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14 Premios Cavia 2006 MIÉRCOLES 12 7 2006 ABC DISCURSO DEL PREMIO MARIANO DE CAVIA LA FUERZA POSITIVA DE LAS PALABRAS JUAN MANUEL DE PRADA U n premio lo hacen grande, antes que quienes lo obtienen, quienes lo otorgan. Y, si el premio Mariano de Cavia puede presumir sin petulancia de ser el primero de cuantos se conceden en el medio periodístico español, es porque el periódico que lo promueve ha demostrado, en su historia centenaria, una devoción indeclinable a la palabra, un apasionado y tenaz compromiso con las virtudes que la palabra encarna: el anhelo de libertad, la aristocracia expresiva, la vocación de verdad y permanencia. Mi gratitud ha de dirigirse, pues, en primer lugar, a quienes hoy prosiguen y renuevan la aventura iniciada en 1903 por don Torcuato Luca de Tena, muy especialmente a su biznieta Catalina, presidenta de ABC, y a su director, José Antonio Zarzalejos, que dirige esa leva de corazones latiendo al unísono e inteligencias pastoreando por libre que hacen posible cada mañana el milagro de un periódico fragante de tinta fresca, codicioso de explicar el mundo con el cálido enjambre de las palabras. Una gratitud que extiendo, multiplicada por cinco, a los miembros del jurado, que antes de concederme este premio ya me habían regalado la felicidad siempre renovada de su talento y que, en un ejercicio de desmedida generosidad, han querido añadir a esa felicidad un alborozo que amenaza con reventarme las costuras del traje. Eventualidad sobre la que les prevengo, pues siendo el hombre que llena ese traje de carnes rollizas bien pudiera provocar el desalojo de esta sala. Un alborozo que se ensancha cuando rememoro el elenco vertiginoso de ganadores que me han precedido: de Ramón Pérez de Ayala a Camilo José Cela, de Gabriel Miró a César González- Ruano, de Julio Camba a Jaime Campmany, pasando por Wenceslao Fernández Flórez, José María Pemán, Agustín de Foxá o Rafael Alberti, por citar tan sólo a quienes ya abandonaron su envoltura carnal. No existe ningún otro premio que cobije tal repertorio de nombres eminentes. Mientras los pronuncio, siento una pululación misteriosa, entre el estremecimiento y la exultación, porque para mí no son tan sólo nombres esculpidos en el mausoleo de las letras, sino ángeles custodios de mi vocación, santos tutelares que me inocularon el veneno de la literatura, maestros vivos cuyo susurro sigue habitando esta rumorosa catedral de la literatura que es ABC. Azorín, el inmenso y primoroso Azorín, que formó parte de la redacción fundacional de este periódico, escribió que una de las normas que adquirieron pronto carácter de Constitución inamovible en esta Casa fue el respeto al escritor, el escritor en la integridad de sus ideas Durante más de cien años, ABC ha creído a machamartillo en las palabras escritas en libertad, en la tolerancia a las opiniones que el escritor formula; y, al cobijo de esta cortesía, la literatura se ha colado de ron- dón en el periódico, como un saboteador que juega a trastornar la prosa rutinaria de los teletipos con un condimento de clandestina poesía. Es posible, como afirmaba Ruano, que el escritor viva como el pájaro en una jaula pero, desde luego, en la jaula de ABC siempre se le ha dejado cantar lo que quería. Y, junto a la liberalidad sin tregua ni excepción, la adhesión insobornable a unos principios. No habría sobrevivido ABC a veleidades políticas y barahúndas históricas si hubiese extraviado la brújula de sus lealtades: lealtad a unas convicciones que quedan compendiadas en el memorable editorial que el periódico publicaba cuando empezaban a desatarse los desmanes de aquella Segunda República que ahora los malversadores de la memoria nos pretenden vender como un paraíso: Nuestra fe y nuestros principios no se los lleva el huracán de las pasiones que ha turbado tantas conciencias y ha extraviado a una gran parte del pueblo, sumándolo- -creemos que pasajeramente- -a esa otra porción que en toda sociedad propende a la rebeldía con los peores instintos, y sobre la que no ha laborado jamás una política honrada. Seguimos y permaneceremos donde estábamos: con la Monarquía constitucional y parlamentaria, con la libertad, con el orden, con el Derecho, respetuosos de la voluntad nacional, pero sin sacrificarle nuestras convicciones. La Monarquía es el signo de todo lo que defendemos; es la historia de España. Los hombres y los azares pueden interrumpir, pero no borrar la tradición y la historia, ni extirpar las raíces espirituales de un pueblo, ni cambiar su destino Hoy, cuando el huracán de las pasiones vuelve a turbar tantas conciencias, cuando desde ciertas tribunas se jalean los peores instintos y se vitupera a ABC, podemos volver a decir con legítimo orgullo: Seguimos y permaneceremos donde estábamos Creemos que es posible combatir las calamidades de nuestra época con un lenguaje edificante, sin que por ello se nos pueda acusar de tibios ni pusilánimes. Creemos en la fuerza positiva y dinamizadora de las palabras, no en la fuerza aciaga del odio. Creemos que un medio de comunicación, desde la lealtad a sus convicciones, debe actuar como fermento social, y no como factor de divi- La Princesa de Asturias, durante la cena sión entre españoles. Creemos, en fin, que las palabras que arremeten y denigran jamás deben tener cabida en nuestras páginas. Por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado leemos en el Evangelio. Y ABC, desde luego, se somete al veredicto evangélico. Navegando la noche la crónica que el jurado ha valorado tan benévolamente, fue escrita en Roma, donde mi querido Ignacio Camacho, a la sazón director de este periódico, me envió en la primavera del pasado año, tras la muerte de Juan Pablo II, acompañado, por cierto, por el fotógrafo Ignacio Domínguez Gil, nuestro Premio Mingote de este año. Nunca agradeceré suficientemente la oportunidad que Camacho me brindó. En Roma me sentí feliz, casi ufano, como Gregory Peck en la célebre película de William Wyler; y ni siquiera tuve que buscar a una princesa de incógnito con las facciones de Audrey Hepburn, porque ya la llevaba puesta de casa. Fueron tres semanas de emociones febriles y exaltadas, de alegrías del tamaño del atlas, de secretos deslumbramientos y secretas revelaciones; fueron, sobre todo, tres semanas en las que sentí vibrar dentro de mí sentimientos que creía hibernados para siempre. Un amigo me auguró que volvería de Roma más descreído, o siquiera menos entusiasta de mi fe; el efecto fue justamente el contrario: el contacto con esta ciudad santa y profana, eterna y recién fundada, me sirvió para confirmar que el legado del cristianismo es el mejor antídoto contra las desalientos y postraciones con que nos mancha el tráfago de los días. En una época de incertidumbres, banalidades perecederas y modas voltarias que dejan al hombre extraviado en un océano de zozobras, Roma se erige como una roca de salvación, un baluarte que explica nuestra genealogía espiritual y nos defiende contra la intemperie a la que quisieran arrojarnos los bárbaros. Renegar de esa inabarcable posesión que nos brinda el cristianismo equivale a firmar un acta de defunción social; asumirla como propia no constituye un acto de sometimiento, sino de orgullosa y alegre libertad. Y así me sentí escribiendo aquellas crónicas, orgulloso y alegre de mi libertad para narrar unos acontecimientos que, más allá de su expresión instantá- ABC ha demostrado, en su historia centenaria, una devoción indeclinable a la palabra, un apasionado y tenaz compromiso con las virtudes que la palabra encarna