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ABC VIERNES 14 7 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC DON ÁNGEL SUQUÍA, CARDENAL- ARZOBISPO DE MADRID, UN PASTOR DE LA IGLESIA INOLVIDABLE Formado en la espiritualidad de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, asimilada en aquella generación admirable de sacerdotes diocesanos procedentes del Seminario de Vitoria que en los años cruciales del siglo XX abrieron en España surcos de profunda experiencia espiritual en la vivencia de la vocación sacerdotal, en el aprecio del valor, siempre nuevo, de la vida consagrada en la Iglesia y en el mundo... on Ángel, querido don Ángel. Así le llamábamos muchos cuando nos dirigíamos a él. Se condensaba de este modo en el trato diario y sencillo el afecto que le profesábamos como hermanos menores o hijos suyos, a la vez que mostrábamos la veneración y el respeto que nos merecía como nuestro Obispo y Pastor. ¡Un buen pastor de nuestras almas según el modelo del Pastor de los Pastores! Don Ángel quiso vivir siempre su sacerdocio en los años largos de presbítero y en los más prolongados todavía de su episcopado, sintiendo con el Corazón de Cristo y sintiendo con su Esposa, la Iglesia. La sirvió fielmente en comunión inquebrantable con el Sucesor de Pedro, nunca puesta en duda. En los años difíciles de la primera aplicación del Concilio Vaticano II, en Almería, Málaga, luego Santiago de Compostela y después Madrid, y en sus dos períodos de presidente de la C. E. E. impulsó la renovación conciliar como la Iglesia y su cabeza visible, el Papa, querían, no arrogándose nunca un criterio superior o mejor, sino colaborando leal y generosamente en todas las tareas que sus hermanos, los Obispos de España y, sobre todo, el Santo Padre, le encomendaban. D ción del apostolado seglar, prefigurando muchos de los rasgos de la doctrina conciliar. Su trato amable, cercano, su pronta y sacrificada disponibilidad para servir, sobre todo en las circunstancias más problemáticas y onerosas de las personas, de las familias y de la sociedad, caracterizaron inequívocamente su estilo de ministerio episcopal. Comprendía, acercaba, unía, alentaba a sus sacerdotes, a los grupos y personas de Iglesia, a las comunidades diocesanas... por encima de eventuales incomprensiones y faltas de correspondencia. Consolaba a los enfermos y ayudaba a los pobres con exquisita discreción. E n su vida de oración constante, centrada en la Eucaristía diaria y en la Liturgia de las Horas, se fundaba y alimentaba su personalidad espiritual y su entrega apostólica, sin desfallecer nunca, a la Iglesia y a las almas. Fiel y delicado en el amor a los suyos- -a sus padres, hermanos, sobrinos y a toda su familia más próxima- poseía un fino sentido de la noble amistad, muy sensible y atento a las necesidades de todos los que se acercaban a él. Amante de su tierra vasca y de sus tradiciones más acendradas, las vivía con espontánea y sincera apertura de mente y de corazón, proyectada al ancho horizonte de la historia, del presente y del futuro común de todos los españoles: ¡de España! Don Ángel fue un verdadero Pastor de la Iglesia, comprendiendo y realizando consecuentemente su vocación y ministerio con el espíritu propio de un sucesor de los Apóstoles, entregado en cuerpo y alma a la misión y al incondicional servicio del Evangelio. ¡Un sacerdote y Obispo inolvidable! E S u preocupación por los sacerdotes y por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada fluía como connaturalmente de su propia experiencia personal de sacerdote formado en la espiritualidad de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, asimilada en aquella generación admirable de sacerdotes diocesanos procedentes del Seminario de Vitoria que en los años cruciales del siglo XX abrieron en España surcos de profunda experiencia espiritual en la vivencia de la vocación sacerdotal, en el aprecio del valor, siempre nuevo, de la vida consagrada en la Iglesia y en el mundo y en la renova- n este momento decisivo de su llegada a la presencia de Jesucristo Resucitado, a quien amó, siguió y sirvió durante toda su vida, se lo encomendamos al amor maternal de la Virgen Santísima, Nuestra Señora de La Almudena, a Ella, a quien ofreció como un singular y excepcional tributo de amor filial su Catedral, la Iglesia Catedral de Madrid, concluida y terminada para mayor Gloria de Dios y bien de las almas. Ciertamente, nuestro querido don Ángel ha sido uno de los Obispos que han hecho suyo en su vida el recuerdo de la Carta de los Hebreos al que nos animaba el Papa Benedicto XVI el pasado día 8 de julio en Valencia: corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo inmediato, soportó la Cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios (Heb 12,1- 3) ANTONIO MARÍA ROUCO VARELA Cardenal- Arzobispo de Madrid