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ABC MIÉRCOLES 19 7 2006 Opinión 7 TRIBUNA ABIERTA POR JOSÉ MARÍA LASSALLE PALOMA ANTISIONISTA Al igual que hizo con la bandera norteamericana, Rodríguez Zapatero ha vuelto a preferir el guiño electoralista, esta vez poniéndose del lado de la numerosa feligresía antisionista que hay en nuestro país OS reproches airados que profirió Rodríguez Zapatero el pasado fin de semana contra Israel evidencian lo que muchos sospechábamos: que más que un líder político, nuestro presidente del Gobierno es un moralista. Pero no a la manera de aquellos franceses que como La Rochefoucauld, La Bruyère, Voltaire o Chamfort aguijoneaban la conciencia de los europeos de los siglos XVII y XVIII. Por de pronto, carece- -como es lógico- -del recorrido intelectual y la honradez emocional de aquéllos. La aproximación que hace a la moral es meramente pragmática. Está al servicio de su visión de la esencia de la democracia a través de la cintura. Para él, la moral es moralina aplicada a la política. Concretamente a esa política con minúscula que está alejada de la convicciones y los principios teóricos de nivel, y que bracea en el tactismo del día a día. Así, su moralización de la política tiene un único norte: rebañar votos en los caladeros de los prejuicios y las ideas preconcebidas en torno a los humillados y ofendidos de la historia. Defensor infatigable de las causas perdidas que puedan dar réditos electorales, nuestro presidente Zapatero disfruta haciéndose pasar por un Robin Hood postmoderno que trata de hacer justicia conforme a una cosmovisión maniquea que no admite matices ni sutilezas. Su análisis es tan simple plásticamente que recuerda a un western de bajo coste. Para él tan sólo puede haber buenos o malos. Da lo mismo si hablamos de la Guerra Civil, de Cataluña, de la Transición, del diseño territorial de España, de la lucha antiterrorista o de la política internacional. Siempre lo mismo. Para nuestro presidente sólo puede haber culpables o inocentes, defensores de la justicia o la injusticia, amigos de la paz o de la guerra. Su condena visceral de Israel en un mitin de su partido trazó desde su púlpito pacifista una frontera tan radical como inasumible para cualquiera que sepa algo del complejo escenario geopolítico del Líbano y el Oriente Próximo. En vez de aprovechar la ventana de oportunidad que se abría para fortalecer la presencia exterior de España en el Mediterráneo, ha cegado cualquier posibilidad al respecto. Al igual que hizo con la bandera norteamericana, ha vuelto a preferir el guiño electoralista, esta vez poniéndose del lado de la numerosa feligresía antisionista que hay en nuestro país. Podía haber rentabilizado a favor de los intereses generales la buena amistad española con los gobiernos árabes. De hecho, podía haberse ofrecido como puente entre las partes en conflicto. Pero no, nuestro presidente Zapatero hizo lo único que no puede hacer un líder europeo y occidental: disparar toda la munición justiciera que cabe imaginar sobre los israelíes. Le faltó tiempo para elevarse a los cielos del Olimpo progresista impulsado por las alas de su disfraz de paloma e hizo la cabriola maniquea de arremeter contra Israel culpándolo de casi todo en la guerra que mantiene con L Hizbolá. Afortunadamente no se deslizó por el mezquino tobogán antisionista de establecer paralelismos con el Holocausto, pero hemos estado muy cerca de verlo. Dibujó de nuevo en el horizonte de su imaginario anti- PP el Infierno de las Azores y metió en él a los israelíes reprochándoles no haber aprendido las lecciones de la guerra de Irak. En este sentido, resulta especialmente preocupante la interpretación del caso libanés a la luz de su Alianza de las Civilizaciones. Sobre todo porque omitió en sus declaraciones cualquier denuncia a Hizbolá, se abstuvo de condenar la pasividad del gobierno de Beirut por no meter en cintura a esta organización terrorista y evitó cualquier reproche a Siria e Irán por utilizar y financiar a esa milicia chií que opera impunemente contra Israel desde su santuario libanés. Con tanta parcialidad moral en torno al trágico conflicto que se libra en el Líbano, el presidente Zapatero ha caricaturizado nuevamente la política exterior del Gobierno español. Con su gesto inamistoso hacia Israel ha conseguido dos cosas: que las orillas trasatlánticas entre los Estados Unidos y España se alejen unos cientos de kilómetros más y que, de paso, nos hayamos enajenado innecesariamente el apoyo del poderoso lobby judío norteamericano. Por si fuera poco, nuestro presidente ha decidido asumir explícitamente la semántica antisionista que es tan del gusto de los caudillos populistas y los demagogos de toda laya que hay por el mundo. A lo mejor es que así pretende poner en marcha dentro de Europa un banderín de enganche que alinee a su lado a toda la judeofobia internacional. En cualquier caso, se equivoca si cree que, de este modo, evitará que la sombra del terrorismo islamista siga acechando sobre nuestro país. Acaba de verse desgraciadamente con la muerte de un soldado español en Afganistán. La internacional totalitaria islamista que opera en el planeta no distingue entre soldados occidentales que defienden la Alianza de las Civilizaciones o la foto de las Azores. Para la lógica de la yihad, Occidente es el enemigo y dentro de sus fronteras no puede haber una España finlandizada que orille su presión terrorista con un discurso pacifista y antisionista. Ahora que las vacaciones veraniegas están encima, sería bueno que algún asesor monclovita guardara en las maletas de nuestro presidente el excelente libro de Pierre- André Taguieff, La nueva judeofobia y, de paso, los diarios de Victor Klemperer. Quizá así se curaba de no tener claro dónde están los límites del bien y del mal cuando se trata de defender los valores de las sociedades abiertas. Diputado en el Congreso y secretario de Estudios del Partido Popular REVISTA DE PRENSA POR JUAN PEDRO QUIÑONERO AISLADOS E INSIGNIFICANTES La diplomacia española se ha instalado en una posición periférica con respecto a las posiciones dominantes en Europa sobre Oriente Próximo. En París, Le Monde subraya la comunidad estratégica de puntos de vista entre Washington y París: Chirac y Bush desean neutralizar a Hizbolá Mientras Zapatero y Moratinos comenzaban denunciando la escalada desplegada por Israel contra el Líbano Le Monde insiste: Francia es solidaria con el Líbano, sin condenar a Israel En Londres, la BBC desmenuza las sutilezas diplomáticas de las potencias dominantes, muy alejadas de la posición española: La clave de la solución es el deseo común de eliminar a los elementos extremistas y a quienes los apoyan, para impedir que hundan Oriente Medio en el caos En el lenguaje codificado de la diplomacia, subraya la BBC, los elementos extremistas son Hamás e Hizbolá, y las potencias que los apoyan y manipulan, Siria y Teherán. El Herald Tribune publica un editorial del New York Times, que afirma: Los beneficiarios de la extensión de la guerra son Irán, Siria y los grupos islámicos armados que ellos apoyan En Alemania, Süddeutsche Zeitung destaca las declaraciones de Daniel Cohn- Bendit, vicepresidente ecologista del PE, que, poco confiado en la eficacia de Javier Solana, ha pedido a Angela Merkel que envíe a Israel y el Líbano a Joschka Fischer, ex ministro alemán de Asuntos Exteriores, que cuenta con la confianza de Israel y los palestinos En Viena, Die Presse publica una entrevista con un especialista reputado, Michael Lüders, afirmando: Los islamistas de Oriente Medio son una amenaza universal Hay otros temas menos problemáticos. Financial Times cita las críticas crecientes contra el nacionalismo económico que, a su modo de ver, está haciendo fracasar el mercado único europeo España ocupa un buen puesto entre los estados criticados. Tema obsesivo: las divisiones a flor de piel que continúa suscitando el recuerdo de la Guerra Civil. Guardian, Nouvel Observateur, Le Figaro, el Times, vuelven a la carga con esa grave rémora. En el terreno de los recuerdos optimistas, en Berlín, Die Welt comenta con entusiasmo la siempre nueva versión de Plácido Domingo de Luisa Fernanda que el matutino alemán asocia al recuerdo de la gran música española del siglo XX, de Albéniz a Manuel de Falla.