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72 VIERNES 14 7 2006 ABC FIRMAS EN ABC ÁLVARO VALVERDE ESCRITOR EL CIERRE DE UNA LIBRERÍA La mayor parte de la gente no lee. Será por eso que a los políticos no les resultó difícil adoptar la decisión del cierre, a sabiendas de que no les iba a pasar lo que podría haber sucedido si lo sellado hubiera sido, insisto, un bar... H ACE unos días visitaba, en compañía de Santiago Castelo, la librería Boxoyo de Cáceres. Está situada en la Parte Antigua, a un paso del Archivo Histórico Provincial. Llevaba cerrada hace más de quince días por orden municipal. Encontramos a su propietario, Jaime Naranjo, apesadumbrado y muy molesto por la extravagante decisión, a pesar de que tenía noticia de un inminente permiso de reapertura (que llegó, sí, pero con demasiadas exigencias) La acelerada existencia que uno lleva (la que, según mi amigo Basilio Sánchez, médico intensivista, nadie debería llevar) me ha impedido visitar las veces que hubiera querido esa librería. Sí pasé en distintas ocasio- nes por su primer local, un amplio piso de Cánovas. También frecuento su sede virtual en internet, una de las mejores librerías de viejo de España, además de uno de los pocos lugares donde podemos encontrar libros escritos por extremeños o que traten de Extremadura. Cada poco, por razones profesionales, me encuentro con Jaime Naranjo hijo, alguien en quien uno aprecia la misma pasión por los libros que adorna la personalidad de su señor padre. Es aquí, en lo del entusiasmo, donde debería haberse centrado la polémica suscitada por el cierre cautelar de su librería resuelto ayer parcialmente, como decimos, por el Ayuntamiento de Cáceres. Ahí estaba la clave de su dolor (antes que de su natural disgusto: al fin y al cabo vive de eso) y, por extensión solidaria, del nuestro: los que amamos la lectura y los libros. Otros, amén del interesado, han puesto sobre el papel los datos técnicos y los informes periciales que avalaban lo aparentemente injusto de la decisión municipal. Más allá de las grietas (que pudieron provocar unas reformas del anterior propietario) el peso de los volúmenes (los 18.000 kilos ini- JAVIER LOSTALÉ ESCRITOR LA MEMORIA DEL ESPACIO L espacio nunca es inocente, pues tiene memoria. Nuestra biografía es un palimpsesto de ciudades, caminos, cielos, nubes, ventanas, encuentros y desencuentros, en el que continuamente nos escribimos y nos borramos. El tiempo, mientras, ajeno transcurre como un dios ciego y sordo, hasta que el movimiento de una hoja que retuvo el poso de una mirada, o el sueño entreabierto en un zaguán, le obliga a descender del olimpo y a encarnarse en el lábil cuerpo estelar de lo que avanza y retrocede, de lo que es triunfo y derrota, de lo que religa presencia y ausencia. Encarnación en horas y años frágiles como espejos, y a la vez núbiles de eternidad. Lo abstracto pierde así su fuerza excluyente del sujeto, y pasa a ser concebido por el ser humano tras la copulación con el espacio y su memoria. El tiempo se convierte entonces en un silencio preñado de voces, pasos, deseos y sueños con su propia geometría, capaces por tanto de ser medibles a través del pulso del espacio generado, porque el espacio tiene pulsaciones, padece procesos febriles consecuencia de las alteraciones y angustias E congénitas al alma que respira y ama dentro de sus límites. El espacio nunca es fósil, pues tiene memoria. Cada movimiento del homínido es registrado vertical y horizontalmente: en su vuelo de gracia y misterio, y en la quietud de lo innumerable tendido. En el espacio de una habitación hay una radiación solar dormida que nos teje a la maravilla si lo que fue palabra o gesto renace libre de herida. Fluye un rostro donde antes había sólo jardín, y alguien llega En el espacio de una habitación hay una radiación solar dormida que nos teje a la maravilla si lo que fue palabra o gesto renace libre de herida y dice nuestro nombre mientras cruzamos un laberinto de calles sin fin. En el espacio caben el desierto y la inundación, pues su memoria es unas veces surco donde se seca un pájaro abandonado mientras pasa el solitario, y otras vórtice de labios que succionan un ser hasta la asfixia. Quien delinea la superficie abrasada del pecho amante sabe que no volverá en sí hasta que se reencuentre con su infancia. Afuera, entretanto, una brisa transparente crucifica la memoria al zumbido inmortal de la sangre. En la distancia entre dos cuerpos hay siempre una bruma que se retrasa en rosa respirada antes de producirse la comunión. Luego, tras la íntima celebración, hay un alto navegar de árbol a árbol y de cielo a mar, que borra la memoria en su eternidad. ¿Y cuál es el espacio- -memoria de la soledad? La alteridad se vuelve embriaguez sin que nadie acuda a reconocerla y a compartirla. Por eso poco a poco se nublan los paisajes interiores alumbrados, y un dolor sin destino amanece el puro principado de los ardientes sin nido. Sólo la muerte confunde espacio y memoria. Quien no nos mira, toda nuestra vida desveló, y quien calla, con la cal de sus palabras nos construyó. Inmóvil como la piedra el muerto fecunda el sentido último de la existencia. Y al final el silencio: la memoria más honda del espacio, claustro donde el pensamiento se baña en su luz lunar, criatura mágica en busca de la verdad. Al final el silencio y su escritura total. ciales han quedado en 3.000) y el presunto cambio de uso del citado local, parece oportuno ir al fondo del asunto y éste no es otro que en una ciudad que presume, con justicia, de culta y que aspira, por ello, a ser Ciudad Europea de la Cultura en 2016 no debería cerrar ni cautelarmente ni de ninguna otra manera una librería so pena de parecer lo que no es: un villorrio inculto que tolera que se incumpla la normativa en lo referente, pongo por caso, a los ruidos nocturnos y toda la secuela de molestias que ocasionan a los sufridos vecinos (no a uno, a miles) y, sin embargo, es inflexible a la hora de clausurar una pequeña industria cultural. Ya lo han dicho otros también, pero lo reitero: si Cáceres tuviera un número de librerías significativo... Como en Hayon- Wye, digamos, ese pequeño pueblo del País de Gales donde 1.400 habitantes se reparten 42. No es el caso. Una librería, por cierto, que como se ha dicho, viene a dinamizar la Parte Antigua, tan necesitada de ello. Y que lo hace gracias a un negocio (si es que vender libros, en rigor, lo es) ideal para esa revitalización. Uno le tiene mucho respeto, como es lógico, al alcalde Saponi y a la concejala del ramo, Cristina Leirachá. Baste un detalle para justificar esa estima: la Feria del Libro que organizan en estrecha colaboración con los libreros (que, por cierto, están convenientemente asociados) y que no sólo es una de las mejores, si no la mejor, de las extremeñas sino que, por añadidura, no cae, como otras, en el vulgar error de la politización. Pues bien, es un secreto a voces que los Naranjo han estado desde el principio detrás de esa ejemplar Feria y esto es un suma y sigue de las poderosas razones que les asisten, razones de peso (éstas sí) que, antes que nadie, debería reconocer el Ayuntamiento de su ciudad. La semana pasada los dueños de Boxoyo pidieron su apertura inmediata y la nulidad del proceso mediante un recurso de reposición. Como decimos, se ha atendido, con condiciones, esa solicitud. Ya sé que a quienes criticamos el cierre de Boxoyo se nos pudo acusar, con simpleza, de demagogos. Me temo, no obstante, que el favor popular no se gana estando a favor de las librerías, pues la mayor parte de la gente no lee. Será por eso que a los políticos no les resultó difícil adoptar la decisión del cierre, a sabiendas de que no les iba a pasar lo que podría haber sucedido si lo sellado hubiera sido, insisto, un bar. Hay más bebedores que lectores, está claro. Ahora bien, con semejante espíritu, que se olviden los cacereños de aspirar a nada; a nada, preciso, que tenga que ver con esa Cultura con mayúsculas de la que les gusta alardear, al menos de boquilla y en público. Serán personas como Jaime Naranjo y librerías como Boxoyo quienes puedan impulsar ese noble deseo, no actitudes romas como ésas a las que, por ahora, ha tenido a bien renunciar el Ayuntamiento. Aunque mantenga una intolerable apertura vigilada.