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68 JUEVES 13 7 2006 ABC FIRMAS EN ABC se amplió el radio de acción del movimiento fundado por Breton. La casa de Jaguer en una colina sobre París, en la calle Remy de Gourmont, siempre me pareció un lugar mágico. Rodeado de libros, de cuadros y dibujos de Toyen, Meret Oppenheim, Granell, Hartung, Saura, Alberto Gironella o el mencionado Pierre Alechinsky, el crítico y su mujer, Anne Éthuin, autora de inspirados collages rememoraban su generosa entrega a las batallas de la cultura moderna. Entre sus grandes libros, recordemos el que dedicó a las relaciones de la fotografía con el surrealismo. En 1989, Jaguer me ayudó mucho para la organización de mi muestra El surrealismo entre Viejo y Nuevo Mundo, con la que se inauguró el CAAM de Las Palmas. Ahí estuvo él, junto a Elisa Breton, el propio Granell, Maud Westerdahl, Jean Schuster, José Pierre y Lourdes Andrade, entre otros, y sólo me refiero, triste letanía, a los desaparecidos, que ya son mayoría... La galería y librería de Jean Fournier, rue du Bac, luego trasladada a la rue Quincampoix, casi a la sombra del Centro Pompidou, y por último reinstalada en su primitivo emplazamiento, fue uno de los lugares- -y aquello, ciertamente, tenía todas las características de lo que los franceses llaman un haut lieu -que con más asiduidad frecuenté durante mis visitas adolescentes a París. Ahí el marchand nacido en 1922, y desaparecido el 22 de marzo, enseñaba obra de Joan Mitchell, Sam Francis, Simon Hantaï, James Bishop, así como de los franceses de la pinturapintura. Los cuatro nombres mencionados nos pueden servir para definir la poética con la que sintonizaba este personaje cosmopolita, ya activo en los años cincuenta, cuando al frente de la Galerie Kleber ya defendía a algunos de los mencionados, así como a Riopelle, o a Judit Reigl, y que creía como pocos en el arte de la pintura. De Fournier me he acordado ahora en Basilea, ante un par de tempranos pero ya magníficos ejemplos del arte de Joan Mitchell, y de alguna obra también de primer nivel de Bishop, pintor incomprensiblemente poco conocido todavía. De la cultura del galerista nos hablaban, por lo demás, los libros, tanto nuevos como viejos, con los que comerciaba, un rasgo que lo acerca a otro de sus colegas, su tocayo Jean Hugues, cuyo territorio de acción era la place Furstenberg. A Jean Fournier lo conocí en persona a mediados de los años ochenta, cuando Rafael Peñalver intentó montar- -sin éxito- -una retrospectiva de Joan Mitchell, precisamente, en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, un espacio que por lo demás no le gustó nada a la pintora, que tuvo palabras especialmente críticas hacia la estruendosa, casi autoritaria fuente por la que se accedía al mismo. Algo después, el galerista probó suerte en Arco, pero no repitió. Cuando finalmente se realizó una muestra en España- -en Valencia, el IVAM- -de la solitaria de Vétheuil, lo invité a la inauguración, así como a Marcelin Pleynet, recordando los largos años de militancia de ambos en favor de aquella extraordinaria pintora, ya por aquel entonces desaparecida. JUAN MANUEL BONET ESCRITOR TRES ADIOSES FRANCESES Durante las últimas semanas hemos ido sabiendo, tarde, de la desaparición de tres figuras importantes, aunque secretas- -cada cual a su modo- de la cultura francesa: el escritor, editor y pintor Pierre Bettencourt, el poeta surrealista y crítico de arte Édouard Jaguer y el galerista y librero Jean Fournier... D URANTE las últimas semanas hemos ido sabiendo, tarde, de la desaparición de tres figuras importantes, aunque secretas- -cada cual a su modo- de la cultura francesa: el escritor, editor y pintor Pierre Bettencourt, el poeta surrealista y crítico de arte Édouard Jaguer y el galerista y librero Jean Fournier. A los dos últimos tuve la suerte de tratarlos. Al primero, sólo lo conocía por su obra. Estas breves líneas, como tributo a su memoria. Pierre Bettencourt, el de más edad de los tres, ya que había nacido en 1917 en Saint- Maurice d Ételan, era también el más secreto, entre otras cosas porque desde 1963 residía en Stigny, una pequeña localidad de la Yonne, donde falleció el 18 de abril. Su obra literaria, parte de ella firmada con distintos seudónimos- -uno de ellos, Sadi- net, en explícito homenaje al Marqués de Sade- posee una intensidad fulgurante, y estoy pensando en su sorprendente Lettre de Madagascar (1949) Los bibliófilos conocemos y perseguimos- -uno ha dado con alguno en Buenos Aires- -sus libros, exquisitos donde los haya, y realizados durante los años cuarenta y cincuenta- -luego abandonó las prensas- en su pueblo natal. Esos libros le aseguran un lugar de excepción en la cadena de los poetas- editores franceses, los François Bernouard, Guy Lévis Mano (GLM) o Pierre- André Benoît (PAB) Una de las grandes amistades de su vida fue la que le unió a Henri Michaux, del que editó algunas primicias. También fue Bettencourt alguien próximo a Jean Paulhan, a Malcolm de Chazal- -el raro aforista de la Isla Mauricio- a Jean Dubuffet, a Pierre Alechinsky... Hace unos años vimos, en París- -en la desaparecida Librairie Mouvements, de Maurice Imbert- una exposición en torno a esta singular figura. Gracias a aquella muestra, algo conocimos de su obra plástica, atormentada y barroca, y dentro de la cual destacan sus altorrelieves. Édouard Jaguer, nacido en París en 1924, y fallecido en esa misma ciudad el 12 de mayo, fue poeta, pintor, crítico de arte, hombre de acción. Su nombre queda por siempre asociado a Phases, la revista y el grupo que fundó en los años cincuenta, después de haber participado, durante la ocupación alemana, en la aventura clandestina de La Main à Plume cenáculo al que también perteneció nuestro Manuel Viola, y de haber militado luego en el surrealismo revolucionario, y de colaborar con el grupo Cobra. Phases fue una disidencia surrealista, y sin embargo gracias a ella MEDARDO FRAILE ESCRITOR OBJETIVIDAD A muerto uno de esos actores de carácter que todo el mundo ha visto y nadie conoce. Era galés y se llamaba Kenneth Griffith, y sus características más visibles eran escaso amor a los ingleses y egocentrismo. Representar papeles es algo así como un trasplante de cerebro o de corazón, y él era tan egolátrico, que el espectador presenciaba cómo el cerebro o el corazón del actor rechazaba el órgano representado y superpuesto; el papel de otro. Pero ese exceso de autoestima, que irritaba a los críticos, tuvo que justificarlo algunas veces, y una de ellas dijo la frase definitiva que, en realidad, rebasaba los límites del actor: Nunca me rebajaré hasta el punto de ser objetivo en cualquier cosa lo que exteriorizaba también su rebeldía contra los tópicos, los amaños y las mangas anchas y estrechas que nos rodean. Vivimos en un mundo- -otros lo malviven- -donde no faltan flores a H diario en los altares de la objetividad y la corrección política. Naturalmente, la objetividad sólo existe por aproximación, es una de las ilusiones más improbables del ser humano, y ser políticamente correcto es el último invento de los poderosos asediados para aplazar el día en que seamos éticamente correctos. Vamos a imaginar que acabamos de sorprender a un hambriento a punto de escapar de nuestra casa con dinero o joyas y comenzamos a insultarle a gritos. Él vuelve la cabeza y nos dice: Oiga, que yo no le he faltado a usted en nada Pues eso. La Policía motorizada británica no persigue ahora al que roba una moto si no tiene el casco o no se lo ha puesto, porque si el ladrón, por huir aprisa, sufre un accidente y se mata, los responsables de su muerte son los policías. El rasero, la mordaza, el lavado de la personalidad avanzan. Debemos ser democráticos (aunque la democracia no nos haga caso) Es priori- dad que seamos respetuosos y correctos con los demás (aunque ellos necesiten algo más urgente) Debemos comprometernos (pero no comprometer, por eso, a los demás) Podemos libremente creer y opinar (pero cuidado con lo que se cree o se piensa) Esgrimir palabras (no hechos) No seamos tontos (los tontos ahora son los inteligentes, que están para servirnos. ¿Se dan cuenta de lo que vamos consiguiendo? -nos dicen. ¿Ven cómo el mundo cambia? No se salgan tampoco de sus casillas, no se desmelenen (aquí, como pueden ver, no pasa nada; no hay novedad, señora baronesa) etc. Kenneth Griffith exageraba y estoy seguro de que unas veces sería menos parcial que otras, pero, por su frase, se hace acreedor a cierta simpatía y respeto. Era galés y se llamaba Kenneth Griffith, y sus características más visibles eran escaso amor a los ingleses y egocentrismo