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24 MARTES 18 7 2006 ABC Internacional Un equipo de rescate trata de ayudar a un hombre gravemente herido en un edificio destruido por un cohete de Hizbolá, ayer en Haifa AP Olmert denuncia el eje del mal de Siria e Irán y les acusa de teledirigir a Hizbolá Los Katiusha convierten a Haifa en una ciudad fantasma donde sólo suenan sirenas y explosiones b La guerrilla libanesa amenaza con convertir Tel Aviv en otra Kyriat Shmona, ciudad fronteriza que lleva bajo el fuego de los cohetes desde hace varios lustros JUAN CIERCO. CORRESPONSAL HAIFA. Haifa se levantó ayer como se había acostado la víspera, con mucho miedo. Un miedo que crece y crece hasta convertirse en pánico con el ulular de las sirenas de alerta, las que avisan, muchas veces después de que hayan hecho explosión, de la llegada inminente de los cohetes Katiusha y de los misiles Farjar- 3 de fabricación iraní, de medio alcance y de psicosis entera. Haifa es una ciudad que normalmente habla, no grita. Que de forma habitual anda, no corre. Que un día sí y otro también sonreía, no lloraba. Desde hace 48 horas, Haifa grita, corre, llora de miedo, de impotencia, consciente de que se ha convertido por los méritos propios de Hizbolá en el centro de la diana de su tiro al blanco. Lo fue el domingo, con la muerte de ocho trabajadores de la compañía de ferrocarriles. Lo fue ayer, sobre todo a partir de las dos de la tarde, durante una hora dramática que de madrugada tuvo su aperitivo y de noche su postre. Eran las dos, las dos de la tarde, no en el coso que tanto glosó Federico García Lorca a las cinco, sino en el centro de Haifa, paradojas de la vida en la calle Líbano, cuando comenzaron a sonar las sirenas de alarma, en un creciente agudo que te llena los oídos y te encoge el alma, el corazón, el cuerpo entero. A veces, antes de que el ulular terminara; otras, justo después, un ruido seco, hueco, profundo, y otro, y otro, y otro, y así hasta siete veces en sólo una hora, y otras dos por la tarde, y más sirenas de madrugada. Y el recuerdo de las bombas sónicas en Gaza. Y un edificio de tres plantas que se derrumba con una veintena de vecinos en su interior. Y once heridos que se recogen, algunos bajos los escombros, uno en estado crítico, los otros con la mirada perdida, la boca seca, los oídos sordos y las manos agarradas a sus salvadores, de los que no se quieren soltar porque temen perder el contacto con la vida. Panorama desolador Y uno, ante un panorama desolador, con civiles inocentes al borde de la muerte, con la vista puesta en el norte, en San Juan de Acre, en Tiberiades, en Carmiel, en Nahariya, en Safed, obser- Israel rechaza un alto el fuego hasta que liberen a los dos soldados secuestrados y cese la amenaza al otro lado de la frontera libanesa va el dantesco espectáculo y viaja en el espacio a sólo un puñado de kilómetros, y planea sobre Beirut, sobre sus barrios más castigados, sobre el sur del país, Tiro, y sobre el norte, Trípoli, y cierra los ojos porque prefiere no ver tanta destrucción a la vuelta de una esquina que ya no existe, en lo que era una calle que ya no tiene nombre ni números. No sucederá por el momento lo mismo en Damasco: Dan Halutz, jefe del Estado Mayor de Israel, descarta por ahora un ataque a Siria. La destrucción y la muerte se dan siempre la mano en la distancia, aunque aquí, en el norte de Israel, en una Haifa que sostiene la industria del país y no puede por más tiempo estar paralizada (los cohetes también han caído en el puerto, por ejemplo) pasee con pasitos más cortos y comedidos que en el vecino país del Cedro. Muerte y destrucción que también Hizbolá quiere llevar al galope hasta Tel Aviv, la siguiente parada y fonda de unos cohetes que ya se conocen al