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5- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE Carlos Reverter, de 43 años, el abogado de Castellón asesinado cogió el pequeño botiquín del coche y se limpió las manos. Para entonces, la operación de búsqueda ya estaba en marcha. De hecho, el asesino se arrojó por un terraplén de 30 metros al ver a un patrulla a muy poca distancia. Tuvo suerte de salir vivo. La víctima fue localizada minutos después. Aún respiraba, aunque falleció tras su ingreso en un hospital. Cuando comenzamos a investigar no teníamos nada recuerda uno de los investigadores. Y, sin embargo, seis días después el criminal, Daniel J. C. un colombiano de 28 años, estaba detenido. La clave la aportaron los objetos personales de la víctima que el asesino había regalado a su novia. Las huellas en el coche y algunos objetos del abogado que también se encontraron en su poder acabaron por incriminarle. Su novia fue acusada de encubrimiento. Daniel J. C. eligió a su víctima al azar. P Zona de huertas de Castellón donde fue encontrado agonizante el letrado Carlos Reverter, que había sido secuestrado horas antes EFE S oy Carlos Reverter, me acaban de secuestrar en la calle Herrero y estoy en el maletero de mi coche, un Audi TT gris plata. ¡Ayúdenme! A las 16: 12 del 20 de diciembre del pasado año, la centralita del 112 de Castellón recibía esta angustiosa llamada, que poco después se repetía en términos similares aunque con una diferencia importante: de fondo, se oían gritos de un individuo que ordenaba a la víctima que apagase su teléfono. Segundos más tarde el celular estaba fuera de servicio... El asesinato había comenzado a gestarse sólo unos minutos antes, cuando el abogado Carlos Reverter, de 43 años, a bordo de su automóvil, iba a entrar en un céntrico aparcamiento y fue abordado por un desconocido armado con una pistola que le obligó a meterse en el maletero. No se dio cuenta de que la víctima llevaba móvil. Reverter decidió utilizarlo. Consciente de que su localización era cuestión de minutos, el delincuente enfiló una de las salidas de la ciudad y se detuvo en un camino forestal. Entonces bajó del coche y descargó toda su furia contra el abogado, al que dejó moribundo de una salvaje paliza. Luego le robó un colgante de oro, un reloj de propaganda, un pequeño monedero, algunas ropas... Pero el criminal aún hizo otra cosa: Ocultos en el monte, con un hijo atado para que no escapara El caso, resuelto el pasado 16 de marzo por la Sección de Homicidios y Desaparecidos de la UDEV Central de la Policía, apenas si tuvo relieve periodístico y, sin embargo, fueron necesarios dos años de trabajo para resolverlo. En 2003, la Policía belga informaba a la española de que un hombre y una mujer, que habían intentado matar al marido de ésta a palos, podían haber huido a nuestro país con dos hijos del matrimonio. Eso fue todo: unos nombres. Ni una pista, ni un indicio, nada. Muy explícitos no fueron, la verdad dice ahora divertido uno de los investigadores. Había un único hilo del que tirar. El hombre, español de origen, tenía familia en Galicia y parecía claro que si querían ocultarse debían contar con alguna cobertura. Sin embargo, sucedía algo extraño: ningún niño con esos apellidos estaba escolarizado, en ningún padrón figuraban y los seguimientos de los allegados no daban resultados. Pasaron muchos meses, pero la Policía no olvidó el caso. La pista definitiva se obtuvo rastreando en las actividades laborales de uno de los familiares del hombre buscado, ya que era evidente que el desaparecido tenía que tener alguna actividad laboral para subsistir. De esta forma se pudo centrar el lugar donde se ocultaba la familia, una zona rural de Orense con apenas casas, en la que realizar cualquier vigilancia sin levantar sospechas era misión casi imposible: Al principio enviamos a dos agentes muy guapos, pero tuvimos que cambiarlos porque daban el cante cuenta entre risas una responsable policial. Pero pese a las dificultades el trabajo daba sus frutos, y así se comprobó que el hombre vivía obsesionado con su seguiridad: sólo iba por caminos rurales, que transitaba en un destartalado Fiat que pintó él mismo de forma grosera; no escolarizó a sus hijos, a pesar de que el mayor, ya adolescente, lo pedía a gritos, lo que le costó vivir encadenado; su padrastro, además, se disfrazaba a diario con pelucas y barbas y bigotes postizos; su teléfono móvil estaba prácticamente apagado todo el día... No le sirvió de nada. El 16 de marzo los agentes les detuvieron en su vivienda. Pero aún les esperaba otra sorpresa: los niños habían sido perfectamente aleccionados para que guardaran silencio si llegaba la Policía. rimero un golpe seco y luego una frase: Estáte tranquila, apaga el móvil Esto fue lo que el novio de la joven granadina Beatriz Collado oyó a las diez y cuarto de la noche del pasado 1 de marzo cuando mantenía una conversación con ella. Hablaban todos los días a esas horas. Una rutina que resultó clave en la tragedia. Beatriz estuvo esa tarde haciendo deporte con una amiga en el Parque Almunia. Poco antes de las diez de la noche ambas se despidieron y la joven se montó en su coche para volver a casa. Unos minutos después miró el reloj y vio que eran las diez y cuarto. La hora de hablar con su novio. La zona es despoblada, la frecuentan parejas en busca de intimidad y también yonquis, y por eso la chica buscó las luces del único edificio habitado. Allí aparcó, confiada. Y allí fue asaltada por un desconocido. Esa misma noche se encontró el coche de Beatriz con la ventanilla del conductor rota. Ya por la mañana, un agente forestal localizó el cadáver en el pantano de Cubillas. La autopsia demostró que hubo una agresión sexual. Al igual que en Castellón, los objetos personales de la víctima, robado por su asesino, aportó la pista definitiva. Como en el caso del letrado, el criminal se los había regalado a su novia, la primera persona localizada por la Policía. Luego fue cuestión de atar cabos. El asesino había dejado su huella genética en Beatriz, y coincidía con la del novio de la chica. A pesar de ello, este individuo intentó involucrar a su proveedor de droga. Hasta el momento de realizarse las pruebas de ADN, todos fueron encarcelados. Fue por poco tiempo. Las pruebas contra José M. G. no dejaron lugar a las dudas.