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60 MARTES 11 7 2006 ABC FIRMAS EN ABC JOAQUÍN ALBAICÍN ESCRITOR MEDITACIONES EN LA FORTUNA Uno, en cierto modo, se suicida cada vez que abandona a una mujer amada, por cuanto convierte en fantasma, en ilocalizable, al que hasta entonces era su yo cotidiano. Y deja también en un limbo fantasmal a la amada, perpleja... AVEGO en bote por el archipiélago de Estocolmo antes de, acompañado por Hans Caldaras, acercarme hasta el Museo Etnográfico en busca de la silla de montar de Dja Lama, el legendario guerrero y maestro tántrico, camarada apócrifo del barón Ungern- Sternberg en la lucha contra los bolcheviques en Mongolia, donada en su día por el explorador noruego Henning Haslund. La suerte no está, sin embargo, de nuestra parte. La silla yace almacenada en sabrá Dios qué zaquizamí del museo, del que sólo nos son accesibles las salas que exhiben los recuerdos de Sven Hedin, una exposición sobre los pieles rojas y otra sobre las misiones suecas en el África negra. Esto, hace dos días. Ayer, ya en Madrid, me acerco a Café de Chinitas a ver bailar a mi cuñada Jordana y hablar con don Alberto del cante de Ramón El Portugués y José Mercé y las boleas de Verdasco mientras degusto buñuelos de manzana. Ello, claro es, tras proveerme de un lote de películas de terror para Salomé, con quien comparto el gusto por el neo- goticismo de Balagueró y Amenábar y, en general, por todas esas tramas cuyo protagonista, habitante de un caserón infestado por humedades preternaturales, N ha de ir en un momento dado a comprobar en una hemeroteca de la América rural si algún día existió un niño llamado Fulanito y muerto en circunstancias trágicas. Veinticuatro horas más han pasado y, ante el matojo de orégano colgante del arco de medio punto de La Fortuna, no puede uno menos que recordar aquello de que no todo el monte es lo dicho, ya que un puñado, al menos, está aquí, en su taberna favorita. Más claro, el agua. Es tiempo de hacer examen de conciencia ante la planta y desbrozar, así, de algas el corazón. Procede, por ejemplo, mientras se contempla el reseco ramillete, meditar sobre las históricas faenas en la México del Rey David, trasteos que fueron tanto de reaparición en los ruedos como de despedida de esta vida y que casi al cabo de cuatro años de su labrado he descubierto, con la comprensible catarsis, gracias a la generosidad de Luis Pla Ventura. Si siempre me aportaron muy poco los toreros cuya baza es la profesionalidad, ahora- -lo digo bien alto- -ya no me interesan nada. Pero nada. Sé que lo sospechaban ustedes hacía tiempo. Mejor, pues, que lo tengan ya claro para siempre. Visto el modo de torear de David Silveti: el al- ma por muleta, reemplazados los engaños por la verdad de su misticismo... Visto su corporificar el espíritu y espiritualizar el cuerpo... Vistos los soberbios muletazos de respuesta bordados por un Miguel Armillita emocionado por el milagro... Visto, en fin, el inmenso recital de toreo gnóstico, no estoy ya dispuesto a erosionarme los senderos secundarios del cerebro atendiendo a más toreros con la profesionalidad por oriflama. En los grandes toreros, el oficio es- -ha sido siempre- -casi un lastre, algo que no puede ni por asomo ser bandera, sino muesca del mástil que- -sólo en apariencia- -la sostiene. ¡Basta de montes sin orégano! Disiento, por tanto, al cien por cien de una declaración de principios depositada por alguien en mi mano, la otra tarde, a la entrada del hotel para no fumadores donde se presentó la nueva novela de Fernando Sánchez Dragó. Contra lo que en ella- -en la declaración, no en la novela, faltaría más- -se afirma, ni el trabajo es la única fuente de dignidad (he conocido a infinidad de individuos que me merecen escasísimo respeto personal, pete el vasallaje, la incomprensión, la dureza de un amor que, poco a poco, mata. Todo ello relatado en un sencillo lenguaje de corte popular, en breves capítulos de una o dos hojas como máximo, y en el sugerente estilo de monólogo interior, que tanto y tan bien le van al tema en su intimismo reconcentrado de una voz en off que habla y habla, cerca, muy cerca. Y Prudencia se muere, se va muriendo día a día hasta reventar sin más, calladamente. Para subrayar el hecho de cuál sea la intención de su libro, está no sólo lo sugestivo del título, sino la dedicatoria: A ellos Una serie de nombres de mujeres con un epígrafe: Ya Y una cita de Oscar Wilde: Porque todos los hombres matan lo que aman... Y nos damos cuenta de cuán cercanos y paralelos van el amor y el odio, el desamor y la rutina, el desencanto de unos ojos que ya no pueden seguir amando. Y odian. Y se abandonan a la soledad, a la incomprensión, al miedo. Hasta reventar. LOLA SANTIAGO ESCRITORA ALGÚN AMOR QUE NO MATE I BA por la carretera vieja camino de mi casa de la playa cuando oí el título: Algún amor que no mate un título atractivo, sugerente, que te hace comprar un libro sin ningún otro referente, a ciegas. Y luego llegó su risa. La risa de la hermana, clara, como una cascada cristalina de frías aguas. Me interesé por el personaje. También escribía, decía que estaba acabando no sé qué escrito. ¿O era una novela? Esto no me importaba demasiado, pero su risa, según pasábamos las salinas se hacía más y más húmeda contra el cristal del agua. Me recordaba a otra risa, a una risa que no oí nunca, pero que estaba allí siempre, estremeciéndome. De repente la tarde se nubló, en la radio su risa loca se soltaba más y más. Dijo un nombre: Dulce Chacón. Su hermana. Extremeña. Paisana. Poeta y novelista. En definitiva, escritora. Muerta, en plena vitalidad. El maldito cáncer se la llevó. Popular en algunos círculos. En otros ignorada. Autora del libro que deseaba ya devorar. Algún amor que no mate o la vida de Prudencia desde el momento en que se casa hasta perder todo amor por la vida, hasta acabar suicidándose, con pastillas, como su alter ego durante toda la novela, que quiere al final resucitarla, salvarla, para salvarse, y que es ella misma, ambas y la amante de su marido nos cuentan la peripecia de esta vida, el papel destacado del marido en la anulación vital de la amante y, sobre todo, de una Prudencia incapaz de reaccionar an- se a constarme que laboran como verdaderas acémilas) ni el trabajo manual y el intelectual pueden equipararse jamás en ningún sentido (el trabajo no arranca un olé absolutamente a nadie) Hacer reír de verdad, cantar por soleá como Duquende, escribir El cromosoma Calcuta o, incluso, Tierra roja y lluvia torrencial- -de Vikram Chandra, que me acaba de mandar Siruela- -o torear como Silveti son asuntos- -lo siento- -sin el más remoto punto de conexión con el trabajo. ¡Ah, La Fortuna! ¡Esto es una taberna, una auténtica mesa de mármol a la que volver tras el periplo escandinavo! Hoy se me acerca, entre cortado y cortado, Curro, hombre- anuncio que lo es asimismo de letras, autor de la Elegía a Manuel Rodríguez y lector de Alejandra Pzarnik, muerta- reza el prólogo del libro que me enseña- por propia voluntad y cantora entusiasta de la Condesa Báthory, discípula a su vez de la hechicera Durmilia, que la enseñó a mirar morir Mirar morir... ¡Pum! Otra vez destartala nuestros tímpanos la detonación del último tiro de Silveti. ¿Se vio morir el Rey David? ¿O sobrevivió, en realidad, a sus tres faenones? ¿Como Belmonte, de quien se escribió que, matándose, mató a la muerte? Aún huele a pólvora en el aire cuando un paje me trae a la taberna, en sobre lacrado, el más reciente libro de Manuel Ríos Ruiz: Mis crímenes y suicidios predilectos y otros quebrantos. Me rodean, pues, por doquier sombras, espectros de autoejecutores. ¡Que cosas! Claro que, ¿me rodean... o les rodeo? Porque escribió Joyce- -lo leo en el vestíbulo de una novela de Marcos Ordóñez- -que una de las causas por que puede un hombre convertirse en fantasma, es decir, desvanecerse hasta la impalpabilidad, es el cambio de costumbres. No es necesario beberse un vaso de arsénico diluido ni convertirse en un niño de Balagueró. Tiende uno a cambiarlas, por ejemplo, cuando cercena una historia de amor que, hasta la fecha, daba sentido a su vida y la mantenía felizmente segmentada en franjas gastronómicas, afectivas y de ocio bien delimitadas. Uno, en cierto modo, se suicida cada vez que abandona a una mujer amada, por cuanto convierte en fantasma, en ilocalizable, al que hasta entonces era su yo cotidiano. Y deja también en un limbo fantasmal a la amada, perpleja por lo sucedido. Decían los escritores victorianos que los fantasmas viven en permanente estado de asombro. Y sí, así se queda uno: pasmado por su felicidad pasada y más pasmado aún por la nueva. Pero esa es la esencia de la vida: hay que suicidarse y suicidarse a tutiplén para poder pasar bajo el dintel de la inmortalidad. ¿Qué hay hoy de menú? Gazpacho y entrecot. ¡Demos de él la cuenta que merece! Y luego, sumerjámonos en la lectura de esos penúltimos escritos de Sánchez Dragó y Ríos Ruiz. Más tarde, Dios dirá.