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ABC MARTES 18 7 2006 Madrid CAOS EN EL CENTRO LOS AFECTADOS 41 El incendio en la calle de las Hileras dejó en penumbra muchas tiendas de la calle Arenal y alrededores Es una imagen tercermundista TEXTO: CRISTINA ALONSO FOTOS: FRANCISCO SECO Javier Faciaben, gerente de restaurante Marcos Valdepeñas, repartidor MADRID. Hoy, David Gamonal, botones del hotel Palacio San Martín- -a escasos metros del foco del incendio en la calle de las Hileras que dejó sin luz a unos 2.000 abonados de Unión Fenosa- -tiene agujetas en brazos y piernas. Debido al apagón, tuvo que subir y bajar el equipaje de muchos huéspedes por la escalera. La mayoría se alojaban en el quinto piso añadía con buen humor, aunque con la cara desencajada. El corte de luz también complicó la vida a la familia López. Cuando las luces de su casa, en la calle de Trujillos, se apagaron estaban a punto de marcharse de vacaciones. Nos vamos un poco nerviosos porque no sabemos si lo hemos dejado bien los interruptores Tuvieron que bajar con sus maletas y su hija pequeña desde el tercer piso y ni siquiera pudieron avisar a un taxi para que les llevara hasta el aeropuerto porque no les funcionaba el teléfono. Cuando salieron de su portal, se toparon con muchos bomberos y un gran atasco en su calle a consecuencia del cordón policial. Atasco en el que se encontraba Marcos Valdepeñas, repartidor, que acababa de volver de quince días de vacaciones y llevaba más de media hora dando vueltas con su furgoneta: Esto es demasiado David Gamonal, botones Y yo con estos pelos de complementos de Princesa. Sólo su enfado superaba a su calor, en primer lugar por la falta de información de Iberdrola: Nos dicen que en breve se reparará pero no vuelve la luz, podríamos haber cerrado y listo afirma. Muchos comercios de la zona no lo dudaron y decidieron echar el cierre por unas horas. En todo caso, no había que fiarse. Algunos afortunados dispusieron de suministro eléctrico todo el día- me han preguntado otros comercios que por qué yo sí, pero ni idea explicaba una de ellas- y la electricidad vino y se fue a lo largo de la mañana en todo el distrito. Aquí a las 11.00 se nos fue el hilo musical, el ordenador y el datáfono, pero somos afortunados: al menos tenemos luz y aire acondicionado ejemplificaba Luis Fernando en su establecimiento de ropa de caballero. Peor lo tuvieron en algunas farmacias, donde a la falta de luz se le unió la imposibilidad de mantener fría la nevera donde se guardan diversos medicamentos. Me los he tenido que llevar para casa, una faena se quejaba Antonia Martínez, farmacéutica. Muy cerca, una panadería redujo su producción por la falta de electricidad. Muy próxima, la Casa del Bacalao temía perder todo el género de las cámaras. Al lado, un comercio de pasteles y fiambres dejó de utilizar la máquina para hacer bocadillos, no puso ni un café y llevó las cuentas a libreta. Ya subí por las escaleras a casa por si acaso, y es un quinto se quejaba su propietario, Antonio Castaño. Es que sin luz no hay nada resumía Mark, camarero de una taberna irlandesa, mientras hacía tiempo hasta que volviera. Ascensión no está de muy buen humor. Vecina de Villalba, escogió el día de ayer para acercarse a una peluquería situada en la zona del apagón. Esa misma tarde tenía una boda. Ascensión, con papel de albal en la cabeza a consecuencia del tinte, charlaba con las peluqueras en un local en penumbra. Me ha fastidiado de aupa No era la única afectada. Otra mujer con el pelo mojado esperaba a que volviera la luz para que se lo lavaran con agua caliente. Esto es totalmente tercermundista. En esta zona hay mucho turista y la imagen que damos es paupérrima se lamentaba Sandalio Fuentes, también peluquero, quien calculaba unos 200 ó 300 euros de pérdidas. Sin luz, cero ingresos añadía. Muchos comercios cercanos a la calle de las Hileras tenían la persiana bajada. Los que ya habían empezado su jornada, esperaban a que volviera la luz fumándose un cigarro en el exterior o charlando con el dependiente vecino. No viene mal un respiro, ojalá haya sido muy gordo y me pueda quedar dos o tres días en casa explicaba un camarero. En el restaurante El Zagal cruzaban los dedos. El apagón podía llegar a costarles unos mil quinientos euros. Aquí servimos unas doscientas comidas diarias, y a ocho euros el menú... La idea de tener que tirar la comida ya empezaba a rondar la cabeza de Pablo, cocinero. Ni siquiera hemos querido abrir el congelador para que el frío aguante todo lo que pueda A Javier Faciaben, director gerente del restaurante La Bámbola, le ocurría lo mismo. Su local estaba a oscuras y aseguraba que así no podía trabajar. Esto puede suponer unos 3.000 euros menos si a la hora de comer no ha vuelto la luz Unos oficinistas esperaban en un portal de la calle la Flora, donde se respira abundante humo- -el incendio se encuentra a menos de treinta metros- Primero, empezó a vibrar la luz. Después, oyeron las sirenas de los bomberos. A los pocos minutos la policía municipal les desalojaba. La calle Arenal ayer se dividía en afortunados y desdichados. Una acera de la calle tenía luz. La otra, no. Los trabajadores de la acera iluminada gastaban bromas y se burlaban de los que no compartían su suerte. Estamos cobrando con una linterna. Los clientes no ven qué hay en la estantería, sólo entran los que tienen las ideas claras afirmaba el dependiente de una droguería. Y por último, los helados. En la zona oscura hay unas cuantas tiendas regentadas por chinos. En ellas, los refrescos y los helados constituyen uno de sus mayores reclamos. Dentro de la tienda, mucho calor. Y dentro del congelador, envoltorios arrugados y hasta chorreantes. El dependiente, de ojos rasgados, no hablaba apenas castellano, pero sí el lenguaje universal de los gestos: señalaba nervioso al fluorescente del techo, apagado, y se echaba las manos a la cabeza.