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ABC LUNES 17 7 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL MURO DE HIERRO Í, es verdad que Israel aplica de un modo odioso la vieja ley del Talión. Sí, es verdad que los soldados del Tsahal o los misiles de la aviación matan en ocasiones a niñosy mujeres con despreocupadaindiferencia. Pero los niños indefensos muertos a manos de los israelíes siempre parecen más indefensosy hasta más niños que losniños indefensos israelíes que mueren en atentados terroristas palestinos. La prensa europea es mayoritariamente antisemita, o antisionista, o simplemente antiisraelí. Lógico; la mayoría de los periodistas europeos con capacidad de influencia se formaron en los años de la Guerra Fría, bajo cuyo esquemático mapa político Israel era una sucursal imperialista de los Estados Unidos y los palestinos gozaban de la simpatía de la izquierda y del apoyo soviético. En esos años, lejano aún el fantasma del integrismo islámico, se forjó el mito de IGNACIO la resistencia guerrillera, CAMACHO de la legitimación moral del terrorismo, de la satanización del Estado judío como un leviatán belicista y vengativo que diluía con su crueldad expansionista la simpatía liminal de las víctimas del Holocausto. Mitos, es decir, causas prefabricadas, tótems de la propaganda, fetiches de consumo ideológico, reduccionismos de una realidad compleja, sinuosa, retorcida. Y, sobre todo, dominada por un odio de milenios que el maniqueísmo eurocéntrico simplifica en banales etiquetas de prejuicios. No hay buenos y malos en el conflicto de Oriente Medio, que es un pleito sangriento enredado en los vericuetos de la Historia hasta los confines del Antiguo Testamento. Hay dos pueblos con el mismo derecho a la existencia enfrentados a muerte por un suelo que ya no saben ni pueden compartir. Ninguno de esos pueblos es inocente, porque todos han derramado sangre propia y ajena, hasta tal punto que nadie podría con justicia precisar quién empezó primero. La sangre llama a la sangre, y en el territorio de la Biblia suena más fuerte que en ninguna otra parte el grito de Caín. Pero... Pero Israel es la única democracia de esa región azotada. Un pequeño y próspero Estado de aires occidentales, blindado por un poderosísimo ejército, asentado a duras penas sobre la tierra de sus ancestros y rodeado de varios cientos de millones de musulmanes en cuyo imaginario remoto habita el sueño de echar a los judíos al mar. Esas naciones musulmanas se han transformado en la última década en bases sólidas y crecientes del integrismo islámico, el gran peligro moderno de la libertad, y han fijado en Israel la diana más visible y concreta de la ira de Alá contra Occidente. Israel resiste y resistirá, a su modo, a veces de un rencor y una temeridad demenciales, como lo manda el código genético de un pueblo acostumbrado a sobrevivir a contraviento de la Historia. Lo que tenemos que preguntarnos los occidentales es hasta dónde, hasta cuándo podemos agarrarnos aún a los viejos tópicos de una ideología simplista que desprecia el análisis de la realidad actual. El análisis que determina que detrás del muro de hierro y fuego de Israel, con todos sus excesos y sus contradicciones morales, está la trinchera que defiende la cómoda libertad desde la que compadecemos una causa en cuya última ratio se ha instalado la voluntad de nuestro propio exterminio. S EDUCACIÓN PARA LA ESCLAVITUD ECORDEMOS la célebre frase de JeanFrançois Revel: La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano Todas las ideologías totalitarias que en el mundo han sido aspiran a crear, bajo esa máscara de bondad, un hombre nuevo que se amolde a sus postulados. El ser humano, cada ser humano, posee unos rasgos, querencias y convicciones de índole moral que dificultan la consecución de ese modelo; las ideologías totalitarias, lejos de admitir la pluralidad de sensibilidades que componen la sociedad, tratan de modificarlas mediante la reeducación hasta convertirlas en engranajes del sistema. Si algo hermanó al nazismo y al comunismo fue precisamente este propósito de fabricar un hombre nuevo en el que el valor intrínseco de la persona era negado en pro de la comunidad. Esta labor de reeducación social se presentó, paradójicaJUAN MANUEL mente, como una empresa filantrópiDE PRADA ca. Y esa máscara del demonio del Bien fue a la postre la que amparó el derecho de desterrar a los arrabales de la sociedad a categorías enteras de hombres, incluso el derecho a aniquilarlos sin dubitación. Este sueño de construir la sociedad perfecta e imponerla a los demás sigue infectando los regímenes democráticos, bajo estrategias mucho más amables y sibilinas. Un ejemplo palmario de ingeniería social lo representa esa asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía, cuyo objetivo no es otro que imponer un nuevo sistema de valores, presentándolo como un imperativo moral e imprescindible para la existencia de una sociedad cohesionada. Para ello, se impone una nueva ética basada en los nuevos paradigmas el nuevo paradigma de familia, el nuevo paradigma de derechos humanos, el nuevo paradigma de género, etcétera. A nadie se le escapa que el adoctrinamiento de las mentes infantiles produce a medio plazo unos opí- R paros réditos electorales; a nadie se le escapa que todo régimen político que anhela perpetuarse dedica especiales esfuerzos a las tareas de proselitismo y propaganda entre los más jóvenes, pues con ello se asegura un granero de votos. A través de esta asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía, nuestros hijos serán atiborrados de un pienso ideológico que naturalmente no se limitará a incluir unas normas de convivencia cívica, sino que sobre todo se preocupará de imponer una moral pública que tuerza y pisotee la moral que los padres, legítimamente, les intentamos transmitir. Y así, por ejemplo, se entonarán las loas del derecho a elegir libremente la opción sexual y se les explicarán los muy benéficos logros que deparará la experimentación con embriones, todo ello aderezado con apelaciones a la recuperación de la memoria histórica y demás mitologías del Nuevo Régimen. La formación de nuevas generaciones de esclavos está asegurada. Ante tal atropello, los ciudadanos libres- -si es que todavía resta alguno- -deben actuar enérgicamente. Recordemos las palabras de Henry David Thoreau en su opúsculo Desobediencia civil (1849) Existen leyes injustas. ¿Debemos conformarnos con obedecerlas? ¿Nos esforzaremos en enmendarlas, acatándolas hasta que hayamos triunfado? ¿O debemos transgredirlas de inmediato? Si la injusticia requiere de tu colaboración, convirtiéndote en agente de injusticia para otros, infringe la ley. Que tu vida sirva de freno para detener la máquina. Lo que debes hacer es tratar por todos los medios de no prestarte a fomentar el mal que condenas Una ley es injusta cuando conculca derechos ciudadanos y trata de confiscar ese ámbito de libertad personal que corresponde en exclusiva al individuo y que el Estado no puede invadir. Esta asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía nos amenaza con una flagrante invasión de ese ámbito inviolable, ejercida además contra los más débiles e indefensos, que son nuestros hijos. La desobediencia civil será, llegado el momento, un recurso legítimo.