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64 SÁBADO 15 7 2006 ABC FIRMAS EN ABC mún, ambos se ausentan de Hungría durante la dictadura de Horty. Márai, hombre liberal, vive algunos años un exilio voluntario, que habrá de ser definitivo tras 1948, con el establecimiento de una República de corte soviético en su país. Se suicida en 1989 en San Diego, California. Los motivos de la marcha de Andrés Revesz son un misterio. Tiene una larga estancia en Francia, donde cultiva estrecha amistad con André Maurois, de cuyo fervor femenino recibe fuerte influencia literaria. Las novelas de Revesz tienen la huella del autor de Climas una maravillosa novela hoy prácticamente desaparecida. Revesz escribe también Los Balcanes, avispero de Europa y Treinta años trágicos (1914- 45) ¿Qué llevó a Andrés Revesz fuera de Hungría? Hay quien sospecha que sus orígenes políticos estuvieron en el espartaquismo, antecedente de comunismo radical, auspiciado por Rosa Luxemburgo, que daría paso al partido comunista alemán. Su actitud ideológica posterior, fuertemente conservadora, es todo lo contrario, quizá producto de una pronunciada evolución desde unas posiciones juveniles incompatibles con el régimen de Horthy. Aquel Andrés Revesz de extremada y pálida delgadez, con una electrizada cabellera blanca que recordaba la de Arturo Rubinstein, mantenía un cerrado secreto sobre su pasado. Le sustituí en el comentario político internacional, pero nunca pude obtener de él más que educadas evasivas sobre su pasado. Todo lo resolvía con el ejercicio de prodigiosos alardes nemotécnicos sobre la historia universal. Leyendo a Sándor Márai me he acordado mucho de Andrés Revesz en este año en que se cumple el ciento diez aniversario de su nacimiento. Ambos fueron cronistas de una Europa que murió. MIGUEL TORRES PERIODISTA SÁNDOR MÁRAI Y ANDRÉS REVESZ Vivieron, con trayectorias personales y políticas distintas, el tiempo común de la regencia del almirante Horthy, más de veinte años en los que la corriente liberal que impregnaba a la burguesía húngara desapareció bajo la interpretación totalitaria con que el regente se enfrentó a la naciente amenaza marxista... A lectura de la extraordinaria novela La mujer justa del escritor húngaro Sándor Márai, uno de los más grandes novelistas centroeuropeos, me ha traído a la memoria a otro húngaro singular, Andrés Revesz, biógrafo, novelista y, por encima de todo, periodista, unido profesionalmente durante medio siglo a esta Casa de ABC. Precisamente en este año se cumple el ciento diez aniversario del nacimiento de Revesz, el hombre que dio una nueva dimensión de erudición al comentario periodístico de la actualidad internacional. Ambos, Márai y Revesz, nacieron en dos ciudades húngaras, Kassa y Galgócz, que pasaron a Checoslovaquia al final de la segunda guerra mundial, tras el reajuste soviético de los territorios ocupados, y que ahora son eslovacas. Márai era cuatro años más joven. Vivieron, con trayectorias personales y políticas distintas, el tiempo común de la regencia del almirante Horthy, más de veinte años en los que la corriente liberal que impreg- L naba a la burguesía húngara desapareció bajo la interpretación totalitaria con que el regente se enfrentó a la naciente amenaza marxista. Fueron los años de entreguerras, cuatro lustros en los que Europa- -y en esa Europa el régimen establecido en Budapest tras la caída del imperio austrohúngaro- vivió un sueño de felicidad del que le hicieron despertar los carros de combate de Hitler, y, después, los de Stalin. Sándor Márai confesó que tal vez la única obligación de su vida y de su trabajo como escritor era la de describir el proceso de desintegración de la clase media húngara. Lo consigue con singular belleza en La mujer justa Es una historia de amores, traiciones y mentiras narrada en tres monólogos consecutivos: el de la esposa, Marika, el del marido, Péter, y el de la amante, Judit, que se convierte en la segunda esposa del marido. Tres versiones de una misma historia. La tentación fácil es la de recordar El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, la vi- ARCHIVO Andrés Revesz en ABC sión poliédrica del mundo de Justine, pero sólo en lo que tiene de interpretación unilateral de la estructura de los hechos. La sutileza sicológica, las zozobras amatorias de los tres relatos de Márai, se precipitan en el último, cuando la artillería del mariscal Malinovski destruye en Budapest, junto con los puentes sobre el Danubio, toda una forma de vida, la de los felices años veinte, en los que una opulenta burguesía disfruta del Estado heredado del antiguo imperio sin adivinar lo que se les venía encima. En las vidas de Sándor Márai y de Andrés Revesz hay un punto en coción: aunque en las calles se tenga sensación de seguridad, nadie desdeña el peligro y, tras la aparente calma, se está alerta y se analizan las circunstancias que los desencadenaron. A las tesis que apoyan las razones religiosas se oponen las que arguyen motivos económicos: los terroristas pretenderían corregir la humillación que supone poseer el petróleo con el que se mueven las máquinas del mundo y los motores que generan riqueza y diversión y que, sin embargo, a muchos de ellos EUGENIO FUENTES ESCRITOR LEEDS: UN AÑO DESPUÉS EEDS es una ciudad ubicada en el centro de Inglaterra, en el hermosísimo condado de Yorkshire, con más de 400.000 habitantes y un gran ambiente universitario. Al igual que ocurre en la banlieu de París, alrededor de la city se concentran zonas de una densa población árabe que no ha terminado de integrarse en el país que la acogió. En una de las aulas de su universidad impartió clases de Química el egipcio Magdi el Nashar, sospechoso de preparar las bombas de los atentados del 7 de julio en Londres. Pocos días después fue detenido en El Cairo, pero pronto fue liberado sin cargos por las acusaciones que antes lo implicaban. De Leeds, además, salieron hacia Londres los terroristas suicidas. Para un español que llega allí un año después, dos aspectos llaman la atención. El primero es la admirable entereza con que los británicos han asimi- L lado un golpe tan doloroso. No olvidan los atentados, pero la vida continúa sin crispación. Cuesta creer que de estas calles prósperas, apacibles, llenas del comercio que pacifica y une al satisfacer a todos las mismas necesidades- -comida, ropa, coches, electrónica... con casas de sólidos y viejos ladrillos rojos, salieran cuatro terroristas con mochilas cargadas de explosivos. Los árabes con quienes ahora uno se cruza parecen satisfechos, van bien vestidos y no tienen el rictus feroz que hemos visto en los violentos que parecen exigir a Occidente que se disculpe ante el Islam por los daños históricos que le haya causado. El paisaje rural también parece inclinar a la templanza: suaves colinas de pastos y de sotos que parecen hinchadas por las raíces de tanta hierba verde, casi suculenta. Un segundo aspecto llama la aten- Aunque en las calles se tenga sensación de seguridad, nadie desdeña el peligro y, tras la aparente calma, se está alerta y se analizan las circunstancias que los desencadenaron sólo les llegue el humo de su combustión. Para otros, en fin, el bombardeo de Irak ha hecho que muchos musulmanes nieguen la premisa de que un terrorista religioso no tiene ni un ápice más de justificación que cualquier otro terrorista. Difieren las interpretaciones, pero el pesimismo es común a todos los británicos. El discurso oficial de Tony Blair perdió credibilidad tras los engaños de las armas de destrucción masiva y de las conexiones de Sadam Hussein con Al Qaeda. Las pasadas elecciones iraquíes más parecen un modo de legitimar a quien ya está en el poder que un plebiscito verdaderamente libre. No se atisba una salida hacia un cercano horizonte de paz y una de las afirmaciones más repetidas es que pasarán cien años antes de que Occidente solucione esta crisis. En ninguna otra hubo tantos camicaces dispuestos a matar a civiles inmolándose con una bomba en la cintura para instaurar ningún paraíso en la Tierra. Nueva York, Madrid, Londres, Bombay. ¿Dónde estallarán las próximas? Esta crisis será larga y sangrienta, se afirma en las viejas calles de Leeds, y, de momento, lo único posible es minimizar los daños.