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ABC MARTES 11 7 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL DIOS CAÍDO P UNA MESA PARA JOSU TERNERA A nave avanza entre nieblas bajas, por aguas en las que flotan afilados bloques de hielo, en zonas profusamente minadas. Ahí el radar no funciona, sólo sirven las viejas cartografías, informes de servicios de inteligencia que infiltraron y exploraron aquel mar sin nombre. Si se atiende a la vicepresidenta De la Vega, ésa es la nave del Estado. Para Rajoy, el insumiso por sorpresa, únicamente es la nave del Gobierno. A poca profundidad transitan algunos submarinos enemigos, de uno u otro signo. Gara dice saber lo que desde hace meses está escrito en el diario de a bordo. Al puente de la nave, el comandante es partidario de acelerar, de quemar etapas, de pactar con el Otro para regresar a puerto y ser recibido como se merecen los pacificadores que luego gobiernan años y años. De vez en cuando, para aligerar el proceso, se echan por la borda unos botes salvaVALENTÍ vidas, manuales de urgencias, trataPUIG dos de navegación, precedentes, cautelas, la vieja y tan ajada noción de prudencia política. ¿Hubo alguna vez pacificadores imprudentes? Con una navegación tan osada, ahora mismo parte de la sociedad española no sabe si quien cede es el Estado que resistió tantos ataques en nombre de una sociedad que no sojuzgaba su libertad al dictado de ETA o si es el terrorismo que, por verse acosado, adelanta su final. Los datos del derrotero del Gobierno, las ambivalencias semánticas de Rodríguez Zapatero y la desfiguración ácida del Pacto por las Libertades hacen sospechar de qué parte procede la cesión. A eso se suman las pretensiones cada vez más provocativas de Otegui, las revelaciones sobre pasos dados antes de hora, la premura en hurtar anuncios al hemiciclo de las Cortes. Entrevemos a Josu Ternera, esperando confiadamente sentarse a la mesa. El Gobierno de Zapatero pudiera pararse a sope- L sar la distinción que precisó Acton al decir que la libertad no es el poder de hacer lo que a uno le plazca, sino el derecho a poder hacer lo que se debe hacer. Ésa es exactamente la situación en la que ética y política confluyen cuando las decisiones son de tanto calado y de tanta trascendencia que tienen que tomarse más allá de los intereses de un partido político determinado. No de otro modo puede uno creerse al mando de la nave del Estado. Son muchas las naves que reposan en el fondo de los mares por no haber verificado a tiempo su rumbo, porque creyeron en mapas que eran una trampa o porque se apresuraron demasiado en llegar antes que nadie a la isla del tesoro. En el caso de Zapatero, pilota la nave con una excesiva confianza en las latitudes que le marca la ilegal Herri Batasuna. No puede uno olvidarse de por qué HB fue en su día legal y luego dio origen al Pacto por las Libertades que Zapatero apoyó con claridad. Después de aquella claridad, el contraste con la ambigüedad actual en cada una de sus alusiones al proceso en curso causa titubeo incluso en quienes están en la confianza. Hablamos de ambigüedad creativa cuando las partes en una negociación, al no llegar a acuerdos, aparcan los desacuerdos para ir avanzando en otros puntos. No es éste el caso: muy al contrario, aquí la falta de claridad es mortífera y beneficiará siempre las apuestas de Josu Ternera. Una de las dos partes ha de ceder y esa parte solo podría ser ETA. Es un deber ser suspicaces ante toda promesa que provenga de quienes prefirieron estar contra la ley que con el Estado de Derecho, de quienes dejaron de respetar el valor infinito de la vida humana liquidándola en pos de una causa totalitaria. El Gobierno es el primer obligado a explorar todas las esperanzas, pero también en pensar que ETA quizá sólo busca sobrevivir después de haberse visto contra las cuerdas, agotada, infiltrada, asediada por el Estado. vpuig abc. es OR el amor de Dios, Zizou, ¿cómo nos has podido hacer esto? Di algo, hombre, cuenta qué te dijo ese italiano grandote de mirada torva y brazos tatuados, ese tal Materazzi que tenía una patada para cada ocasión y un codazo para cada filigrana. Explícaselo al mundo, a ese mundo perplejo y desilusionado que necesita saber si al menos te mentó a la madre, a los hijos, a los muertos, si había entre vosotros alguna vieja cuenta pendiente, si fue un insulto racista lo que pisó algún cable de tu alma magrebí y provocó el fatal cortocircuito de tu lucidez. No serviría para justificar ese chispazo irracional de rabia, ese arrebato postrero, esa inadmisible enajenación transitoria, pero al menos nos daría una razón para entender por qué la cagaste, ay, de ese modo. IGNACIO Porque es que, mira, CAMACHO hay que ver con qué cara nos has dejado a todos. Cientos de periodistas, miles de aficionados, millones de seguidores llevábamos días glosando tu ejemplar rectitud, tu serena apostura, tu elegancia luminosa, tu modesta timidez, todo ese halo de virtudes que engrandecía tu figura y prendía una simbólica corona de laurel en tu cabeza pelada de cartaginés a la hora agridulce de la despedida. Y era una noche tan hermosa, Zizou, los focos de Berlín- -ese estadio soberbio en el que Jesse Owens humilló a Hitler con su estampa orgullosa de negro triunfante- -iluminando tu actuación grandiosa, la delicadeza con que tiraste el penalti, los pases de compás, el testarazo que te sacó el portero cuando el balón corría camino de la gloria... y de repente todo se apagó, no queríamos creerlo. De cualquier otro menos de ti. Te fuiste como un toro hacia aquel tipo, sin mediar agresión, ni patada, ni empujón, y le diste de golpe al interruptor de la rabia para dejarnos a oscuras, en el más confuso y desconcertante desconsuelo. Pero cómo pudiste, hombre, qué clase de demonios te salieron de golpe de las entrañas para tirarlo todo por la borda y sacarte por la puerta de atrás de tu noche más gloriosa. Sí, ya sé que tú eres el principal damnificado de ese instante que desearías borrar como un mal sueño. Que no quisiste mirar siquiera la Copa dorada que te esperaba sobre el pedestal del adiós más dulce. Que te desmoronaste allí abajo, en las tripas del estadio, y no tuviste fuerzas para subir a recoger la medalla honorable de los perdedores. Pero nosotros, Zidane, tus seguidores, a ver cómo nos reponemos ahora de la terrible certeza de las ilusiones rotas, de la desoladora constatación de que la perfección no existe y de que nadie, ni siquiera tú, puede cumplir el ambicioso reto de tu compatriota Rimbaud y ser sublime sin interrupción ni tregua. Qué desconsuelo, maestro, qué tristeza. Eres humano, me dijo alguien, y te engrandece la debilidad postrera. Magro alivio para esta penosa sorpresa de ver cómo derramabas el tintero de la cólera sobre el cuaderno inmaculado de tu propia gloria. Y precisamente en la última página.