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100 Deportes TENIS WIMBLEDON LUNES 10 7 2006 ABC La progresión de Nadal en hierba es fabulosa: llegó a una final de Wimbledon en su tercera participación en el torneo EPA Wimbledon ha sido siempre el sueño de Rafael Nadal. Desde muy pequeño se dejó atrapar por la magia del más legendario título del mundo. Se ha esforzado por comprender la idiosincrasia del torneo más especial que existe. Por entender el juego en hierba. Por aclimatarse a una superficie traicionera. Para ello ha realizado todo tipo de sacrificios La final, el premio a una obsesión infantil DOMINGO PÉREZ Rafa Nadal jamás ha tenido un ídolo. Sólo ya de adolescente talludito supo de la existencia de mitos como Borg, Lendl o McEnroe. Cuando él empezaba a despuntar con 14 o 15 años y los periodistas a preguntarle por sus tenistas de referencia. Le sonaban, sí, pero nunca tuvo la curiosidad ni la necesidad de usarlos como referencia. Hay que situarse. La formación de Nadal ha sido atípica en el mundillo tenístico. Nada de ilusiones paternas por tener un campeón. Nada de presiones para triunfar. Nada de angustias por destacar. Él jugaba porque le gustaba; porque le gustaba, su tío Toni le entrenaba. Y porque le apasionaba, cada vez quería más, trabajar más, mejorar más. Era sólo un juego para un niño inquieto, que fuera del tenis tenía otras muchas aficiones: fútbol, pesca, mar... Así, de la forma más natural del mundo, fue progresando. Este joven de una familia acomodada de un pueblo de la isla de Mallorca, criado en la tierra batida, formado en esta superficie en la que cosechaba sus mejores éxitos infantiles, tenía sin em- bargo una obsesión. De las viejas leyendas de la raqueta sólo conocía un nombre, el de Manolo Santana, y únicamente porque había ganado Wimbledon, porque era el único español en haberlo conseguido. Así, Wimbledon se convirtió en su El Dorado en su meta soñada, aunque en la vida hubiera pisado una pista de hierba. Su pasión por el torneo más presti- gioso del planeta fue creciendo en la distancia y en el año 2002, como junior, se le presentó la ocasión de asistir. Como todos los grandes amores, éste también le exigió un sacrificio. Sus padres, que siempre han tenido especial cuidado en mantenerle con los pies bien plantados en el suelo, se lo plantearon crudamente: Tienes que acabar la ESO y como sabemos que lo que más deseas es jugar en Wimbledon, ya sabes: o apruebas todo o no viajas No lo dudó. Se encerró en casa. Se perdió Roland Garros, donde tenía muchas posibilidades de ganar. Sacó todo y se fue con su tío a Wimbledon. Su primera visita reafirmó sus sueños. Confirmó su enamoramiento. Tuvo claro que algún día ganaría allí. Sin embargo, en aquella primera experiencia- -fue semifinalista- -también aprendió que la hierba era traicionera y que hay que ir muy poco a poco para domarla. Que uno debe ganarse su confianza con mucho sacrificio y que hay que amarla para entenderla. Por eso no ha faltado jamás a la cita con Wimbledon. Y el año que no pudo