. Todos los jurados dijeron unánimemente que yo tenía razón Cuando no había cumplido aún los treinta años recibió un encargo excepcional, redactar una nueva Constitución española. Eran los años de la ÁNGEL DE FRUTOS SALVADOR PSICOANALISTA LA SEPARACIÓN D EJARÁN el padre y la madre al hijo, a la hija para que puedan establecer vínculos con otras personas. Esto no es lo que dice el Evangelio de San Mateo. ¿Qué dice el texto sagrado? Dejará el hombre al padre y a la madre para unirse a su mujer Si de esta separación se trata, Freud, dígase, es evangélico. El creador del psicoanálisis, quien consideró- -como Góngora- -que estas ciegas pasiones, como artículos tomistas, se resuelven en cuestiones no apela a la tradición bíblica, sino a otra tradición, la griega en su mitología, donde se encuentra el mito del héroe Edipo. Edipo es alguien que quiere saber. Mas te valdría, le dice su esposa- -si bien antes madre- -Yocasta, no saber. ¿Cómo- -se viene a decir Edipo- mejor, entonces, no haber nacido? ¿Qué es lo que pasa cuando la madre o el padre no respetan la lógica de las generaciones, cuando los hijos no la respetan? Hay otras culturas, las así llamadas culturas primitivas u orales que están fundamentadas en la palabra, sujetas a normas, a leyes no escritas, a una tradición oral que ha configurado todo un entramado para que, simbólicamente o no, acceso incestuoso no haya del hijo a la madre, de la ma- dre al hijo (con alto asombro de Freud) Tales culturas son una maraña de tabúes y otras prohibiciones para así proteger la vida social: ¿cómo es ello posible en una sociedad primitiva? Hoy, sin embargo, ¿no hay un empuje anómico y un querer que todo sea esté permitido? Cultura quiere decir que algo está siempre prohibido, que no todo se puede decir (hacer) que hay ley. De este tiempo de progreso procede la idea de superación, otro nombre de fijación. Hablar de superación nos lleva a un tiempo anterior a las culturas primitivas. Tiempo donde se cree que todo es naturaleza y mora allí el animal humano bueno, aquel con el que acaso pudo delirar J. J. Rousseau, para gran sobresalto de J. Ortega y Gasset. Eufemismo este de superación que revela un no querer saber aquello que es en primer lugar la cultura: separación. dictadura de Primo de Rivera. En la comisión estaban, con el joven Pemán, Juan de La Cierva, Antonio Goicoechea, Gabriel Maura, García Oviedo y otros destacados juristas. En un saloncito del último piso del Congreso se reunieron durante meses, tarde tras tarde, haciendo y rehaciendo los capítulos, los títulos y los párrafos del texto constitucional. Cayó la dictadura y aquel proyecto cayó también en el olvido. De sus años de ejercicio de la abogacía hay un rastro que cruza toda su obra narrativa. Los tortuosos recovecos del proceso judicial y los inextricables documentos que lo jalonan- -actas, providencias, exhortos, testimonios, requerimientos, demandas, recursos, diligencias... -están en El caso Currinchi, que es un trasunto gaditano del relato de Kafka. La novela corta El nuevo juez refleja la vida del pueblo- -dominada por el cacique- -desde la perspectiva idealista y valiente del juez que llega a su primer destino. Juez es también el personaje central del cuento Don Perfecto, que declara su amor a doña Hortensia en párrafos numerados, con citas del Código civil y una didáctica explicación del régimen de gananciales. Por las Memorias de Cándido Buenafé pasan sus profesores de la facultad de derecho: don Bonifacio, el catedrático de canónico, don Práxedes, el catedrático de derecho romano... quizá no sea difícil identificar en ellos a quienes fueron profesores de Pemán en la universidad sevillana de los primeros años del siglo XX. En uno de sus primeros relatos, la Historia del buen rey Tótem, del año 1927, Pemán explicó el origen del Registro. El hacha de sílex, era, en el paleolítico, el título de propiedad. Pero guardar el título no era suficiente para que la propiedad se respetara. Un día, un atrevido osó entrar en la cueva donde vivía el rey Tótem. Con toda solemnidad, Tótem empuñó el hacha y le abrió en dos la cabeza. Había esgrimido el dominio en perjuicio de tercero. Puede considerarse pues, este gesto histórico como el origen de los Registros de la Propiedad Pemán ingresó en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación el lunes 16 de enero de 1967. Su discurso se tituló La idea de Justicia en la letras clásicas españolas. Eligió a tres autores señeros de nuestra literatura: el Arcipreste, Cervantes y Jovellanos. Pemán pidió que la contestación la hiciera, en nombre de la Academia, quien era, entonces, el académico más joven: el notario Juan Vallet de Goytisolo. Vallet dijo que el nuevo académico había demostrado, a lo largo de toda su obra literaria, un fino y delicado sentimiento de la Justicia, y en su vida, una constante y permanente voluntad de practicarla. En su Confesión general- -unos tempranos apuntes autobiográficos que publicó en 1947- Pemán nos dio la fórmula de cómo ejerció el derecho en su juventud; esa fórmula valdría para la juventud y la madurez de todas las épocas: con más amor romántico a la Justicia que respeto supersticioso a la Ley