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62 Cultura SÁBADO 15 7 2006 ABC DANZA Hell s Kitchen Dance Un espectáculo de Mikhail Baryshnikov. Coreografías: Aszure Barton y Benjamin Millepied. Audiovisuales: Kevin Freeman y Oliver Simola. Diseño de luces: Leo Janks. Lugar: Teatro Español, 13- VII EL ARTE DE CONMOVER JULIO BRAVO a capacidad de conmover sobre un escenario no conoce las reglas de la edad. Por eso Mikhail Baryshnikov (en enero cumplió 58 años) sigue emocionando y admirando, como bien ha podido comprobar el público (entregado de antemano, eso sí) que ha acudido al teatro Español para ver los resultados del nuevo proyecto artístico del inquieto bailarín letón: el Baryshnikov Arts Center (BAC) creado, según él mismo ha explicado, para dar alas a los jóvenes creadores. Baryshnikov- -que afirmó hace unos días que como espectador lo único que busca es que le conmuevan- -es uno de esos escasos bailarines que ha logrado traspasar el ámbito de la danza y se ha convertido en una leyenda, gracias fundamentalmente a sus incursiones cinematográficas y televisivas. La expectación despertada en Madrid (una ciudad que ha visitado varias veces en la última década) estaba, pues, justificada. Con dos de esos jóvenes creadores a los que quiere promocionar Baryshnikov- -la canadiense Aszure Barton y el francés Benjamin Millepied- -ha conformado Baryshnikov el programa presentado en Madrid. Lo componen tres coreografías: Over Come y Come In de la primera, y Years later L del segundo. Over Come es una pieza menor: intrascendente, ligera, luminosa y colorista... incluso veraniega. Una perfecta presentación de la compañía, que muestra en ella sus aptitudes técnicas y artísticas y sus muchas posibilidades futuras. En Years later Baryshnikov echa la vista atrás y recuerda sus años jóvenes, no se sabe si con nostalgia o mirada burlona- -es de suponer que habrá un poco de todo- El vídeo es una parte importante de esta pieza, para bien y para mal. Para bien porque el paso a dos que Baryshnikov baila con su imagen de más de treinta años atrás (la proyección muestra al bailarín en su juventud realizando en el estudio diversos ejercicios) es ingenioso e interesante; y para mal porque hay momentos excesivamente largos, sobre todo el vídeo inicial. Tampoco el resto de la coreografía saca partido del enorme talento que sigue atesorando Baryshnikov, y que sólo se asoma en alguno de sus movimientos. Sí brilla el bailarín- ¡y cómo! -en la tercera pieza, Come in que es igualmente una extraordinaria carta de presentación para Aszure Barton, su coreógrafa. La obra es un regalo para los sentidos y para el espíritu, empezando por la dulzona y acariciadora música de Vladimir Martynov; sobre ella teje su creadora una coreografía susurrante, tierna y apacible (la única pega es que alarga su final en exceso) en la que Mikhail Baryshnikov ejerce de concertino. Toda la clase del bailarín permanece intacta, y también naturalmente su sensibilidad, su magnetismo, su arrebatadora elegancia... Físicamente, además, sigue en una forma envidiable, que él se encarga además de airear con algún salto y algún giro marca de la casa... Aunque esto es lo de menos. Lo importante es comprobar que el arte de conmover desprecia el calendario, y que el mundo de la danza Mikhail Baryshnikov, en su actuación en Madrid REUTERS Toda la clase del bailarín sigue intacta, y también su sensibilidad, su magnetismo, su arrebatadora elegancia puede seguir disfrutando aún por completo de uno de los más grandes artistas de la historia: Mikhail Baryshnikov. Así lo entendió el público que llenaba el Español y que le ofreció al final una ovación que tenía tanto de admiración como de cariño y de agradecimiento. JAZZ Festival de Vitoria Conciertos de Mina Agosi; Kenny Barron Trio; Sergio Mendes, Bad Plus; Ron Carter Trio; Lincoln Centener Jazz Orchestra con Wynton Marsalis. Lugar: Polideportivo Mendizorroza y Teatro Principal, Vitoria. Fechas: 12 y 13 de julio DISPARATES, ACIERTOS Y EXQUISITECES LUIS MARTÍN enny Barron no precisa de señuelos para convencer de que dispone de valores sobrados para colocarse sobre la escena. Sencillamente decide explicarse, quedo y directo. Este pianista ha sido uno de los dos jefes de fila que llegó en la sexta jornada del festival al polideportivo de Mendizorroza; el otro, el brasileño Sergio Mendes, compareció diluido en una orquesta que hacía bulto sobre la escena con un único fin: descubrirnos la ma- K chacona base rítmica que ahorma las canciones de su disco Timeless El espectáculo es de una simplicidad dañina. Un max- mix construido a partir de canciones como Mais que nada o Berimbau con la alternancia en escena de una pareja de mujeres que hacen algo parecido a cantar, y de un rapero que recuerda a King África. Así son las cosas. Y ahí el frenético ataque danzarín que sufrió una parte del público, y ahí, también, la espantada del resto, que había venido a escuchar jazz y no esta versión carioca de Georgie Dann. Menos mal que Kenny Barron tiene mucho jazz por derecho que ofrecer. Un hombre de formas apasionadas pulsando con la mano izquierda el teclado de su instrumento, e inspirado hilvanando melodías por donde nadie lo haría, con la derecha. Su capital de recursos viaja ahora bien respaldado por el sutilísimo contrabajista Kiyoshi Katagawa, y por el baterista Victor Lewis, que dio lo mejor de sí mismo, replicando las incitaciones de Barron sin necesidad de levantar espacios en solitario. En la tarde, la cantante francesa Mina Agossi, a la que hay que seguirle la pista, dejó bien sentada otra concepción del jazz, sin prejuicios y mirando hacia las vocalistas clásicas, pero desde la reflexión actual. Versiones de Monk y Hendrix para unas construcciones en las que cuentan los equilibrismos vocales de Mina, las inquietudes vanguardistas del contrabajista Eric Jacot y la versatilidad del baterista Ichiro Onoe, uno de esos técnicos que permiten despreocuparse. La jornada del jueves comenzó con el trío de Ron Carter. Durante mucho tiempo y para muchos aficionados, las grabaciones en trío de piano, guitarra y contrabajo efectuadas por Nat Cole, en los 40, han sido consideradas como material altamente apreciable. Y bien merecidamente, por cierto, sabido como es que el propio Cole sintió una pena muy grande al abandonarlas cuando optó por una carrera como cantante más lucrativa. La misma fórmula se ha podido escuchar ahora en este festival gracias a este conjunto que componen el contrabajista Ron Carter, el guitarrista Russell Malone y el pianista Mulgrew Miller. Es el suyo un jazz fácil de amar, con un Ron Carter con poco fuelle, cierto, pero con gran sabiduría; con un pianista de modales tan exquisitos como Mulgrew Miller, capaz de desarrollar en trayectorias diferentes la melodía, y con Russell Malone en la guitarra, arrancando ovaciones en sus solos. Jazz de cuño clásico y elegante, del que posibilita que la propia historia reverdezca versionando estándares como My funny Valentine y Autumn leaves a los que se buscaba un aroma y un dibujo diferentes a los originales. El trío Bad Plus, en su comparecencia en las sesiones del Teatro Principal, demostró que comparte idéntica filosofía. Música de arreglos inteligentes y contundente rítmica, que une mundos que, como los del pop y el jazz, están condenados a entenderse. Y cerró la velada la Lincoln Center Jazz Orchestra con el trompetista Wynton Marsalis a su frente. El objetivo era diáfano: estrenar la Suite de Vitoria obra encargada hace tiempo por este festival, y de la que ya se había avanzado algún fragmento. Evocaciones de jazz latino, swing e, incluso, piezas de frívola coloración mexicano- flamenca, sin duda responsables de que los músicos doblasen como palmeros desde los atriles. Lástima que tantas virtudes instrumentales se desperdicien en proyectos tan inciertos.