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ABC JUEVES 13 7 2006 Nacional 23 eco de su voz debe estar grabado aún en los muros del Congreso de los Diputados, donde él libró tantas batallas. Yo vi llorar a mi padre dos veces en su vida. La primera fue cuando el advenimiento de la República. Vivíamos frente al Ayuntamiento y la calle era un hervidero de turba humana, gritadora y enloquecida. Se oían mueras al Rey y a todos los hombres que habían servido bajo su mandato. También a mi padre. Yo tenía 10 años. Asustada y con un miedo que yo desconocía hasta entonces, busqué a mi madre y la encontré con mi padre, que, inclinando su cabeza sobre un hombro de ella, murmuraba: ¿Qué va a ser de España, Enriqueta, qué va a ser de España? y lloraba. Mis ojos asombrados de niña, al contemplar esta escena, lloraron también, y he llorado muchas veces, después, al recordarla. Porque esas lágrimas de mi padre, en un hombre tan recio y fuerte como él, eran ya un preludio de los tristes y funestos acontecimientos que vendrían más tarde. La República cambió mucho nuestra vida. Vino el destierro de mi padre. Primero Portugal, luego Francia, París. En un principio, le siguió mi madre. Después fuimos todos. Nos trasladamos la familia en pleno, para estar juntos. Y fue un periodo éste del destierro que resultó provechoso en muchos aspectos, pese a la nostalgia de la lejanía de España y la separación del resto de la familia. Sin embargo, vivimos más unidos que nunca, con nuestro padre al lado todo el día, compartiendo comidas, paseos, distracciones, etc. Y la verdad es que gozamos de una felicidad muy íntima, muy nuestra. Un acontecimiento tristísimo, ocurrido en Madrid, nos sacudió, un día, como un latigazo. Fue la muerte de mi tío Leopoldo, tras breve enfermedad, en la plenitud joven de sus 38 años. La noticia nos llegó por teléfono y fue otro de mis tíos, Luis o Joaquín, quien se lo comunicó a mi padre. Este se quedó pálido; le pasó el teléfono a mi madre y rompió a llorar como un niño, desconsoladamente. Es la segunda vez que yo vi llorar a mi padre. La música fue la afición más profunda de su vida. Decía con frecuencia que su verdadera vocación había sido ser director de orquesta. La política le desvió por otros caminos, pero su devoción a la música, le acompañó siempre. De jovencillo, llegó a tocar el violín con soltura y la bandurria y hasta compuso una piececilla musical. Fue también crítico musical durante un tiempo. En cuanto pudo, adquirió una pianola, que llevaron a mi casa el mismo día que yo nací, motivo por el cual la conservo como una reliquia. La pobre salió muy averiada de la guerra, y nunca ha vuelto a funcionar correctamente, pero guarda tantos recuerdos valiosos de mi vida, que siempre tendrá un lugar de honor en mi casa. Más tarde, compró una gramola, y muchas noches Su sangre vertida regó la tierra de España, siendo el inicio de la tragedia que se desarrollaría después y que vistió de luto a tantos hogares españoles de mi infancia me he dormido, arrullada por la preciosa voz de Conchita Supervía, o a los acordes de alguna pieza clásica. Era su único recreo, al final de sus jornadas agotadoras, escuchar un rato de música antes de irse a descansar. Y así pasó las últimas horas de su vida: oyendo música. Era domingo, 12 de julio. Habíamos tenidos un día apacible, de absoluta intimidad, la familia sola y reunida. Por la tarde, después de merendar, mi padre sacó su vieja bandurria y con mi hermana al piano (ella había heredado su pasión por la música) improvisaron un pequeño concierto, que escuchamos todos. Más tarde, en la habitación de mi hermana y mía (yo me había acostado ya porque tenía algo de fiebre) vinieron nuestros padres. Mi padre se sentó en una butaca, a los pies de mi cama, y encendió la radio. Los domingos transmitían un concierto que daba la Orquesta Municipal de Madrid, y él los escuchaba siempre. Esta sería su última vez. Apagamos la luz y abrimos el balcón para que entrara la brisa nocturna. Hacía calor. Próximo ya al final del concierto, mi padre se levantó. Irguió su alta figura y, alzando las manos, dirigió con brío los últimos compases de la música. Cuando se hubo acabado, nos besó a las dos hijas y se fue, con mi madre, hacia sus habitaciones. Al besarme me dijo: Mañana ya estarás buena Fueron las últimas palabras que le oí. Yo ya no volví a verle nunca más. José Calvo Sotelo tenía 43 años cuando la vida le fue quitada. Se la arrancaron de cuajo, como se siega el trigo cuando ya está maduro. Su sangre vertida regó la tierra de España, siendo el inicio de la tragedia que se desarrollaría después y que vistió de luto a tantos hogares españoles. Detrás de él quedaba un largo y difícil camino de sacrificio, de esfuerzo continuo, de trabajo agotador, de luchas, problemas y responsabilidades abrumadoras. Cuarenta y tres años son un periodo muy corto de tiempo para realizar obras de gran importancia y trascendencia. Sin embargo, la privilegiada inteligencia y el tesón de José Calvo Sotelo supieron superar las dificultades y escollos surgidos a su paso y dejaron una espléndida cosecha de logros y realizaciones, llevadas a cabo con pericia, acierto y brillantez. En aquella madrugada del 13 de julio, cuando mi padre fue arrebatado, con engaño, de su hogar y del amor de los suyos; en ese brevísimo instante- -apenas un latido- -que media entre la vida y la muerte, antes de cruzar a la otra orilla, ¿qué pasó por la mente de mi padre? Nunca lo sabremos. Pero yo imagino que quizá, como un relámpago fugaz, como un soplo de luz, le traspasó el corazón un último deseo, muy hondo: vivir más, para ver crecer a sus hijos y conseguir una Patria renacida, unida, como la soñó siempre, hasta entregar su vida por Ella. A partir de aquel 13 de julio de 1936, nuestro padre ya no sería sólo nuestro, porque en esa fecha entró por la puerta grande de la Historia. Descanse en paz, José Calvo Sotelo. Se lo ha ganado a pulso. En herencia, nos ha dejado a sus hijos el dolor incurable de su ausencia y un nombre limpio y glorioso. Bendita sea su memoria. En la nuestra, perdurará largamente su recuerdo y se multiplicará después en la sangre de su numerosísima descendencia. El alcalde de Madrid, ayer, junto a su segundo Manuel Cobo Chema Barroso Gallardón a Aznar: Presidente, me debes un favor... o soy yo el que te lo debo a ti El alcalde de Madrid reitera que está dispuesto a ser diputado con Rajoy si su partido se lo pide a postularse para saltar a la arena nacional, aunque con la cautela que expresó en la entrevista a ABC: Que sea compatible con mi cargo MAYTE ALCARAZ MADRID. Ayer en el hotel Villamagna, donde se celebraba el último de los desayunos que celebra Europa Press en esta temporada, al alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, protagonista del encuentro, le arropó una doble familia: la deportiva (el secretario de Estado de Deportes, Jaime Lissavetzsky; y los presidentes del Real Madrid, Ramón Calderón y del Atlético de Madrid, Enrique Cerezo, entre otros) y la política (Ángel Acebes, como máxima representación de su partido; la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, además de diputados, consejeros, concejales... Para los primeros hubo mensaje olímpico, como cabía esperar días después de que Madrid haya anunciado que concurrirá a los Juegos de 2016. Para los segundos, no faltó el recordatorio: está dispuesto a dar el salto a la política nacional y ser diputado, tal y como adelantó a ABC (17- 3- 2006) aunque con la condición de que no le impida seguir siendo el responsable municipal de la capital, tras las elecciones del año que viene. b El regidor volvió Además, contó un chascarrillo ocurrido hace unos días. Recordó primero aquel 7 de julio de 2002 en el que recibió una llamada de Moncloa que le alertó de que el presidente (Aznar) le esperaba por la tarde (un domingo) Imaginó e imaginé bien, porque algún rumor había oído ya que le iban a mudar al Ayuntamiento, por lo que consultó la respuesta a dos personas: su mujer y su fiel Manuel Cobo (presente ayer en las primeras filas) Una vez que tomó la decisión acudió a la llamada de Aznar que, efectivamente, le informó de que sería el candidato a la Alcaldía. Cuatro años después, contó ayer, he compartido una cena con el ex presidente (la que disfrutaron los dos junto al ministro de Interior francés, Nicolás Sarkozy y sus respectivas esposas) Allí, el alcalde tenía pensado recordarle aquel favor Sin embargo, terminó comentándole: Te iba a decir, presidente, que me debes un favor por haberme sacado de la Comunidad para llevarme al Ayuntamiento, sin embargo creo que el favor me lo hiciste a mí Y todo porque dijo que nada ha colmado más sus aspiraciones como político que dirigir el Ayuntamiento de Madrid Tanto que volvió a remachar para navegantes que el presidente del partido, Mariano Rajoy, ya ha anunciado que repetirá por segunda vez en esa candidatura.