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ABC SÁBADO 15 7 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA CATARSIS FUTBOLERA A última vez que en España se produjo un descenso federativo de dos clubes de Primera, Sevilla y Celta, por no presentar los avales de su conversión en sociedades anónimas, la concluyente respuesta popular obligó a las autoridades a readmitirlos para no provocarun conflicto civil. Salvopor atentados terroristas, no se habían visto desde la Transición semejantes manifestaciones ciudadanas. Es verdad que el felipismo estaba en declive, cercado por la escandalera de la corrupción, y no quería enfrentarse a más problemas, pero desde aquella vergonzosa amnistía quedó claro que elfútbol es impune en nuestro país; ni siquiera hubo manerade desalojar del Atlético a la familia Gil, pese a las abrumadoras irreguIGNACIO laridades descubiertas por CAMACHO los jueces. Ni se cierran los campos por flagrantes actos de barbarie, ni se investigan unas finanzas que en cualquier empresa darían con sus gestores en prisión. En Italia, una sociedad más corrupta que laespañola, donde de vez en cuando se produce una catarsis para depurar las cañerías, han descubierto que su rutilante planeta futbolístico, capaz de conquistar el Campeonato del Mundo, hundía sus cimientos en una ciénaga. Los capos de la mafia que manipulaba los resultados eran los dirigentes de la Juventus y el Milan, equivalentes en influencia y prestigio al Madrid o al Barcelona. El fraude era colosal: se arreglaban los partidos manejando a los árbitros como títeres de barraca, se corrían apuestas clandestinas y se inflaban a jeringazos los músculos de unos futbolistas con sospechosa pinta de gladiadores. Un juez tiró de un hilo indiciario y descubrió, mediante escuchas telefónicas, el asombroso descaro con que ciertos gerifaltes trucaban los campeonatos. Moggi, el jefe de la Juve de los Agnelli, era el Lucky Luciano de un clan de delincuentes de cuello blanco que se ramificaba hasta los subalternos de Berlusconi. Al final ha habido purga, como ocurrió en la política de los noventa cuando la operación Manos Limpias hizo saltar por los aires el sistema. Y aunque no faltan voces desvergonzadas que piden una amnistía al amparo de la euforia mundialista, la vergüenza es tan manifiesta que difícilmente queda otro camino que el castigo ejemplar y la tabla rasa. Si en España hubiese jueces dispuestos a escudriñar las tripas del fútbol, el bochorno italiano podría parecer un pasatiempo de monjas. En el ámbito futbolero se vulnera la ley cada vez que se enciende la luz. Entidades que gestionan presupuestos millonarios carecen de control y se mueven bajo la impunidad de su influencia de masas. Hay personajes conocidos en el mundillo por su capacidad para trocar resultados, y cada vez que acaba una temporada se producen fenómenos sonrojantes que nadie quiere investigar porque políticamente es más rentable mirar para otro lado. La omertà impide mirar en la trastienda de los estadios a sabiendas de que hay allí pasadizos que conducen directamente al alcantarillado. Pero el día que un magistrado descorralas cortinasno habrá mascarillas bastantes para camuflar el hedor de ese lodazal de lujo infeccioso. L AGUR, JULEN O vi llorar desconsoladamente el otro día, mientras anunciaba su retirada, y me entraron ganas de llorar a mí también, en recuerdo de tantos sueños abolidos, en recuerdo de tantas ilusiones cercenadas, en recuerdo de tantos años que ya nunca volverán. Julen Guerrero fue el ídolo de mi juventud; nunca podré olvidar su hermosa estampa de adolescente viscontiano, ni aquella manera que tenía de celebrar los goles. Era una gozada verlo enarbolar el puño, con la melena incendiada por el aire de la victoria, la dentadura apretada de júbilo, el rostro sombreado por las pecas y aureolado por una pelusa que no alcanzaba el rango de barba. En unos pocos años, se convirtió en el futbolista más querido de los españoles: los niños lo imitaban, las mujeres caían rendidas a su paso, los equipos más pudientes se lo disputaban con cheques en blanco. Pero Julen Guerrero prefirió quedarse en el Athletic JUAN MANUEL de Bilbao, por fidelidad a los colores DE PRADA que había soñado vestir desde niño; y, gracias a su carisma, el Athletic volvió a ser el segundo equipo de la mayoría de los españoles, como en los tiempos heroicos de Zarra y de Gaínza. Julen Guerrero no tenía un regate virtuoso y efectista, no tenía esa fortaleza arrasadora que se presume en los delanteros natos, no tenía ese arranque de velocidad que deja sentado al adversario. Sin embargo, era clarividente y resolutivo, no se perdía en superfluos juegos malabares ni se emborrachaba de balón, lanzaba unos pases certeros de banda a banda que desarbolaban las defensas adversas. Y cuando pisaba el área, aquel pie de felpa que un minuto antes le había servido para organizar el ataque se convertía en un estilete con hambre de gol. Perseguíamos su silueta por el césped, seguros de que tarde o temprano dejaría su rúbrica prodigiosa; y Julen no solía defraudarnos: raro era el partido que no nos procuraba algún destello de inmaculado talento, alguna pincelada L de clase que nos hacía pensar que, de su mano, el Athletic volvería a ser aquel equipo mitológico que en otras épocas había convertido el triunfo en una consabida rutina. Su juventud extrema nos auguraba, además, alegrías sin cuento. Había debutado con apenas dieciocho años; y aquellos inicios apabullantes prometían una madurez esplendorosa. Pero algo se torció de repente; algo que ningún cronista deportivo ha sido capaz de dilucidar; algo que todavía nos llena de estupor y abrumada tristeza. El futbolista que había concitado los elogios más encendidos se fue difuminando en los pasadizos de una grisura que al principio creíamos pasajera, pero que, poco a poco, se fue convirtiendo en una dolencia crónica. De la noche a la mañana, fue confinado en el banquillo; y allí se pasó, en un destierro oprobioso, los años de su madurez, aquellos años que los aficionados del Athletic tantas veces habíamos imaginado como un repetido paseo en gabarra. Semana tras semana, abría el periódico esperando toparme con el titular que celebrara el regreso de Julen Guerrero, la rehabilitación de su talento, el final del túnel; pero ese titular nunca llegó. La luz matinal y como recién estrenada que aquel chaval de Portugalete había traído al fútbol se había extinguido para siempre. Cada vez que viajaba a Bilbao, inquiría a mis amigos la razón de aquel apagamiento; ninguno me supo dar nunca una respuesta convincente. Tal vez ni siquiera el propio Julen Guerrero la supiese. Mientras lo veía llorar ante las cámaras de televisión, me sentí irremisiblemente viejo, como si de repente me hubiesen brotado verrugas en el alma. Pero un segundo después volví a recordar al adolescente viscontiano que celebraba los goles enarbolando el puño, con la melena incendiada por el viento de la victoria y la dentadura apretada de júbilo. Aunque aquellos años ya nunca vuelvan, aunque el tiempo nos encorve de sueños abolidos e ilusiones cercenadas, nunca podré olvidar la exultación que trajiste a mi juventud. Agur, Julen.