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ABC LUNES 10 7 2006 63 Los periodistas David Edmons y John Eidinow recuerdan en el libro Bobby Fischer se fue a la guerra la victoria del genial ajedrecista en el Campeonato del Mundo de 1972, sus manías, su odio a los rusos y su posterior caída en brazos de la locura Vida en blanco y negro, rarezas de todos los colores Insaciable en sus reclamaciones, las manías de Fischer oscilaban entre la paranoia (o perspicacia, que diría Woody Allen) y lo grotesco. Cuando quería zumo, exigía que exprimieran las naranjas en su presencia. Podía quejarse de la iluminación, los reflejos, las piezas, las vetas del tablero, la distancia del público, la presencia de cámaras... Antisemita y anticomunista a la vez que hijo de judíos rojos, el sabbat le impedía jugar entre las puestas de sol del viernes y el sábado, incluso en julio, ¡en Reikiavik! Un chiste de la prensa local decía que Bobby pidió que el sol se pusiera tres horas antes. Cuando se enfrentó a Petrosian, pidió otro hotel porque no podía soportar su expresión siempre triste Con un cociente intelectual de 180, era inculto, analfabeto emocional y misógino. Obsesionado con la riqueza, rescató al ajedrez de la pobreza. Sus ayudantes eran un jugador de póquer que le conseguía libros y William Lombardy, discreto jugador y sacerdote, que daba ruedas de prensa con sotana. Bobby cogió su fusil TEXTO: FEDERICO MARÍN BELLÓN MADRID. Desde los tiempos de la Gran Guerra Patriótica, como llaman los rusos a la Segunda Guerra Mundial, el ajedrez vivió bajo el dominio soviético. La amenaza de un francotirador estadounidense, por más que los peones fueran su única munición, ponía en duda todo el sistema. No es casualidad que durante el enfrentamiento por el título mundial en Islandia intervinieran Nixon, Kissinger, la CIA, el FBI, el KGB y el Comité Central del PC. David Edmonds y John Eidinow, dos investigadores como sólo tiene el periodismo anglosajón, cuentan aquellos meses del verano de 1972 en el libro Bobby Fischer se fue a la guerra (editado por Debate) fruto de cientos de entrevistas, entre las cuales sólo falta la del protagonista. La obra, que en muchas fases puede leerse como una novela de John Le Carré, explica con clarividencia la complejidad casi infinita del ajedrez y sitúa el encuentro en su contexto sociopolítico, que explica el hecho de que una competición menor acaparara decenas de portadas, con informaciones que parecían partes de guerra, mientras el mundo vivía la crisis de Vietnam, el Watergate, el Chile de Allende, la matanza de los Juegos de Múnich, las medallas de Spitz y el cuarto Tour de Merckx. El duelo del siglo también agotó las existencias de tableros y consiguió las mayores audiencias en la historia de la televisión pública estadounidense. ¿Qué hizo de las 21 partidas de Reikiavik algo tan especial? Dos antihéroes En realidad, la Guerra Fría era sólo una metáfora inexacta y la tensión entre las superpotencias se había suavizado de forma perceptible, pero ambos bandos se tomaron el duelo como algo crucial. Cuando Fischer derrotó a Taimanov por un increíble 6- 0 en la fase previa, el gran maestro ruso, periodista y pianista de prestigio, sufrió la humillación de no poder dar más conciertos. Sólo dio la cara por él Boris Spasski, el campeón incómodo, culto y religioso, artista bohemio e indisciplinado, la piedra en el zapato del sistema. Cuando todos hayamos perdido ante Fischer, ¿seremos arrastrados por el fango? se atrevió a preguntar. Al otro lado, la temperatura no era más benigna. Henry Kissinger agotó argumentos para acabar con las continuas espantadas del aspirante, que huía en cuanto oteaba a la Prensa. Hasta que el consejero de Seguridad Nacional pulsó la tecla adecuada: EE. UU. quiere que vayas y derrotes a los rusos Y Bobby cogió su fusil, como un soldado que marcha al frente. Un error infantil en la primera partida y su incomparecencia en la segunda en protesta por la presencia de cámaras forzaron la nueva soflama de Kissinger: Eres nuestro hombre contra los rojos No sólo el ardor patriótico funcionaba con Fischer. Cuando no se sabía si haría acto de presencia en Reikiavik, un mecenas dobló el premio por darse el capricho de ver el duelo: Si no tiene miedo de Spasski, he eliminado el elemento monetario le retó. A estas alturas, todo el mundo odiaba a Bobby relata un periodista. Se había sentado en una silla eléctrica y todos habrían accionado alegremente el interruptor. Pero nadie podía permitir que el hijo de puta se friera. ¿Qué hicieron? Pararon el mundo. Si todos caíamos de rodillas, tal vez accedería a continuar En aquellas horas cruciales se vivieron escenas surrealistas. Una noche, Fischer reservó asiento en todos los vuelos que salían de la isla y se sucedieron las carreras en coche para evitar su fuga, con lo que había costado traerlo. Lo más increíble es que Spasski, nunca antes derrotado por Bobby y con 2- 0 a su favor, estaba desmoralizado. Los soviéticos consideraban todo aquello una humillación y presionaban para evacuar al campeón. Le ordenaron volver y, en una nueva escaramuza bélica, el jefe de Agitación y Propaganda del Comité Central envió a un psiquiatra para convencerlo. Spasski era un caballero. Los caballeros tal vez conquisten a las damas, pero pierden en el ajedrez sentenció Korchnoi. El árbitro tampoco era feliz. La noche que adjudicó la segunda partida a Boris lloró en su habitación. Pensaba que había destruido a un genio confesó. El resto es la parte más conocida de la historia. Spasski accedió a jugar la tercera partida en una salita desnuda, sin cámaras ni público, y Fischer, crecido como el mejor McEnroe en medio de la tensión, emprendió una remontada espectacular. Los rusos denunciaron influencias electrónicas, psíquicas, parapsicológicas, desmontaron su silla en busca de objetos malignos y nunca perdonaron la deportividad de Boris. El ministro de Interior de Breznev comentaría dos años después sobre el equipo derrotado: Si de mí dependiera, irían todos a la cárcel Los años bárbaros Bobby no hacía prisioneros: Los rusos han sido aniquilados. Es probable que ya estén arrepentidos de haber empezado a jugar declaró a la BBC. Pese a su altanería, no volvería a jugar ni una partida seria y se convirtió en un vagabundo. El viejo soldado acumuló odio antiamericano. Se sabe que jaleó el 11- S y que su dirección electrónica empezaba por us is shit de traducción ina- propiada. El libro termina en Japón, antes de la detención de Fischer y de su exilio en Islandia. Por el camino, revela la verdadera identidad de su padre biológico, a quien no conoció, y la existencia de un informe de 900 páginas sobre las simpatías izquierdistas de su madre, que el FBI reunió durante años. Bobby Fischer, en 1972 HANS NAMUTH