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66 LUNES 10 7 2006 ABC FIRMAS EN ABC CARLOS MURCIANO ESCRITOR EN MALA HORA Uno se ve obligado a preguntarse quiénes y por qué tratan de sacudir el plinto de nuestra actual Monarquía parlamentaria, sobre el que se asienta uno de los períodos más equilibrados de la historia reciente de este país... AS cálidas memoraciones republicanas del Ejecutivo, la ostentación- -incluso ante los Reyes- -de representantes no ya de ERC, sino de IU, el ondear de banderas tricolores en concentraciones no expresamente políticas, el ¡Viva la República! sin venir a cuento de algún personaje significado, los gritos de determi- L nados grupúsculos ante los Príncipes de Asturias, dicen de un resurgir de lo que durante tantos años ha estado abandonado en el desván de los no recuerdos, y ahora traído a rastras por una tendencia que se complace en remover, con la larga pértiga de lo trasnochado, el agua muerta- -y en parte fétida- -de un tiempo pretérito, no pre- cisamente mejor. Si a ello se une la declaración institucional del Congreso que, meses atrás, silenció el papel determinante del Rey en el frustrado golpe del 23- F, uno se ve obligado a preguntarse- -aunque cree saberlo- -quié- TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO PERIODISTA YO SER PROGRE H AY que diferenciar. Porque no es, ni mucho menos lo mismo, haber sido progresista, progre, en los 60 y 70, que serlo hoy día. De hecho, cuando oigo a alguien a estas alturas, decir soy progre o dárselas de ello con una rotundidad y altivez nunca empleadas por quienes de verdad vivieron tiempos difíciles para merecer dicho calicativo, experimento una cierta desazón, la de quien advierte la tergiversación de las ideas que también fueron sentimientos para muchos jóvenes españoles. Recuerdo a los que, con esa mezcla de guasa y seriedad que en la juventud no falta, remedaban las películas en las que los indios eran los malos, siempre perdedores, diciendo, yo ser progre Pero llegó el momento en el que hasta Hollywood cambió y los indios empezaron a ser buena gente. No obstante, antes, aquí, en España, -perdón, si entre tanta reivindicación se nos olvidó lo de nación de naciones etc. donde tanto había por rescatar, por recobrar, por impulsar, los niños bramaban en las películas de indios en contra de los bienpuestos soldaditos del Séptimo de Caballería. Nada, de repente y sin aleccionamiento previo, estaban a favor de los pieles rojas. Había cientos de madres preguntándose las razones de lo que sucedía y se conformaban con un los tiempos cambian Quizá los chicos estaban hasta las narices de los atildados del célebre batallón y dieron en hacerse partidarios de los salvajes. De los malos, Señor. Mientras, en la Universidad, los progres apoyaban con denuedo a Tier- no Galvan, Aranguren... y los llevaban, a voz en grito hacia la gloria del antifranquismo. Eran, también, años de tragedia, como aquellas en las que a un servidor de leyes antipersona se le escurría de las manos, ventana abajo, un estudiante. Pero el abatimiento no desmoronaba los ánimos. ¿Quién iba a pensar entonces que tanta lucha para que las ilusiones, los deseos de cambio no se rompieran- -ni imaginarse podía- que llegada la democracia habría universitarios que negarían, en el sagrado recinto de la Universidad, el derecho de otros a expresar sus ideas o que se iban a denominar jóvenes antisistema -poco adecuado el término- a los que atacan verbal y físicamente a personas de un determinado partido político... Porque, vamos a llamar a las cosas por su nombre, informemos cuando es información lo que se está ofreciendo: los del mamporro pertenecen a otro partido. Tienen perfecto derecho a ello, ¡faltaría más! pero sin avasallar al contrario. En tiempos en los que esos y otros jóvenes se declaran contrarios a la globalización no los metamos en el globo de la palmadita en el hombro y sanseacabó. Nuevos bárbaros, estos muchachos que cierran el paso, prietas las filas de la intolerancia, del por aquí no pasa nadie; bárbaros con el palo dispuesto para golpear al enemigo ¿Es esta la España que triunfó sobre la dictadura? ¿Son estos los progres de hoy? Para llegar a esta frontera de fronteras del insulto pertinaz, hubo quienes dieron la vida o años de cárcel, mientras los adolescentes vitoreaban a los indios. Ser progre de los de ayer, hoy, es contemplar una peli mal hecha, en la que los protagonistas dan rabia y pena. ¡Cuántas medias verdades se ocultan con mentiras plenas! ¡Cuánta promesa incumplida! ¡Cuánta serenidad sin escrúpulos! ¡Cuánto maricón el último! Por si fuera poco, los progres de ayer reconvertidos forman un mundo aparte. Evocan la educación sentimental que corrió a cargo de Brel, Raimon, Piaf, Serrat, aunque cabe señalar que para éste fue y es muy importante la copla española. Tiempo atrás era casi un acto de fe acudir a conciertos en los que brillaban miles de lucecitas que iluminaban no sólo la soledad interior, sino a los cientos de grises que se congregaban en el interior y el exterior de, por ejemplo, el Pabellón de Deportes del Real Madrid. Oíamos a los que nos hablaban del futuro. De un porvenir que no fuera como los días que corrían, aquéllos en los que Vázquez Montalbán repetía estas palabras: ¡Qué tiempos estos en los que hay que demostrar lo evidente Ahora, los que comulgaban con todo aquello, acuden a las fiestas de los mandamases o se dejan caer por los lugares que frecuentan para demostrar, ¡ahí es nada! que les hablan de tú. ¡Qué época esta, para los que observan la situación, de jartura, de escuchar lo mismo hasta el hastío, de emplearse a fondo en el desprecio! A todo, ahora, sí guana, como en las pelis de la India o de África. Pero ser progresista no es estar en posesión de la verdad absoluta. Recuerdo reuniones en Cuadernos para el diálogo a las que acudían desde democratacristianos a comunistas, así como gente libre e independiente, sin pertenencia a partido alguno, un abanico de ideas... Se buscaba un camino sin hacer excepción de opiniones por distintas que fueran. Intercambiar ideas, enriquecía. Nadie pensaba rendirse al Poder lo calentase quien lo calentase. nes y por qué tratan de sacudir el plinto de nuestra actual Monarquía parlamentaria, sobre el que se asienta uno de los períodos más equilibrados y brillantes de la historia reciente de este país, que Dios guarde. Cuanto escribo, y algunas otras cosas, han traído a mi mente un verso de Rudyard Kipling, que bajo el ronco clamor de las trompetas sentenciaba; No truce with kings verso que podría servir de lema a esa semivelada corriente que parece añorar la década de los treinta, sin duda nefasta para esta España nuestra, tan resistente como combatida; verso que un maestro de la fantaciencia como Poul Anderson, eligió para título de una de sus novelettes, ganadora por cierto del prestigioso Premio Hugo, en 1963. Escribí de Anderson en estas páginas, poco después de su muerte, ocurrida en el verano de 2001, cuando rondaba los setenta y cinco años. Había nacido en Bristol, Pensylvania, en 1926, de padres daneses, y era un chaval cuando sus primeros cuentos aparecieron en Astounding Sciencie- Fiction Nunca entendí por qué Isaac Asimov dijo de él que era el autor con más calidad literaria en este campo, pero, al mismo tiempo, el menos valorado Entre las numerosas obras suyas citaba yo Guardianes del tiempo Un mundo en el crepúsculo y No hay tregua con los reyes No truce with kings título que provoca estas líneas y del que acabo de conocer una nueva versión a cargo de M. Blanco, en la colección Double, de Pulp Ediciones. Blanco traduce No habrá tregua para los reyes quizá menos cercana a la expresión original inglesa, pero más rotunda. Reconozco que, dentro de la producción de Anderson, no es esta una de sus obras más relevantes, pese al galardón. Ese después de la Bomba Infernal, en el que sitúa su acción, no ofrece sino más enfrentamientos bélicos entre los seguidores de los dos regidores: el juez Brodsky y el juez Fallon, representados respectivamente en el campo de batalla por el coronel Meckenzie y el mayor Danielis- -yerno del anterior- enfrentamientos que no logran evitar los dos seres extraterrestres llegados de los remotos confines siderales para sembrar el pacifismo entre los terráqueos. No hay, pues, reyes en el relato de Anderson, que se dejó llevar del verso de Kipling para cifrarlo; como yo para hilvanar estos folios, en torno a una realidad latente en la que sí los hay. Por fortuna. Unos reyes, y más concretamente un Rey, que, siguiendo el pensamiento de su padre, se afanó desde un principio en reconciliar a los españoles, en ir borrando de la negra pizarra nacional las palabras vencedores y vencidos y, con ejemplar discreción, fortaleciendo el soplo de libertad que desde la mejor Europa nos llegaba. Ahora, lo que nos llega, pero desde el propio corazón de España, en otro soplo, otro viento, si torcido. Will there be no truce with kings? Lastimosamente, parece que no. Se ha abierto la veda. En mala hora.